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Relatos de Madrid (III)

Este es el tercer relato de ficción (repito, nada de lo contado es autobiográfico) que sale por aquí de la serie de ellos que estoy escribiendo sobre tipos y tipas que se mueven en el Madrid actual, con la ciudad como fondo necesario para explicar su identidad. Si alguna editorial se anima, acabarán formando parte de un libro.

Título: El cubo del cuadrado 

Tengo más vecinos, pero tengo dos vecinos: Roncador Tosedor Suspirador y Enfermera Pirada. RTS ronca, tose y suspira en un apartamento del sexto, al otro lado del patio interior. EP es la única otra inquilina de la planta en la que vivo yo, la séptima bis y última, su puerta está enfrente de la mía. Durante dos años me cruzo con EP en el rellano, en la escalera, holadiós. Habla alto, oigo sus conversaciones telefónicas, que muchas veces tienen un punto de no normalidad difícilmente definible, un punto desorbitado. La veo con un tipo, no la oigo con él. Estoy seguro de que oye mi guitarra, y vaya (mal) lo que hago yo con mi guitarra, pobre. Me ve con algunas tipas (con perdón, se ha dado así el tema), no sé si me oye con alguna de ellas, yo diría que con alguna, sí (con perdón).

A RTS solo lo detecto como sí mismo un día que sube a mi casa por una avería, más de un año después de que yo me instalara en el edificio. La reverberación del sonido en el patio me había escondido su voz entre la de otros sospechosos, cuando hablamos queda claro que él es RTS porque tose, sí que tose, y es la tos que vengo oyendo, mientras ponemos en marcha la resolución de la mojadura del techo de, me dice, su cuarto de las cosas, donde solo entra cuando necesita algo de lo que tiene por ahí. Muy bien, suena todo muy bien, la tos invencible y el cuarto de vete a saber qué cosas (y cuántas).

Sigo hasta el final: se decreta el confinamiento, enseguida se me empiezan a caer los proyectos, solo me queda el diseño de una web por terminar, la de una asesoría legal. Le insisto a mis potenciales clientes, pero nada, recibo respuestas dilatorias o negativas a todos los presupuestos que había enviado. En apenas cuatro o cinco días el trabajo pasa al plano de lo irreal, y eso que no dejo de echarle horas, poco productivas, eso sí, a mi único cliente. En el plano de la realidad, vivo que mis padres están bien y mis amigos probablemente coronados no están bien, pero no están fatal. Todos están pasando la enfermedad en casa. Unos han llamado al teléfono de información sobre el coronavirus, otros no. Ninguno recibe más atención médica que la telefónica y la mayoría de los que han llamado, ni eso.

En el plano de la hiperrealidad estoy no sano, algo enfermo, enfermo. O no, es lo que tiene la hiperrealidad. El caso es que empiezo a toser y en unos días toso más que RTS. De hecho, parece que cuanto más toso yo, menos tose él. Cuando sale de su casa, EP se queda un momento entre su puerta y la mía escuchándome, la noto. Mis amigos posiblemente coronados me cuentan la evolución de sus síntomas, unos van mejor que otros, mejor o peor que yo, los síntomas de unos son más similares a los que tengo yo que los de otros. Casi todos mis amigos posiblemente coronados y muchos de mis amigos sanos están desarrollando costumbres neuróticas de manual. Yo estoy ahí, ahí.

Llevo casi dos semanas encerrado y tengo que bajar la basura, he acumulado, he perfumado, ya no puede ser. Algunos de mis amigos que viven cerca de mí, los de Malasaña se ofrecen a echarme una mano, qué va, tranquilos, que no sé si estoy enfermo o no, o de qué si es que sí, no lo veo, no quiero que os arriesguéis con mi mierda ni que traigáis vuestras mierdas a mi edificio. Compro online y la basura la saco yo. Salgo justo después de comer, no quiero dejar nada tocado para el siguiente, no quiero aerosolar, no quiero tocar nada que haya tocado alguien, quiero pensar que hay poco aerosol ajeno en la escalera a esa hora rara. Usar el ascensor, mejor no.

En el corcho que hay junto a los buzones, EP ha dejado una nota para todos los vecinos: se ofrece a traer material médico de su centro de salud para quien lo necesite, diabéticos que pueda haber en el edificio, por ejemplo, y no quiera salir. Lo mismo dice sobre los básicos de supermercado y farmacia. Nos deja su número de teléfono. Me entero de su nombre, lo ha escrito en la nota arriba y abajo, abajo en mayúsculas irregulares. El texto es simpático y como exuberante. Grabo su contacto. Por cierto, también sé cuál es el nombre de RTS, me lo dijo él cuando lo de la avería, pero qué, en mi móvil son EP y RTS, sí.

Vuelvo a casa, oigo a RTS ajusticiar a una flema y deshacerse de su cadáver otra vez. Siento esto, siento lo otro, me pongo el termómetro de nuevo. Irremediablemente, algunas cosas pasan muy a menudo en la cuarentena. No tengo fiebre, no he tenido fiebre ningún día, pero sí tostostostós, dolores musculoesqueléticos moderados, diarrea moderada, dolor de cabeza moderado y extraño, como en mala postura (un dolor que adopta una mala postura, me voy gustando en esto de escribir), y lo que parece ser conjuntivitis. EP abre la puerta de su casa alrededor de las 20:00, como todos los días. He salido, he vuelto y todo sigue igual, vale.

EP tiene unos ojos muy grandes de color miel que se llenan y se vacían muy rápido o al menos yo los recreo así. Tiene mirada de loca, y no digo que eso sea ni bueno ni malo. Yo tengo mirada de loco sobre mueca de loco cuando estoy voluntariamente enajenado, cuando estoy cansado y cuando se me amontona la misantropía. RTS tiene mirada de loco, vertiente hombre exaltado con barba (obviamente, la mirada de loco con barba es muy distinta a la de loco sin barba). Su mirada incluye como feature un matiz de insomne. Solo le he visto dos veces, cuando lo de la avería y unos meses después, un día que él salía del Padrón, uno de los bares de viejos (ya no se les llama así, ¿cómo se les llama ahora?) de la parte baja de San Bernardo. Nada de extrañar lo del mate (por contraposición a brillo. Yo, aquí, gustándome otra vez) de insomnio en los ojos de RTS, porque RTS todas las noches se duerme, ronca, se despierta tosiendo, tosetosetose, suspira, se duerme, ronca, tosetosetose, suspira, todo a un volumen de me da igual que se me oiga. Me lo tomo crecientemente como un volumen de se la suda que yo le oiga.

