Archivo de la categoría: Microplanes

Relatos de Madrid (V)

Sumamos un nuevo relato de ficción a la serie que venimos publicando.

Definición

¿Hasta los 18 años? ¿Por qué hasta los 18 años? Vale, vale, lo primero que se me venga a la cabeza y todo seguido, voy. Aunque eso de que a alguien se le venga algo a la cabeza… Pero voy. Espera.

Sí, eso: De niño, mi padre me llevaba en coche a mis partidos de fútbol. Con ocho, nueve años, me sentaba detrás de él y a veces, si el partido que tenía que jugar era importante, me daba por morder el recubrimiento interior del lateral del coche alrededor del tirador de la puerta. Alrededor del gatillo, pensaba yo. Sabor a plástico y goma, el recubrimiento. Sonido plástico y gomoso, el tirador. Sabor relajante, sonido enervante. Mi padre nunca me dijo nada sobre eso que yo hacía, no sé si llegó a verme hacerlo alguna vez o no. Rara costumbre, ¿eh?, la de aquellas dos o tres temporadas, cada una en equipos diferentes. Nunca se la había contado a nadie, pero me viene o la traigo a la cabeza muchas veces cuando me subo a un coche.

La última temporada que jugué una liga en un equipo federado todavía mi padre me llevaba en coche a los partidos de fuera de casa. A los de casa, estaba en el Moratalaz, me acercaba yo solo en metro desde Avenida de América. Fue la temporada que íbamos terceros detrás del Madrid y el Alcalá y yo era el segundo máximo goleador de la Liga en marzo. Una cosa que no tiene nada que ver, o al mejor sí y por eso se me ocurre soltarla ahora: aquel marzo o su abril me conté por enésima vez los lunares y las manchas de mis manos, me dio por aquello desde los 11 años o los 10, quizá, y en esta ocasión lágrimas sobrepasaron mis ojos mientras mi madre hablaba con su hermana por teléfono del cáncer terminal de mi abuelo, de su padre. Una de las últimas veces que recuerdo haber llorado ante alguien. Mi madre suspiró y le dijo a mi tía que tenía que colgar porque me pasaba algo. Le enseñé todos los lunares y manchas que me había encontrado a mi madre, más de 60, la mayoría diminutos. Tenía que ser cáncer, aunque mi madre dijera que no. Mi madre, paradójica ama de casa totalitaria sin vocación de ama de casa, siempre se ocupaba demasiado de lo mío, pero para ella lo mío nunca era nada, finalmente. Madre antigua, madre moderna. Aquel marzo o aquel abril tapé con trozos de palillos las rendijas del zócalo de mi habitación por donde creía que salían o mejor dicho entraban bichos. Lío con mi madre cuando descubrió los palillos. Esa primavera pasé mucho tiempo solo en casa con mi madre de fondo y conocí mucho el suelo de mi habitación y el de la terraza de la cocina, esas baldosas de terrazo de dibujos infinitos en sí mismos que me recordaban a los lunares y las manchas de mis manos. Cuando volvía mi padre de la oficina me miraba y me miraba y me miraba mirar todo lo que yo miraba o no me miraba en absoluto. Padre antiguo, padre moderno. Yo entonces pensaba mucho en mi muerte, recuerdo que me parecía raro no morirse todo el rato, con lo fácil que era.

Este tipo de cosas son las que quieres que vayan saliendo, ¿a que sí?