Esto ocurre todas las noches, digo. Así que le oigo, duermo mal, no me ahogo pero siento una opresión extraña en el pecho, como de exfumador reciente y al mismo tiempo como de persona que tuviera un gran pedazo de madera encima de los pulmones, madera tratada, industrial, pero no del todo lisa, con alguna astilla en ocasiones punzante (y punzante de la hostia, también).

Hay un par de noches malas, malas (¡y ya estamos casi a mediados de abril!) en las que estoy a punto de levantarme y preparar una mochila con ropa interior (hola, madre de pueblo) y el cargador del móvil por si no puedo respirar y me tengo que ir a urgencias y me ingresan. Miles de contagiados diarios, cientos de nuevos ingresos hospitalarios, pero ya es casi seguro que a ninguno de mis amigos les va a tocar lo peor, unos han superado la enfermedad o pseudoenfermedad (recuerda, probables y posibles coronados), otros arrastran todavía molestias más o menos leves. A mí a la UCI que no me lleven, joder, con 37 años no me puedo poner tan mal, por favor.

Me tranquiliza mirar el contacto de EP en mi móvil, lo cierto es que más que mirar el de mis padres o mis amigos. Si su casa es un reflejo de la mía, que vete a saber porque nuestras casas del séptimo bis o séptimo inventado sobre el séptimo real fueron trasteros o algo así (a RTS le mojé el cuarto de las cosas desde el baño, está todo descabalado aquí arriba), nos separan unos 25 metros de cama a cama. Deduzco de las toses de RTS, que ha vuelto por sus fueros, que su tos es la que siempre le he escuchado. Fantaseo con otra tos para él, una más de moda, como fantaseaba con mis padres sufriendo definitivos accidentes de tráfico en momentos de mi adolescencia de muchacho regular de barrio frecuentemente castigado. Del mismísimo barrio de La Elipa, eh. De la calle San Vidal. Antes de venirme al centro (a ver, dos años solo en el peor agujero del final de la calle Atocha, tres años en un piso compartido bastante apañado de Lavapiés, cuatro años con Laura en una casa de padres en Arganzuela, y eso, dos años de neosoltero en Malasaña), pasé 26 años con el ruido de fondo de la M-30 y mis padres ni un rasguño en ella. Que me alegro, que me alegro, ser un fantasista no es ser un desalmado.

Hola, soy Migue, tu vecino de enfrente, perdona por haber sido tan torpe de no presentarme antes, en tiempos menos pandémicos. Pero en este siglo lo normal es no amigarse con los vecinos, ya sabes, qué tontería. EP y yo cogemos el hábito de escribirnos por WhatsApp un par de veces por semana. En la primera conversación me pregunta si tengo o he tenido el bicho, sí que me había oído toser. No lo sé, he podido tenerlo, puedo tenerlo, puedo tener bronquitis, por ejemplo, en el coworking y en casa he pasado bastante frío trabajando este invierno y he estado regular a menudo. Soy autónomo, hago páginas web, vale, te paso algunas (no le paso las que he hecho para cerrajeros y dentistas ni la de los asesores, no, le paso las guais, las de restaurantes, librerías, agencias de marketing). Me da consejos enfermeriles, se ofrece para facilitarme una consulta con una doctora en su centro de salud, que no es el mío, porque sigo empadronado en Arganzuela y ella trabaja en el de Lavapiés. Ella probablemente no estaría, me dice, realiza mucha atención domiciliaria en las últimas semanas. No la han enviado a ningún hospital y aun así, ha visto mucho y está muy cansada y harta. Me lo cuenta con humor, con fuerza.

Mi tos se convierte en un animal doméstico perezoso, aburrido (qué dominio de la analogía de andar por casa, de verdad), empieza a olvidárseme que tengo que toser, la tos de RTS vuelve a imponerse en el patio interior y en mi casa. Mis dolores de cabeza de ahora, estamos a finales de abril, los causan las pantallas. Mis ojos no enfocan bien. Todas las ventanas de mi casa dan al patio interior, veo mucho cielo pero no el horizonte. El aplauso a los sanitarios suena aquí a efectos especiales baratos y genéricos. Suena metálico, hasta como a cacerolada. Aquí no hay caceroladas, por cierto. Cuando salgo a comprar miro a lo lejos y es que no, no veo bien. Pero retomo lo de RTS y el enseñoramiento de su tos para añadir que la tos manda y vuela entre vapores de cagada y purito, el hombre tiene la costumbre de fumar en el trono, desde las 6 de la mañana está en esas. Hacía muchos años que no me despertaba tan pronto de forma habitual. Desde que se puede, antes de las 7 ya estoy en la calle de paseíto hacia el templo de Debod o hacia Chamberí o Argüelles. No intento quedar con nadie, no me apetece, sí me doy paseos más largos de lo reglamentado. Y cojo la costumbre de sentarme en uno de los bancos individuales de la plaza de Guardias de Corps, en Conde Duque. Hay suelo de tierra, como en la plaza de las Comendadoras, como en la plaza del Dos de Mayo. Eso me gusta.

Día de mensajitos acerca de la azotea entre EP y yo. El espacio común de la azotea del edificio (los del séptimo, séptimo, tienen zonas privadas de la azotea a su disposición, el edificio es rarísimo para no ser tan antiguo como la mayoría de los de Malasaña) está en nuestra planta, la puerta de la azotea está a tres metros de las de nuestras casas. En los últimos días han empezado a salir más vecinos a incordiar en ella, no les debe convencer lo de que ya puedan irse a la (puta) calle, en la práctica, más o menos cuando quieran. La puerta de la azotea abre con ruido y cierra con estruendo, a ver si la gente se encuentra la empatía y tiene cuidado, cabrones, que nosotros nos comemos todos los portazos. Hemos oído a una pareja a la que ninguno de los dos tenemos fichada. ¿Se habrán mudado al edificio en estas semanas? Una señora sube a la azotea todos los días a la misma hora a hablar por teléfono para decirle a su interlocutor o interlocutores básicamente lo mismo: que no se aburre. Que no se aburre siempre de la misma forma, nos parece a EP y a mí. Mientras wasapeamos, sube a la azotea RTS. Lo hace una o dos veces por semana. Le pregunto a EP por él. Resulta que son amigos, EP lleva más de 10 años en el edificio, han tomado cafés y cervezas en sus respectivas casas y por San Bernardo, Gran Vía y Plaza de España. Por Malasaña y Conde Duque no, me dice EP, porque RTS piensa que Malasaña y Conde Duque se han convertido en una gilipollez en los últimos 15 años. EP piensa que RTS es un grande, un tipo especial. ¿Un grande o un tipo especial? Jajaja. Las dos, las dos. Es exmarinero y exferroviario. Estás de coña, ¿no? Exferroviario, todavía, pero ¿exmarinero? Que sí, que sí. Ha visto todo, sabe mucho. A la radioelectrónica naval se dedicó en los 60 y 70, en barcos y en tierra, y en los trenes o desde las oficinas de RENFE estuvo también en el tema técnico de las comunicaciones en los 80 y 90.

Voy andando a La Elipa a ver a mis padres desde mi casa. Desde San Bernardo o La Palma (que mi portal está en San Bernardo y mi casa ni siquiera da a la fachada del edificio a La Palma, pero sí, ni una ni dos ni tres veces me he oído diciendo que vivo en la calle de la Palma, así ha sido) tardo una hora en llegar. Veo Alonso Martínez, Chueca, el Barrio de Salamanca, sudo un poco la mascarilla pero disfruto. Pienso en el cuarto de las cosas de RTS, lógicamente ahora lo imagino más de geniecillo que de loco. Sobre todo porque EP me ha comentado que a lo largo de los años RTS le ha arreglado algunos electrodomésticos e incluso se ha inventado uno para ella, se lo regaló unas Navidades, se trata de la batidora suiza, que no solo bate, pica o amasa como una batidora multiusos, sino que tiene gadgets para cortar carne, abrir botellas, abrir botes de tapa difícil. Este tipo de cosas extravagantes, qué bien las cuenta EP. Nadie inventa, todos combinamos, que me lo digan a mí con las webs, y joder, qué buen combinador nos ha salido RTS.

calle san bernardo calle la palma

 

la elipa

Yo no sé hacer nada, no puedo hacer nada con las manos, con mención especial a pintar, que es algo que me gustaría aprender a hacer, soy nefasto pintor (Nefasto Pintor, suena a nombre de personaje de tebeo). Mis padres mencionarían más bien todo. O sea, que están de acuerdo conmigo en que no sé hacer nada. Y, en particular, hablarían de mi lerdez para lo relacionado con el mundo de la imprenta, porque cuando les he ayudado en la suya he demostrado ser, en palabras de mi padre provinciano (atención, hay gente que se ha ganado la vida en el mar, como RTS, y hay gente que ha nacido en Palencia, como mi señor padre), el trabajador más lento del sector desde los tiempos de Gutenberg y, según mi madre (nacida en un pueblo de los pequeños, pequeños de Segovia), un inútil, sin más. Cuanto más pequeña es la unidad poblacional, más clarito se es, comprobado. Hijo, eres lento, hijo, eres un inútil. Y esos padres, cero accidentes en la M-30 o yendo o volviendo a o de Palencia o Segovia. Mis padres me quieren, eh, nos queremos, nos queremos, y la web que les hice para la imprenta hasta les emocionó.

Todas las cosas que he ido descubriendo en el confinamiento sobre mi casa se van diluyendo, como dicen que le pasa al virus en el aire. Los horarios de sol y sombra o el extrarradio doméstico, no los enfoco del todo (y eso que ya veo), dudo, hay detalles que pierden corporeidad. He recuperado clientes, tienen prisa, quieren una presencia digital efectiva ya mismo por si lo presencial tarda en consolidarse de nuevo, menos mal porque las ayudas estatales se acaban o es posible que se acaben pronto y las autonómicas, a mí no me han llegado. Paseos y terraceo con Fali, con Paula, con Stevenson, con Ballesteros, con Laura, con Mario, con Irene, con Langas y más. Hablamos y hablamos, pero tengo la sensación de que a todos nos cuesta concretar, decir algo específico, absolutamente real, que estemos pensando o sintiendo justo ahora y se corresponda solo con el momento presente, no con nuestro yo de siempre. Es extraño, porque venimos de concretar mucho cada cosa que pensábamos o sentíamos. A lo mejor es por eso, estamos saturados de lo concreto o de lo real. Curioso, por otra o por la misma parte, cómo la mayoría de mis amigos parecen haber olvidado sus neuras inmediatamente pasadas. Digo que no es que las hayan superado, es que parece que nunca estuvieron en ellos. Los probables exCovid-19 se mueven entre la depresión y la exaltación, es a los que veo más acordes con la desescalada.

Hay quórum: estamos en la calle, en la calle no nos vamos a contagiar, no pasa nada. Malasaña sin turistas, el único sitio que deberíamos evitar es la plaza del Dos de Mayo, pero vamos, vamos, hasta caen unas latas de cerveza. En La Elipa tengo gente, la que no se ha ido nunca del barrio y la que regresó después de unos años intentando sin éxito salir de la crisis de 2008. Algunos regresaron a casa de sus padres y otros viven en casas que les alquilan familiares o amigos a precio de familiar o amigo. Hemos vuelto a nuestros parques y casi parques del barrio, un salto hacia atrás de 20 años. O de más, cuando nos da por juntarnos en el parque del Dragón, aquí algunos jugábamos y merendábamos de niños después del cole. Y en junio, a los bares, dentro, dentro, que no pasa nada, tampoco. Le enseño a Paula mis notas de marzo, abril, mayo y junio, el archivo C-19. Me dice que las utilice para escribir algo como esto que estoy escribiendo. Para ti va, Paula. Eres la única que no me ha dicho que estoy todavía más delgado, te mereces todo. Espero que cuando lo leas, me digas que es y no es un diario de cuarentena y poscuarentena.