Cuando estaba a punto de terminar mi última temporada como futbolista federado no marqué el gol de Maradona y no marqué el gol de Butragueño en el mismo gol. Lo que recuerdo: el balón rebota en un central de mi equipo, Vicente, creo, y va hacia mi banda, la derecha. Lo controlo, no es que lo recuerde, pero siento ahora el balón girando en mi bota derecha, perdiendo su carácter y cargándose de mí, miro hacia el centro, hago un amago de pase e inmediatamente regateo hacia la derecha. Conduzco el balón con varios toques cortos y regateo hacia la izquierda con un cambio de ritmo y un salto (siempre Maradona), todavía cerca de la banda. Doy un toque vertical y largo (Maradona) y miro al área, los dos delanteros están buscando su posición, me la está pidiendo Ángel en el segundo palo, Miguel está cubierto en el centro. Piso el balón hacia la izquierda y hago un recorte seco hacia la derecha. Voy en diagonal hacia la portería, el balón levanta un poco de cal del área grande y tengo una intuición de gol, me vuelve ahora un silencio de gente que se acaba de callar a la vez, expectante. Ángel cruza hacia la derecha entre un central y el lateral derecho del equipo contrario y se queda en una posición en la que no le puedo pasar. Miguel está en algún punto a mi derecha, se ha ido desplazando para abrirme espacios y la jugada ya no va hacia él. Encaro a un central y lo sorteo con un amago y un toque de la bota derecha hacia la izquierda y entro en el área pequeña. El otro central ha conseguido colocarse delante de mí, me paro (Butragueño) y, esto lo recuerdo con una intensidad de evidencia, el central mira al balón y a mis pies con miedo reconcentrado, agachado y con las piernas a punto de venderle. Recreo la percepción de no distinguir mis piernas del balón, de saber lo que iba a hacer sin querer ni poder pensarlo, hago el uno-dos otra vez y el central se desploma, aparece otro jugador rival y repito el mismo regate (Buitre, Buitre), he mantenido la cabeza abajo, la levanto levemente para ubicar al portero y tirar. Y entonces, en mitad de mi gesto de disparo con la derecha, aparece la bota izquierda de Miguel que roza mi bota antes de pegarle al balón para meterlo en la portería, pegado al poste izquierdo. Nos miramos. Uno, dos segundos. Miguel dice: Perdona, Marcos. Y no celebramos el gol. El silencio de antes sigue presente en el campo y la grada. Tres, cuatro segundos y empiezan los aplausos.

Clasificación final: Quedamos terceros detrás del Madrid y del Torrejón, el Alcalá acabó cuarto y su entrenador habló con mi padre, quería ficharme. Me lo contó, mi padre, como de pasada, ni él ni yo nos planteamos ese nuevo cambio de equipo, cada uno por sus razones. Hubo un acto, a todos los jugadores del Moratalaz nos dieron una medalla con baño de bronce. A mí me entregaron otra porque terminé como tercer máximo goleador del campeonato. El máximo goleador que no ha jugado de delantero, me dijo mi padre, e insistió en que me presentara a las pruebas del Madrid, como el año anterior. Lo dicho, no volví a jugar al fútbol federado. Tenía 12 años. Mi padre, uno de los supervisores de logística de una empresa importadora y fabricante de maquinaria de construcción, se dedicó durante meses a supervisarme con las cejas arqueadas al máximo cada vez que veíamos un partido de fútbol juntos por la tele. Ese recurso expresivo con las cejas se ha convertido en uno de sus tics con el tiempo.

¿Qué más? A ver qué veo.

Vacaciones de verano de dos años después, agosto. Nos fuimos de vacaciones mis padres, mi hermano, un primo de mi edad y yo a Miraflores de la Sierra. En el viaje de ida discutimos mucho sobre por qué no estábamos yendo a la playa, como todos los años. Mi padre se había comprado un coche nuevo unos meses atrás, un Opel Kadett con alerón, e íbamos montados en el dinero de las vacaciones costeras. La cosa no prometía. Sin embargo, seguramente son las vacaciones de las que más recuerdos tengo. El hotel se llama El Refugio y está a las afueras del pueblo. Tiene una piscina con animación nocturna. La animadora es una francesa rubia de una edad que se me escapa entonces. Pienso ahora que podía tener unos 22 años. Desayunamos y comemos en el hotel y todas las noches cenamos en el pueblo, casi siempre en el mismo restaurante, donde vamos mejorando de estatus. Pasamos de los manteles y servilletas de papel a los manteles y servilletas de tela. Las primeras noches sin aperitivo de la casa, luego con aperitivo de la casa. Sin chupito, con chupito. Mi primo y yo, chupito de granadina hasta que el dueño del restaurante convence a mis padres de que nos dejen beber chupitos de Martini rebajado con agua. Nos sabe fatal, a mi primo y a mí, pero algo es algo.

Después de cenar vamos a la terraza de la piscina. Nunca llegamos al comienzo de las actividades de animación. Nunca oímos la presentación de sí misma que hace la animadora, si es que la hace. No le pregunto a nadie su nombre, recuerdo que tenía mis razones, pero no puedo asegurar cuáles eran. Para los huéspedes españoles era la francesa. La mayoría de los turistas extranjeros alojados en el hotel, no hay muchos, son alemanes o me parece a mí que son alemanes. La animadora organiza juegos, hace preguntas y presenta canciones intercambiando el español, el alemán y el inglés. Mi impresión es que no domina ninguno de los tres idiomas, el español seguro que no. Sin embargo, muchos huéspedes participan, le siguen el juego, responden, bailan. La animadora lleva siempre unas mallas negras cortas, una camiseta blanca con el logo del hotel y chanclas. Me fascina que tenga las piernas de una pieza, el culo de una pieza y las tetas de una pieza. El pelo no lo tiene de una pieza, le cae irregularmente por los dos lados de la cara, se hace coleta, moño, nunca acaba de ser de ninguna manera.

Por el día hacemos excursiones mi padre, mi madre, mi hermano, mi primo y yo. O mi hermano, mi primo y yo nos bañamos y hacemos mortales en la piscina, le salen bastante mejor a mi hermano, que nos saca cuatro años. O mi primo y yo jugamos al fútbol en un campo de tierra destartalado que hay detrás del hotel. O yo escribo un relato en el césped de la piscina. En el relato hay un muerto, su cadáver aparece flotando en la piscina de un hotel. El muerto del relato tenía unos 20 años y no era huésped del hotel, pero su novia, que es más o menos de la misma edad, sí. La policía descubre que el veinteañero ha sido envenenado, ha bebido un cóctel con estricnina (debía sonarme entonces a veneno especialmente letal), y ha sido lanzado ya muerto a la piscina. Su novia ha desaparecido. Hay sospechosos entre los huéspedes del hotel, entre los vecinos del pueblo de costa en el que se ubica el hotel y entre los trabajadores del hotel. No recuerdo demasiado del desarrollo del relato. Mis padres insistieron después de aquellas vacaciones en que había que guardarlo bien y así lo hicimos. Y todavía lo conservo. A lo largo de los años, a veces he leído algunas frases sueltas de ese relato, nunca lo he leído entero. Se lo he enseñado y se lo he quitado de las manos enseguida a alguna pareja de cama, se trataba únicamente de que supieran que había escrito un relato de 20 páginas de cuaderno grande en las vacaciones de verano familiares de mis 14 años, supongo. No recuerdo el final del relato, solo sé que la novia del muerto no era su asesina, pero sí sabía que en el asunto estaba implicado el adolescente con el que se había fugado, un camello de hachís y marihuana. En realidad, me parece que podría decirse que el relato no tenía (no tiene) un auténtico final.

Una noche mi primo y yo conseguimos un permiso inédito para salir a los bares del pueblo con mi hermano y otros adolescentes del hotel. Mi primo y yo bebemos cerveza y Martini con limón y en un par de horas estamos muy borrachos. Nadie nos hace mucho caso, pero queremos aguantar, ver qué pasa. Nos recuerdo sentados en un banco de piedra corrido que cubre la parte baja de las tres paredes del patio interior de un bar junto al grupo con el que hemos venido. Intento concentrarme en recorrer con la mirada todo el banco sin que se me difumine la cara de ninguna de las personas que están sentadas, todas adolescentes o jóvenes, estoy poniendo a prueba mi borrachera. Lo intento de izquierda a derecha y no lo consigo, me río, apoyo la cabeza en la pared. Lo intento de derecha a izquierda y entonces veo a la animadora del hotel en el tramo de banco paralelo al mío, casi enfrente. Enfoco. Lleva un vestido negro con lunares blancos y unas zapatillas rojas. Las zapatillas rojas me resultan inauditas, las miro fijamente unos segundos y luego subo por sus piernas cruzadas y sus brazos al aire hasta sus ojos. Me encuentro con una mirada de prima maternal y bajo hasta una sonrisa burlona de aquí estamos, en el mismo bar y en distintas galaxias. Entonces le miro las tetas, el vestido que lleva tiene un escote poco pronunciado, pero se ve nítido un arco breve de cada teta. Ya no levanto la vista hacia sus ojos, cierro los míos, no quiero saber si me ha pillado mirándole las tetas o no, apoyo la cabeza en la pared, intento digerir lo vivido en los últimos segundos y en toda lo noche. Después miro al grupo de adolescentes del hotel, están atentos a la animadora y sus amigas, hablan de ellas, hacen amagos de cruzar el patio. Mi primo intenta meter baza y siguen sin hacerle caso. Me fijo en que mi hermano mira con la cabeza ladeada, con un gesto que me recuerda alarmantemente a mí, a la animadora. Mirando a los ojos de mi hermano, imagino lo que está haciendo ella, en qué y en quién se fija, cómo y por qué. De madrugada, en la habitación del hotel que compartimos mi hermano, mi primo y yo, me levanto, no he conseguido dormirme en ningún momento o eso creo, y me encierro en el baño. Empiezo a masturbarme, estoy sobreexcitado pero enervado y todavía borracho. No consigo una erección suficiente, noto que me estoy quedando dormido de pie, apoyado en el lavabo. Vuelvo a la cama.