Plaza del Dos de Mayo

parque del dragon de la elipa

Mis vecinos están ahí, aunque menos, menos. Apenas hablo con EP, aunque sí pienso en ella. Un día me cuenta que le han hecho la PCR y el test de anticuerpos, el bueno. Ni tiene ni ha pasado la enfermedad. Dice que no se libra de trabajar a saco hasta finales de julio. ¿De dónde será EP? ¿Es extremeña? ¿Es madrileña del sureste? Algunos de mis amigos me han hablado mucho de sus vecinos en las videollamadas del confinamiento y casi nada cuando nos hemos visto. Aplaudidores, cacerolos, solidarios, sobrados, todos diluidos en el nuevo aire. Yo en las videollamadas apenas he hablado de mis vecinos. Ahora que no los tengo tan presentes en el día a día, sí hablo de ellos, con Paula, con Mario, aunque sigo dándole vueltas, ¿con quién hablar sobre qué? ¿Han cambiado mis amigos? Si han cambiado, ¿han cambiado más los barriales o los pihippies de Malasaña y Lavapiés? Puede que de alguna forma cada cual se haya reafirmado en lo que es o en cómo actúa.

Lo último: hoy es hoy y hoy es lunes, 15 de junio. He quedado el sábado de esta semana en la azotea con EP, con Bea, se llama Bea y es Bea, se acabó la tontería, para echarnos unas cervezas, habíamos hablado de ello hace tiempo, hemos vuelto a hablarlo y ha llegado el momento. El hombre con el que la veía, estoy casi seguro, no ha vuelto a nuestro edificio. Pues mira, vamos a ver qué pasa. Por mi parte, tengo unas muy serias ganas de follar. Y de follar con ella. Me encantaría que ocurriera y que fuera demasiado. No he buscado a las de antes. Tampoco ellas a mí. Creo que no hemos encontrado, ni ellas ni yo, ninguna razón especialmente buena para buscarnos. Otra cosa es que nos encontremos, porque hablar, hablamos. También quiero pedirle a Bea que me presente a RTS, a Eladio. Me apetece que Eladio me hable de sus cosas, de las del cuarto y de las otras. Sí, se llama Eladio. Tiene nombre de ferroviario. Y hasta de marinero.

Adrián P. G.
Coordinador de Microplán Madrid
comunicacion@microplanmadrid.com

La escultura de la plaza del Reina Sofía

Que sepas o recuerdes que la plaza del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía se llama desde 2017 plaza de Juan Goytisolo. Antes no tenía nombre. Lo que sí tenía desde 2001 y sigue estando en ella es una réplica de la escultura El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella del escultor y pintor Alberto (Alberto Sánchez Pérez, Toledo 1895 – Moscú 1962). La obra original la realizó en 1937 para que se colocara en el exterior del pabellón de la República Española de la exposición Internacional de París de aquel año. En esa exposición se expuso por primera vez al público el Guernica de Picasso, actualmente uno de los principales atractivos del Museo Centro de Arte Reina Sofía.

Después de aquel evento, la escultura desapareció. Medía 12,5 m de alto y el artista la había confeccionado con cemento y bronce. Reafirmación de ideas expresadas en otras obras de Alberto de los años 30, El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella es una especie de tortuoso cactus antropomórfico son acanaladuras cuya cúspide está coronada por una estrella roja. El cuerpo de la obra sugiere el difícil momento de la sociedad española coetánea, que llevaba un año sufriendo la Guerra Civil cuando se celebra la exposición de París. El pseudocactus brota del suelo y parece como arado, alusión a la tierra de España y sus gentes. El camino tiene un jalón, una paloma, símbolo de la paz, y un final esperanzador según la visión política de Alberto, la estrella roja que denota su filiación socialista.

La réplica de la plaza Juan Goytisolo mide 18,7 m y pesa 7 t. La realizó en cemento el artista valenciano Jorge Ballester,​ recientemente fallecido, y se instaló en el exterior del Museo Centro de Arte Reina Sofía con motivo de una exposición temporal sobre Alberto.

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Texto y foto de Adrián P. G.
Coordinador de Microplán Madrid
comunicacion@microplanmadrid.com

Relatos de Madrid (II)

Sigo (abajo firmante) escribiendo relatos ambientados en Madrid de ficción, en absoluto autobiográficos, que es lo que me sale y lo que quiero proponer como microplán alternativo a las visitas guiadas virtuales que os estamos proponiendo.

Este se titula Sotabancar y si quieres lo comentamos en los comentarios del blog o en las redes sociales:

Mi abuelo, mi abuela y mi padre, que tenía entonces 5 años, llegaron a Madrid desde Broto, Huesca, en 1956. Destino, un sotabanco de 25 m² de frío y calor extremos en la calle Santa Isabel, Lavapiés. El casero, que era de Broto, el único cabrón al que conocíamos en Madrid, solía decir mi abuelo, vivía en el piso inmediatamente inferior. El primero de cada mes se anunciaba como cobrador con dos golpes de nudillo en la puerta de aluminio del sotabanco y un ¿y lo mío? bien sonriente. Mi abuela, decía su marido, hacía como que el alquiler se pagaba solo. Siempre era él el que abría la puerta y le daba las 500 pesetas del alquiler. Lo tuyo ya te lo daré, decía mi abuela que rumiaba mi abuelo cuando se iba el paisano, que era primo segundo de mi abuela o algo así. Los ricos de Broto, tu madre y su primo, le decía mi abuelo a mi padre. El alquiler era abusivo, pero más barato que lo que costaba el de un apartamento medio. Y era el único cabrón que conocían que había emigrado de Broto a Madrid.

Después de unos meses trabajando en un garaje de la calle Gobernador, en Huertas, donde ahora está Impact Hub Madrid, uno de Huesca capital que mi abuelo había conocido jugando al mus en la casa de comidas Tienda de Vinos, calle Augusto Figueroa, Chueca, local que todavía es lo que fue, le encontró un empleo en Pegaso como electromecánico. A principios de los 60, mi abuelo se convirtió en uno de los jefes de Electromecánica de la empresa, el trabajo de su vida. Entonces le ofrecieron una vivienda en Ciudad Pegaso, barrio de San Blas, una de las unifamiliares adosadas con jardín, no uno de los pisos en los que se alojaba la mayor parte de los trabajadores. Para mi abuela era una oportunidad irrenunciable, aire y huerta necesitamos, decía, metros, borrajas y patatas, y mi abuelo le decía que qué huerta en Madrid y la llamaba abarcuda, una palabra oscense que significa algo así como paleta y que a poco que la pienses crece en significados. Mi abuelo no quería alejarse de sus bares de chatos de Antón Martín y de sus hitos de Santa Isabel: las tiendas de los bajos de los primeros números impares de la calle, la peluquería Vallejo y el cine Doré, o Do – Re como él lo llamó siempre. Aunque el cine se lo cerraron enseguida, he comprobado que en 1963, no así las tiendas y la peluquería, que ahí siguen. Por cierto, mis abuelos me llevaron muchas veces al cine Doré en los 90, cuando llevaba un tiempo renacido como sala de proyecciones de la Filmoteca Nacional. A ellos esas películas de arte y ensayo, de las que le gustan a tu padre, me decían, no les interesaban, pero se emocionaban con lo bonito que les parecía que había quedado el cine después de su rehabilitación.

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Tenía muy claro mi abuelo cómo quería ganar metros para la familia. Le compró el piso y el sotabanco al de Broto, a quien había empezado a irle mal especulando con aceite de oliva, el cabrón se ha arruinado y nos vamos a quedar con lo suyo, les decía mi abuelo a mi abuela y a mi padre. Mi abuelo se empeñó en pagarle al contado la mitad del precio que acordaron por el piso y el sotabanco. Dos toques de nudillo en la madera de la puerta de su piso y vació una bolsa de billetes de 500 pesetas en el felpudo, diciéndole sonriente ¡y te vas! Es una de las historias preferidas de mi padre y de las que más cargan a mi madre, me da que le parece zafia. El sotabanco se transformó en un estudio para él, para mi padre, estudiante de Económicas entonces.

Mis abuelos murieron a mediados de la primera década del siglo XXI, primero mi abuelo de un infarto en su casa de Santa Isabel y después mi abuela de un infarto en su casa del pueblo. Según mi padre el infarto de mi abuelo fue científico, sólidamente y líquidamente cimentado, y el de mi abuela sucedió de adentro afuera. De vuelta a Broto, se enemistó con varios vecinos a quienes intentó comprarles casas a un precio, según ellos, insultante. Lo intentó y, en algunos casos, lo logró. Mi padre nunca consiguió que mi abuela le explicara para qué quería esas casas, con las que ahora él no sabe qué hacer. Después de aquello, mi abuela se encerró en su casa, en la del pueblo, a la de Madrid no volvió, y sufrió su infarto más o menos un año después de la muerte de mi abuelo.

Cuando murieron mis abuelos, mis padres vivían ya en Chamberí, en un pisazo en permanente actualización mobiliaria de la calle Viriato. No se dónde encuentran tanta novedad electrodoméstica. Yo crecí en la plaza de Luca de Tena, Arganzuela, en un piso de tres habitaciones y noblemente avejentado de un edificio de principios del siglo XX. El edificio tiene muchas más plantas que el de Santa Isabel de mis abuelos, que es algo más antiguo, pero la estructura de los pisos es muy parecida. Durante mi niñez y adolescencia, mis padres mantuvieron nuestra casa anclada decorativamente en los 80 españoles o en los 60 de un híbrido imaginario del casticismo anglosajón y nórdico, no sé si me explico. Lo dicen unas fotos y unos vídeos que vemos en Navidad casi siempre y en los que siempre descubro detalles que no sé cómo yo podía tener normalizados cuando vivía allí.

Hasta mis 12 o 13 años mi padre ocupó un cargo intermedio del ministerio de Industria. Después, el funcionario de carrera recibió un último empujón en vertical a través de contactos en un partido político de poder. En uno o en dos. Y pasó a ser un alto cargo de designación política de gobiernos de dos partidos políticos de poder. Mi madre era profesora de inglés en el Colegio Estudio, donde estudié yo. Buena profesora. Y buena relaciones públicas, le presentó a mi padre a mucha gente. Me viene a la cabeza que en esa etapa de mi preadolescencia hacíamos en familia mucha vida de tarde, como le gustaba decir a mi padre, recuerdo un vago continuo otoño y una vaga continua primavera de Trinaranjus en las terrazas de Luca de Tena y mosto en Domínguez, en el paseo de las Delicias. Y a mis 15 o 16 años, recuerdo las primeras cañas con mis padres en esos llamémosles tardeos, más cerca de Atocha, en Bodegas Rosell.

Me independicé en 2008 para irme a compartir piso en la calle Toledo, enfrente del mercado de la Cebada, con tres antiguos compañeros de Filología Hispánica. Me reindependicé un par de años después mudándome al piso con sotabanco de Santa Isabel, mis padres me pusieron las llaves en las manos. A principios de la segunda década del siglo XXI dejé de tener algo a lo que poder llamar un trabajo real, se veía venir. Y eso que mi cánon sobre lo que era un trabajo real, dedicándome a la traducción y la corrección, estaba por debajo del de cualquiera. Colaboraba principalmente con dos editoriales de prestigio improductivo, una cerró y la otra dejó de contratar correctores, creo.

En mis primeros meses en Santa Isabel había acogido a amigos y a amigos de amigos en el sotabanco. Después le pedí permiso a mis padres para alquilarlo como alojamiento turístico, mi cuenta de ahorro pedía soluciones. Concedido. La década avanzaba, el trabajo de verdad real no se materializaba, los precios de los alojamientos turísticos subían y con ellos el precio del sotabanco. En esa época empecé a frecuentar los bares que le gustaban a mi abuelo en sus últimas décadas como vecino de Lavapiés, de los 50 o los 60 ya no queda casi ninguno, en rondas que también pasaban por los nuevos viejos bares de Santa Isabel, como Benteveo o Parrondo. Muchos de mis amigos vivían todavía en Lavapiés, lo pasamos bien en esos años, incluso con poco para gastar, incluso con la conciencia de tener los pies en un presente lleno hasta la mitad de paripé y la cabeza en un futuro en el que no íbamos a caber todos.

A mi padre tendrán que apearlo porque él no se va a apartar, mi madre sí se jubiló cuando le tocaba y, según su propia expresión, empezó a dedicarse en serio a conseguirme un trabajo. Y sí, gracias a ella y a una no entrevista de trabajo en Viriato he sido y soy coordinador editorial en Rubí eBooks. En mis últimos 30, quizá justo a tiempo, quizá por poco tiempo dadas las circunstancias.