Dame un momento, ¿vale?

[<———————————————>]

Venga, me voy al instituto, al que todos nos referíamos como el colegio.

Al colegio Claret, donde estudié la E. G. B., iba andando, tardaba en llegar menos de 5 min desde mi casa de la calle Zabaleta, corazón de la Prospe. Para ir a los Paúles tenía que coger el autobús, el 72, y cruzar con él la frontera entre Prosperidad y Hortaleza. Pienso en la Hortaleza de principios de los 90 y se me ocurre que estaba muy parqueada y muy descampada. Y algunos parques eran primos de los descampados. Para que los Paúles te concedieran una plaza en su colegio tenías que haber obtenido una buena nota media en los últimos tres cursos de E. G. B. y además debías superar un test de inteligencia y personalidad, por llamarlo de alguna manera. Te voy a contar algo relacionado con ese test que sucedió cuando terminé 2º de B. U. P. En julio, por sorpresa, llegó una carta a Zabaleta anunciando mi expulsión de los Paúles. Argumentos, dos (traduzco del lenguaje administrativo del colegio al mío): uno, mi manera de pensar y actuar no era compatible con los valores de la institución. No se especificaba nada al respecto. Otro: el tipo de inteligencia que yo tenía me hacía daño a mí mismo y a los demás, y un cambio de aires, es decir, que yo cambiara de aires, iba a beneficiarnos a todos. Tampoco había una definición o descripción de esa inteligencia dañina. La expulsión no se consumó. Fui con mi madre a hablar con el director de los Paúles y me readmitió. Este es Marcos, le dijo el director a mi madre, apoyando las manos en mi test de inteligencia y personalidad, desplegado en la mesa de su despacho. El director era un cura que parecía un bibliotecario de pueblo. Un robot bibliotecario de pueblo. Un robot de los 90. Era calvo, usaba gafas, camisas de cuadros pequeños y pantalones de pinzas. Marcos es uno de nuestros alumnos con mayor potencial, siguió el director. Sin embargo, pasa académicamente desapercibido. Y parece que no se siente cómodo con nosotros. Usted me garantiza que él quiere estar aquí y por eso va a seguir en nuestra comunidad. Pero que sepa que hasta ahora cada vez que un profesor ha fijado su atención en él, Marcos estaba realizando algún pequeño acto de sabotaje contra la clase, contra algún compañero o contra sí mismo. Su test y lo que sabemos de él después de los dos años que lleva entre nosotros indican que podría obtener unas calificaciones extraordinarias, las que se propusiera, y que no carece de habilidades sociales. Así que él puede, pero ¿quiere?

No sé si yo no quería o no podía ni lo que sabían o sabíamos o yo mismo sabía de mí. De todas formas, ¿cuántas veces le habría soltado el director ese mismo discurso o uno parecido a una madre o a un padre?

Y llegaríamos a lo fundamental de lo fundamental, ¿no? El centro de la adolescencia. Es a lo que se le suele dar una importancia definitiva, o se suele decir que se le da una importancia definitiva, lo otro en el fondo se considera arqueología sentimental no concluyente. ¿Tú también piensas eso? Los dos últimos años del instituto o colegio, te doy detalles.

Voy en el 72 en dirección a los Paúles después de comer en casa. Me paso de parada aposta, me bajo en la última parada, en el barrio de San Lorenzo, y me meto en un bar. Juego a una máquina de fútbol. Bebo solo, no he quedado con nadie, no me encuentro con nadie. Me bebo cuatro copas. O tres copas, tres vodkas con naranja. Algún parroquiano le dice al camarero que igual soy muy joven para beber así. Creo que se refiere a beber solo. Es un tío como un castillo, dice el camarero. Bueno, mido 1,78 m y peso 67 kg, ni soy ni dejo de ser. No entro a ninguna clase, tenía dos regulares y una extraescolar. Vuelvo en el 72, me paso de parada aposta, me bajo en la primera parada de la línea, en Diego de León. Me meto en el cine Victoria. Me quedo dormido. Llego a casa. No es demasiado tarde y nadie me dice nada concreto, pero todos me dicen algo, cada uno a su manera: ironía nerviosa de cejas de mi padre, desaprobación hiperactiva de ceño de mi madre, burlas de palabra de mi hermano sobre cualquier cosa, quiere que hable.

Más: Hace un par de fines de semana que no salgo de casa, estoy aburrido de repetir planes y del juego de humillaciones infligidas y recibidas en mis grupos de amigos del colegio y del barrio. Creo que pienso que voy empate en ese juego y no quiero empezar una nueva partida de momento. Estoy en el sofá viendo la tele. Mi madre me pregunta que por qué no salgo. Le digo en tono de broma que me ha convencido de lo de que Prosperidad y Hortaleza están hasta arriba de yonkies que me pueden robar. Me dice en tono serio que salga, que a mí no me va a pasar nada. En la tele están hablando del SIDA. Mi madre me dice: cuando salgas, ten mucho cuidado, que en el barrio hay unos cuantos que tienen la enfermedad. Entonces sí me va a pasar algo, mejor me quedo, ¿no?, le digo ya enfadado. Tres, cuatro segundos de silencio. Te estás equivocando, me dice. Y noto cómo me cubre una de las mayores olas de indignación que recuerdo haber sufrido, sí, en ese momento.

Otra: Estoy en el Bernabéu con mi padre viendo el partido de despedida de Butragueño del Madrid. No puedo hablar, no puedo llorar, estoy sobrepasado de verdad. Casi no me entero del partido. Miro continuamente de reojo a mi padre. Está rígido, más blanco y más delgado que nunca, más viejo. Me veo en él más que nunca. A la salida del campo nos vamos a un bar, como siempre que venimos al estadio. Apenas hablamos. En la tele del bar tienen puesto el Canal +. Nos vamos a abonar para ver todo el fútbol en casa, me dice mi padre mirando a la tele. Y añade en un susurro: En el Bernabéu no nos conocen. Ola de extrañamiento, muy intensa. ¿Cómo que no nos conocen?, consigo murmurar. ¿Qué?, me pregunta mi padre, sin mirarme. Ninguno de los dos dice nada más.

Mira, esta ya va a ser la última. Te va a encantar, aunque me va a quedar más larga.

Es el mayo de C. O. U. Desde principios de año salgo con Patricia, que es una de las chicas más guapas de mi clase, quizá la más guapa, y no es una de las chicas más guapas del colegio. O sí. Es viernes por la tarde y estamos sentados en el césped, enfrente de los Paúles. Pronto nos iremos con más gente al Tótem, uno de los bares de copas de referencia de la Hortaleza de entonces. Mi reojo se fija en una chica muy guapa que está cruzando el césped. La miro mejor. No es tan guapa, pero tiene una melena pelirroja muy llamativa. Se acerca, toca en el hombro a Patricia, que todavía no la había visto y dice: ¡Patri, tía! ¿Dónde te metes? Patricia se levanta. ¡Nuri! Se abrazan y empiezan a ponerse al día. A la tal Nuria no la conozco, no es de los Páules, dan dos o tres pasos cogidas de la mano y no puedo escuchar bien lo que se dicen. Por lo que me llega, deduzco que Nuria y Patricia son viejas amigas del barrio. Patricia vive cerca de los Paúles, después sabré que los padres de Nuria se mudaron hace unos meses a otra parte de Hortaleza y Patricia y Nuria ya casi no se ven. Vamos entrando en materia: hay un momento en que Nuria me mira callada tres, cuatro segundos. Vuelve a mirar a Patricia y le dice, lo leo en sus labios, lo entreoigo: ¿No has encontrado algo mejor? Otras conversaciones de ese día me van a salir aproximadas, recreadas, pero esa frase, esa frase fue la que fue, disfrútala, jajaja. Patricia se mueve lo justo para darme la espalda del todo y no me entero de lo que le responde.