En el trabajo conocí a la inquilina actual del sotabanco, una de las correctoras de las novelas románticas que publicamos en la editorial. Sus compañeras de piso, dos hermanas de Zamora, como ella, han vuelto a su ciudad, no acaban de conseguir un auténtico trabajo en el sector audiovisual, y el último turista que ocupó el sotabanco se fue a principios de marzo, así que todo se ha dado para que mi colaboradora entrara a vivir en él en la semana del confinamiento por el coronavirus.

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A finales de marzo, empecé a encontrarme mal. Nada respiratorio, algo digestivo, algo enervante. Me cuesta trabajar, de todas formas tenemos la producción de libros para la temporada de otoño parada, hago yo lo poco que hay que hacer, no hay nada ni nadie que coordinar hasta nueva orden. Me relaja escribir y estoy haciendo pruebas como esta para decidirme o no a redactar un diario mental de la cuarentena que me lleve a mi pasado y, si empiezo a intuirlo, hacia mi futuro.

Desde el sotabanco, mi colaboradora se ofreció a sacar mi basura por mí cuando le conté que no estaba muy allá, y me ha subido pan y ceviche del mercado de Anton Martín. Yo, muy agradecido, de verdad, pero ha empezado a hablarme de la huelga de alquileres, de la prohibición de desahucios y por ahí no, se está jugando la casa y el trabajo que pueda volver a ofrecerle. A ver, es que no le cobro lo mismo que a los turistas. Y en el Bizum del 1 de mayo le voy a solicitar 600 €, lo mínimo hasta donde le puedo bajar el alquiler.

Adrián P. G.
Coordinador de Microplán Madrid
comunicacion@microplanmadrid.com

Carmiña. Mujeres que se atreven, Parte 3

Carmen Martín Gaite (1925 – 2000) fue una escritora de origen provinciano y burgués que se levantó sobre las más convencionales posibilidades de futuro que le ofrecía su ambiente para desarrollar una fructífera carrera como novelista, cuentista y ensayista de éxito editorial y prestigio entre la crítica, además de realizar traducciones y redactar guiones para series de televisión.

Uno de los principales temas de fondo de su producción literaria, en consonancia con las circunstancias que pudo vivir o analizar de su Salamanca natal, es el de la mujer que lucha contra un entorno opresivo en busca de una identidad propia, es decir el descubrimiento de sus auténticos deseos y de la consecución de estos. Probablemente este elemento del perfil de Carmen Martín Gaite fue uno de los que atrajo a su figura a Noelia Adánez, creadora del proyecto Mujeres que se atreven para Teatro del Barrio, que decidió convertirla en la protagonista de la tercera entrega.

La actriz Nieves de Medina encarna de manera veraz y empática a una Martín Gaite evocadora de su realización en la literatura, amante de la conversación inteligente y el baile liberador y doliente por la pérdida de sus hijos, sobre todo de Marta (su hijo Miguel murió a los siete meses de vida de meningitis), quien según vemos sobre las tablas la fascinaba por su manera de ser joven, tan distinta a la que ella, Carmen, pudo vivir y vivió. Hay incomprensión pero respeto por esa vida acelerada, esa vocación de liberarse de nadie ni nada en concreto sin instituciones sociales tan determinadas por un sistema político como el franquismo a las que oponerse. La vida de Marta terminó a sus 33 años a causa del VIH.

Como en el caso de Emilia y Gloria, las partes precedentes de Mujeres que se atreven, la obra es un monólogo en el que sobre el escenario solo aparecen los elementos imprescindibles para el juego de la palabra y el gesto de la actriz. En esta ocasión, el juego lo dirige, con medido pulso, Ximena Vera.

Quizá por las propias características del personaje representado, que nunca renunció a cierta premiosidad provinciana a pesar de su adscripción sucesiva a la modernidad, la obra en conjunto nos resultó menos electrizante y absorbente que sus predecesoras del ciclo, a pesar de que, como en aquellas, incluso se incita a que el público participe en algún momento musical. Los demás espectadores, y en día de estreno, también despidieron con aplausos cómplices, pero no exaltados, a las artífices de Carmiña.

Texto de Adrián P. G.
Coordinador de Microplán Madrid
comunicacion@microplanmadrid.com

Editor, redactor creativo y SEO, social media manager

Hasta el 29 de marzo.
Entradas: entre 14 – 18 €.
Horario:
Consultar sala.
Teatro del Barrio, calle Zurita, 20.

El brunch apocalíptico y el brunch loco

Entre el brunch apocalíptico de los gastrogamberros de Folixa y el brunch loco del elegantón Gran Hotel Inglés parecería que hay un año luz de distancia conceptual. Pero espera, que sí y no. Es lo que pasa con los barrios de Lavapiés y Letras, que están separados por una gran distancia no medible o no lo están, depende de dónde (local, calle) o cómo (en plan castizo, modernete o qué) elijas vivirlos.

Vamos con nuestra experiencia en esos dos brunches, brunchs, desayunocomidas o almuerzos. Sí, almuerzos. Es que mi madre (y lo mismo la tuya, si le preguntas) viene a definir el brunch como la comida resultante de la suma de un almuerzo de toda la vida + tontería de ahora. Y le gustan, eh. Ay, las madres, el dardo en la palabra.

Brunch apocalíptico en Folixa

| Folixa | C/ Buenavista, 32 – 634 56 66 93 – 10 € 

Nos plantamos en Folixa un domingo a las 13:30 una discreta colaboradora de Microplán Madrid (es guía y gestiona algunas de las rutas de nuestro catálogo) a la que mencionaremos como R. y el abajo firmante. Por mi parte, ya conozco la cocina del asturianín Jorge por sus anteriores proyectos en Madrid bajo el nombre de Gastrochigre: tuvo un pequeño restaurante en el barrio de las Letras y posteriormente un puesto en el mercado de Antón Martín, además de pasar brevemente por otros espacios.

Si conoces los gamberreos anteriores de Jorge, no te chocarán las mezclas de productos y preparaciones asturianas con productos y preparaciones de donde se le ocurra, con especial presencia de lo oriental y lo mexicano, que se marca.

R. no ha probado la cocina de Jorge y de momento está más pendiente de su app para buscar trabajo de referencia que de la decoración de Folixa, con bien de rinocerontes, calaveras, cartelería profeminista y más. No deja el móvil la pájara hasta que llega la ensalada de bulgogi con verduras encurtidas. Aquí empieza el disfrute, que avanza con la tortilla de cecina de buey y provolone y se dispara con el risotto de callos a la asturiana con kimchi y setas, una gloriosa síntesis de lo que aporta Folixa. De postre, pudding de canela con arroz con leche. Todo regado con pintas de cerve artesanal.