Nos movemos hacia el Tótem. Somos seis o siete, allí nos encontramos con más compañeros y amigos de amigos. Bebemos, yo bebo mucho, no suelto los minis de cerveza. Entra mi hermano con unos amigos suyos, él también estudió en los Paúles y sigue viniendo al Tótem. Le pierdo de vista. Pierdo de vista a Patricia. Bebo, bebo, bebo más y hablo menos. Coincido en la barra con una amiga de mi hermano que me conoce. Rubi, vaya pedo llevas, ¿eh?, me dice. ¿Estás bien? Se llama Mónica y es increíblemente guapa, morena con el pelo rizado, unos ojos negros enormes y la boca y la nariz limpiamente dibujadas, perfectas. Hace unos dos años estuvo en una fiesta que montó mi hermano en casa un fin de semana que mis padres se fueron a Sevilla. Fue quien más me habló en la fiesta y casi la única invitada o invitado de mi hermano que no se dirigía a mí de una forma u otra como a una mascota. ¿Por qué iba a estar mal?, le digo apoyando dubitativamente mi codo derecho en la barra del Tótem. Respiro hondo, miro dentro de los ojos de Mónica en la medida de mis posibilidades. Nadie me llama Rubi, ¿eh?, no hagas caso al capullo de mi hermano. Jajajaja, tranqui, no quiero molestarte. Siempre me has parecido muy guapete y los años te están cayendo muy bien, me dice. Le digo: ¿Muy guapete? ¿Muy y guapete no se contradicen? Jajajaja, ¿qué dices?, me contesta. Digo esto, le respondo, y me acerco más a ella, que no se mueve hasta que intento besarla. Entonces, echa la cabeza hacia atrás, se ríe, apoya sus manos en mi pecho. Nooo, no, no, Marcos, eso no, me dice con una gran sonrisa, grande en todos los sentidos. Recuerdo cómo mi pecho me resulta más escuálido de lo habitual porque Mónica tiene sus manos en él. Me giro para apoyar los dos codos en la barra. Me sujeto la cabeza con las manos. Miro al suelo. Está lleno de colillas. Intento enfocar y contarlas.

Pido un tercio, quiero dejar claro que esta cerveza es solo para mí. Busco. La mayoría de mis amigos está en una esquina, cerca de los baños, no lejos de mí. Patricia no está. Nuria sí está, lejos. Mónica se ha alejado unos pasos y está de espaldas a mí hablando con una amiga suya. Me voy con mi tercio donde mis amigos. Núñez, ¿salimos?, le digo al amigo con el que he pillado hachís. Escondo el tercio entre los pantalones y la camiseta. Fuera está mi hermano en un grupo con amigos suyos y gente de otras generaciones de los Paúles. Patricia está con otro grupo intergeneracional. Núñez y yo rodeamos a los dos grupos y saludo con la cabeza a Patricia, saludo con la cabeza a mi hermano, no me hacen ni mucho ni poco caso ninguno de los dos. Me siento con Núñez en unos escalones que hay en una perpendicular a la calle del Tótem. Nos fumamos un porro a pachas, hablamos poco, nos reímos con cierta pereza. Final de etapa, hay personas y circunstancias de las que nos estamos despidiendo, Núñez y yo nos estábamos despidiendo, luego se confirmó. Y no hemos sido Historia.