Brunch Folixa
Ensalada de bulgogi con verduras encurtidas
Brunch Folixa callos
Risotto de callos a la asturiana con kimchi y setas

A rodar por las cuestas de Lavapiés, porque las cantidades son barbaridades, pareando por aquí. El precio, como para no creérselo. Cada domingo cambia la composición del brunch.

Brunch loco en mítico hotel

| Gran Hotel Inglés | C/ Echegaray, 8 – 91 360 00 01 – 35 € 

Los responsables de la reapertura todavía reciente del Gran Hotel Inglés querían proponer un brunch fuera de lo común en su lobby y vaya, lo han conseguido pero bien. Yllana les ha echado una mano envolviendo en un espectáculo de improvisación humorística, música ‘en riguroso playback’ y juegos en los que participan los comensales la aparición de los platos que componen el brunch: dinner rolls, huevos benedictinos, sándwich de pastrami y waffles con chocolate y vainilla.

Crazy Brunch Pastrami
Sándwich de pastrami

Domingos después de la experiencia que te he contado antes, se viene también R. a catar el crazy brunch del Gran Hotel Inglés. Por supuesto, no suelta el móvil hasta que nos llega la copa de bienvenida de champagne Laurent-Perrier Cuvée Rosé. Sigue en Microplán y ha conseguido varios trabajos en Madrid como freelance a través de esa app que maneja con muy buen aprovechamiento, la tía, lo de andar pegada al móvil le rinde. Son las 15:00, hemos venido al segundo pase del brunch, el primero empieza a las 12:30 y en ese horario tenemos ruta, claro. Entran bien los rollos y son notables los benedictinos. Muy cuidado el sándwich de pastrami y no somos de dulce, pero los wafles caen.

Ana Lógica (foto de portada, a la derecha), la maestra de ceremonias del espectáculo, maneja el cotarro con gracejo y vaya memorión tiene… No te contamos lo que pasa entre plato y plato, que la cosa está pensada para sorprender.

Adrián P. G.

Rondacañas por Lavapiés y el Rastro

¡Ah, el cañeo! ¡Rondacañas! Caña para arriba, caña para abajo, cambiando de local y siempre con buenas tapitas de la casa a mano. Y no parando en locales indiferentes, sino en tabernas y bodegas de las que merece la pena conocer y frecuentar. Esa maravilla del acervo madrileño es totalmente lo nuestro, y por eso la próxima quedada del Club Antigourmet es la que vas a leer ahora:

Jueves 27 de septiembre, 19:30 · RONDACAÑAS DEL CLUBANTIGOURMET EN LAVAPIÉS – RASTRO · 120 min. 15 € (incluye 5 cañas con sus respectivas tapas de la casa). Váaaamonos de cañas a tabernas y bodegas más que especiales del Madrid inmortal. Te explicaremos la historia y el presente de cada uno de los cinco locales que visitaremos antes de entrar a tomar una caña con o sin alcohol acompañada de una tapita de la casa. Si no te gusta la cerveza, si eres tiquismiquis o miquistiquis, si no te gusta acodarte en barras variopintas pobladas de parroquianos variopintos… este no es tu plan. Si tienes alergias, cuéntanoslas antes de apuntarte. Punto de encuentro: plaza de Antón Martín, frente a la farmacia del Globo.

Información y reservas para las visitas guiadas de los fines de semana
Email: reservas@microplanmadrid.com
Teléfono (llamadas y WhatsApp): 695 97 29 37

No te vamos a adelantar los establecimientos que visitaremos, la cosa perdería la gracia. Pero ahí (en la portada de este artículo) tienes una foto ilustrativa: caña bien tirada, barra de estaño con azulejos, papelera con bolsa, que lo antigourmet no está reñido con lo pulcro, y así…

https://microplanmadrid.com/planes-madrid-ocio/

MERCADOS + EL TARANTÍN DE LUCÍA

¡Vuelve a juntarse el Club Antigourmet! Es un anticlub en el sentido de que no implica pertenencia, pago de cuota (pero sí por la actividad, usted comprenderá) ni nada por el estilo. Vamos, que bajo el nombre de Club Antigourmet lo que hacemos es reunirnos en torno a una actividad gastronómica que implique poca ceremonia (no nos gusta el gourmetismo de pacotilla) y mucho disfrute. Es un microplán, pero con esa especificidad.

Además, en las quedadas del Club Antigourmet, la/el/las/los chef/s que cocinan la manduca correspondiente explican cómo y por qué hacen lo que hacen.

Ronda de mercados con final en un puesto marino

Lucía es una joven plurinacional (pero sobre todo venezolana) que ha montado un tarantín (ya te cuenta ella bien qué significa esa palabra) en el mercado de Antón Martín.  El local está especializado en bocados del mar: ostras, tartares, salazones… También hay alguna oferta para carnívoros. Y vinos y cavas consecuentes con los sólidos.

El sábado por la mañana te acompañamos bien cargados de información sobre su pasado y presente a conocer los mercados de la Cebada, San Fernando y Antón Martín antes de sentarnos a tomar un aperitivo triple con bebida preparado por Lucía.

Steak Tartar Tarantín Lucía

Sábado 8 de septiembre, 11:45 · CLUB ANTIGOURMET: MERCADOS + EL TARANTÍN DE LUCÍA · 120 min. 20 € (incluye aperitivo largo). Te paseamos por los mercados de la Cebada, San Fernando y Antón Martín, hablamos de lo que hubo y hay por aquí y por allá de zampar en esos espacios y en Lavapiés y al final, nos aposentamos en El tarantín de Lucía, puesto del mercado de Antón Martín donde su chef y propietaria te contará cómo utiliza productos de sus compañeros tenderos para cocinar lo que vamos a comer: gin tonic de vieiras, tartar de salmón o steak tartar (tú eliges) y bacalao con pimientos rojos acompañado por un verdejo, un doble de cerveza o un vermú. Punto de encuentro: Teatro de la Latina, plaza de la Cebada, 2.