Volvemos al Tótem. El grupo de Patricia y el de mi hermano, que ya no están fuera, se han combinado, es decir, sigue habiendo dos grupos, pero con diferentes miembros. Dentro hay más gente que antes. Voy delante de Núñez abriendo hueco. Me parece que me miran, sí que voy bastante mal, pienso, me agarro a ese pensamiento, creo que no quería pensar que me miraban a mí y no a mi borrachera. Cuando llego a la esquina de mis amigos estoy exhausto. Llega alguien y me pone un mini en la mano. Los tragos me vuelven a animar, echo otra ojeada general al Tótem. Mónica está a mi derecha y me está mirando, Nuria está cerca de la puerta del bar y me está mirando. Malas sensaciones, muy malas, mareas de pedo. Mi hermano entra en el Tótem, ¿dónde estaba?, y va hacia Mónica y su grupo. Patricia sale del baño. ¿Del baño? ¿Cuándo ha entrado? Le pregunto: ¿Dónde estabas? Me mira con una cara que solo puedo definir como de expectación aburrida. Pues en el baño, me contesta. No, me refiero… Bah, articulo. Sin más, la rodeo por la cintura con mi brazo izquierdo, la atraigo hacia mí y empiezo a besarla fuerte. Estiro el brazo derecho para soltar el mini sin mirar a quién se lo doy. Estamos enganchados un buen rato, a veces abro los ojos y a nuestro alrededor hay un borrón de luces, qué paradójicamente nítido me vuelve, aunque sé que en aquel instante percibía con claridad que Patricia y yo estábamos en miradas y comentarios. Nos damos aire, la cara de Patricia es de expectación curiosa ahora.

La llevo de la mano hasta la puerta sin sentir el pasillo que tengo que crear otra vez, solo la puerta, la puerta, la puerta, salimos y vamos a los escalones donde he estado fumando antes. Magreo fuerte, emociones un nivel por encima que otras veces, va a ser hoy, va a ser hoy, va a ser hoy. Patricia lleva una falda corta que se levanta un poco para sentarse encima de mí. Mueve las caderas con tensión. Está todo bien, me noto erecto, solo ligeramente entumecido por la borrachera. Necesito comprobar cómo está ella de verdad. Meto como puedo la mano entre sus bragas y sí, Patricia está muy mojada, su humedad es templada o casí fría, se me ocurre que es una humedad de calle y no de casa o algo así, pienso de pronto que se mueve demasiado espasmódicamente, con espasmos ensayados, pienso que no conozco ninguna calle de Prosperidad en la que la acera sea como la que hay encima y debajo de los escalones.

A la izquierda de los escalones hay una verja y un seto que enmarcan un pequeño jardín con cuatro árboles incongruentes y un césped descuidado. Saltamos al jardín entre risas nerviosas y risas (Patricia) y risas nerviosas y torpezas (yo). Pegados al seto no se nos ve desde la calle. Desde los edificios de alrededor nos pueden ver claramente, nos da igual. Nos tumbamos, nos medio desnudamos, me coloco encima de ella, veo que no estoy al máximo, pero casi. Penetro a Patricia, empiezo a empujar y hay choques de huesos, ella también es muy delgada. El encaje no es perfecto en las primeras embestidas, es como si yo me fuera o Patricia me echara hacia los lados, dentro de ella, me refiero, hasta que ella o yo o los dos cambiamos, mejoramos, nos acoplamos realmente. Va bien, vamos bien, no pienso mucho en nada hasta que la muerdo en el cuello y me sabe a su perfume y a su sudor. Imagino sin poderlo evitar las bacterias de nuestros genitales, nuestros vellos púbicos, nuestra piel follando o peleando, follando y peleando, comiéndose. Noto la humedad de Patricia más fría en mi pene, será que ya es más de la una y no hace tanto calor, será que está más húmeda, me fundo más, pienso menos, Patricia gime y gime más, me aprisiona fuerte por la espalda y los hombros con los dos brazos, creo que intenta hacer lo mismo con sus piernas y mis piernas, pero no lo consigue, abro un poco las piernas y ahora sí me rodea también con sus tobillos. Esos movimientos me devuelven consciencia, pienso que Patricia le está pillando el tranquillo, pienso en la palabra tranquillo, que me resulta totalmente absurda y vieja, el pensamiento se va enseguida, así tiene que ser, vamos, vamos, vamos, me empiezan a superar las sensaciones, me nublo, voy a correrme o voy a vomitar o las dos cosas, noto un desbordamiento total y abstracto, me salgo y llevo su mano derecha a mi pene para terminar así, Patricia me agarra fuerte, le da con todo y no pasa nada, estoy acorchado, me voy aflojando, paramos. ¿No te habrás corrido dentro antes?, me pregunta con más cara de decepción que de susto. Creo que no, a ver, ha habido un momento raro, en el que era todo demasiado, pero, balbuceo. Patricia se toca el vientre, los muslos, tiene grumos amarillentos y amarronados. Esto puede ser tuyo o mío. Marcos, tú siempre, me dice. Joder, yo siempre. Yo, siempre, nada. Nada de yo siempre, le digo. En silencio, saca un kleenex del bolso, se limpia, nos vestimos, nos ponemos de pie. Antes de saltar la verja, le pregunto: ¿Tú te has corrido? Me mira de lado y me dice: No lo sé.