Información y reservas

Email: reservas@microplanmadrid.com
Teléfono (llamadas y WhatsApp): 695 97 29 37

Lavapiés, por los suelos

En la foto que acompaña al titular de este artículo se ve la portada y parte del muro de la fachada principal del palacio del Conde de las Torres, edificio del s. XVIII trasformado en el primer tercio del s. XIX en el convento de Santa Catalina de Siena.

¿Parece que está en el suelo? Es porque, efectivamente, lo está. En concreto, en el suelo de la plaza de Nelson Mandela de Lavapiés, anteriormente denominada plaza de Cabestreros.

Expliquemos lo inexplicable: el convento de Santa Catalina de Siena fue abandonado en los años 60 del s. XX. Entonces, el Ayuntamiento de Madrid adquirió el edificio y lo demolió porque supuestamente amenazaba ruina. Se conservó el piso bajo, portada y muro, de la fachada principal, que permaneció en pie hasta 2006, cuando pasó a ser considerado una ‘barrera arquitectónica’ y se desmontó. Solo una pequeña parte de lo que existía todavía en la última fecha mencionada se colocó poco después sobre el suelo, en el extremo sur de la plaza.

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Lavapiés es históricamente un entorno de composición social compleja (agricultores, artesanos, hidalgos, profesionales ‘liberales’ como los arquitectos Churriguera y Ribera, nobles, religiosos), ha albergado instituciones que cuentan una parte muy importante del devenir de Madrid como la Inclusa o la fábrica de Aguardientes y Naipes, transformada después en fábrica de tabacos, en sus calles han convivido mejor o peor avenidos moriscos, judíos conversos y cristianos viejos y conviven nacionales y extranjeros… Para comprender el barrio y que su historia sea útil en el presente es necesaria la identificación, preservación y difusión de sus rasgos característicos. No acaba de hacerse bien desde las instituciones.

Adrián P. G.

Coordinador de Microplán Madrid
comunicacion@microplanmadrid.com
Editor, redactor creativo y SEO, social media manager

Gloria real

Con cariño, sí, pero sin ánimo hagiográfico, sin inventar en el mal sentido, es como trasluce la obra Gloria (Mujeres que se atreven. Parte 2) que se han aproximado a la poeta Gloria Fuertes las firmantes de este espectáculo, Noelia Adánez y Valeria Alonso, generado a partir de un texto de la primera que recibió en 2017 el premio Mujeres que cumplen de  la Fundación SGAE.

Valeria Alonso dirige a Ana Rayo, la actriz que representa a una Gloria Fuertes real, castiza del casticismo de mediados del siglo XX, polisémica. Creíble en todo momento, cercana, socarrona, Rayo levanta desde la Gloria televisiva de finales del s. XX que es la más reconocible popularmente, esa otra que vivió la Guerra Civil y su posguerra, la que enseñó a su manera poesía española en el ámbito universitario estadounidense de principios de los años 60, la que se sumergía a fondo en la noche madrileña…

Ana Rayo desgrana la poesía humanista de la Fuertes y su compromiso social (el que ejerció: el literario, no fue una activista ni se la presenta como tal) sin apartes, conjugados con la vida.

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Un texto preciso, sin artificios y divertido, una dirección limpia, concreta y una interpretación inspirada nos permiten ahondar en la personalidad de una mujer que se atrevió a su aire, que no acabó de pertenecer ni ser ajena a su contexto, interesante de verdad, profunda de la forma sencilla que cabía esperar de una vecina de Lavapiés, hija de una costurera y un conserje, que siempre se creyó su barrio.

El proyecto Mujeres que se atreven de Teatro del Barrio, una serie de monólogos de mujeres con importancia histórica que cuentan sus vidas y sus tiempos, está dando unos frutos muy relevantes. Aquella Emilia (Pardo Bazán)

Texto de Adrián P. G.
Coordinador de Microplán Madrid
comunicacion@microplanmadrid.com

Editor, redactor creativo y SEO, social media manager

Hasta el 31 de mayo.
Entradas: entre 14 – 18 €.
Horario:
Consultar sala.
Teatro del Barrio, calle Zurita, 20.

 

Clara P. Villalón se come Madrid

Clara P. Villalón se ha formado como analista económica, pero no ejerce porque su participación en la primera edición de Masterchef la encaminó profesionalmente al ámbito de la gastronomía. Ha trabajado en cocinas de prestigio como las de El Bohío o Casa Marcial y también ha gestionado salas como la de La Tasquería de Javi Estévez. Ahora es consultora para restaurantes y marcas y comparte recetas y experiencias gastro en diferentes medios de comunicación. Su blog: Miss Migas.

Microplán Madrid: ¿Lavapiés, Malasaña o Chamberí?

Clara P. Villalón: Me quedaría con la parte de Lavapiés más castiza, con los cafés y todas las tiendas bonitas de Malasaña y con la parte más elegante de Chamberí, cada uno para un momento diferente.

MpM: En barra, ¿caña, vermú o vino?

CPV: ¡Ninguno! Un zumo de tomate aliñado, con alegría y sin limón. Aunque si me apuras, probablemente fuese una cerveza.

MpM: ¿Eres de terraceo en azoteas, patios interiores o a pie de calle?

CPV: A pie de calle normalmente, porque si me siento en una terraza suele ser porque voy con mis perros.

MpM: Plan gastronómico castizo, ¿le das a los callos a la madrileña, el bacalao rebozado o el bocadillo de calamares?

CPV: Le doy a todo, por muy mal que suene. ¿Por qué elegir? Cada día una cosa… o una ruta de los tres el mismo día: bocata de calamares en John Barrita, callos en Nájera y bacalao rebozado en Casa Revuelta. Felicidad absoluta.

MpM: ¿Dónde es más fácil que nos encontremos contigo, en el Prado, el Reina Sofía o el Thyssen?

CPV: Probablemente en el Thyssen porque sus exposiciones temporales suelen gustarme mucho y las visito asiduamente.

MpM: ¿Qué crees que ha hecho Madrid por ti?

CPV: Hacerme sentir en casa. He vivido fuera en varias ocasiones y Madrid siempre acaba pidiéndome volver, por muy a gusto que haya estado en otras partes.

MpM: ¿Qué es lo último que has experimentado en Madrid?

CPV: El caos de su tráfico, lo bonito de las luces de Navidad que empiezan a encenderse (un poco pronto, sí…), una maravillosa comida en el Corral de la Morería y una preciosa puesta de sol observando los edificios de la Gran Vía.

Foto: © César González

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