Texto de Adrián P. G.
Coordinador de Microplán Madrid
comunicacion@microplanmadrid.com

Relatos de Madrid (IV)

Otro para la serie de relatos de ficción, no autobiográficos, ambientados en Madrid que vengo publicando. Aquí tienes más.

Cortical

Marta me mira, sonríe y sigue encajando la bicicleta de BiciMAD en uno de los anclajes de la estación de la calle de Jesús. Transparenta, desde mí, la expresión de su cara casi cuatro años atrás (sobreentendido, expectación, autoconsciencia), cuando tuve que volver a la oficina porque me había dejado el móvil y ella me abrió la puerta, yo no tenía llave. Abrió y, antes de que habláramos (pasaron casi tres segundos, estoy seguro), Marta consiguió encabalgar levemente la rodilla izquierda sobre la derecha (¡de pie!), apoyar el pecho en una inspiración sostenida y poner esa cara (la cara que ahora veo en su cara). A mí, allí, delante de sus gestos, en aquellos casi tres segundos me atravesó un fogonazo de una visión (anticipación mental que no se cumplió) de los dos en la sala de reuniones, al borde de la mesa, decidiendo con las miradas y los cuerpos qué hacer.

Entonces ella era la gaming community manager del horario de tarde en The Life You Make. Yo hacía allí lo mismo que Marta, pero de 10 a 6. Coincidíamos entre las 4 y mi hora de salida, que yo acabé retrasando al menos un par de días a la semana para pasar un rato con ella a solas, los informáticos eran los únicos que tenían también posiciones a turnos en la empresa y no trabajaban en las oficinas de la calle Orense, como nosotros, sino en otras en Alcobendas. Nos sentábamos uno frente al otro y hablábamos del traspaso de la comunidad. Muchos de los usuarios gamers de la plataforma para la que trabajábamos, muy activos y empoderados, siempre demandaban que Marta, en la forma de su avatar Yshe, estuviera al tanto de lo que había pasado antes de su llegada. Hablábamos también de lo atípico de lo típico en cuanto a series y música y de planes atípicos en lo típico para experimentar Madrid.

Marta me mira, sonríe, no mucho, 10 grados por comisura, y avanza hacia mí. Yo podría estar en la acera, pero estoy en la calzada. Podría haberme acercado más a ella mientras aparcaba la bicicleta, pero no lo he hecho. Ella llega hasta mí con unos pasos un poco más largos de los que le recuerdo. Lleva unas medias grises (vibran en mi reojo, me encantan), un vestido recto que es de color negro de pecho a cuello y verde de pecho a rodilla y un gorro de lana de un gris más claro que el de las medias. Creo que está más delgada que la última vez que quedamos los Makers, hace medio año. Es posible que la sensación de mayor delgadez me la genere su vestido, que puede contener menos aire de lo que parece entre las tetas y las caderas.

Enfrente de mí, empina su sonrisa y me dice: Holi no, ¿no? ¿Qué tal? Digo: Holi no, correcto. ¿Cómo vas? Dice: Pues rodando, que he vuelto a la bici y si hay cuesta, como no cuesta con los 250 vatios de las bicis de BiciMAD, ahí voy, toda potente. Digo: ¿Dónde pillas la bici? Dice: Hoy y normalmente en la estación de Batalla del Salado. Y hablando de salado (le da unos golpecitos al culo de su bolsa de tela), vengo a todo anacardo. ¿Pillamos cerve o tienes? Digo: Tengo, tengo, cerve no me falta. Mientras no me chapen Más que Cervezas, ahí en Antón Martín, en mi casa siempre podrás encontrar cerveza atemperada. Dice: Con el biciclismo, últimamente yo las solicito en la webshop de Be Hoppy, y presto me llegan y menos agitadas que si las cargara yo, esa gente funciona muy bien. Digo: ¿Iremos? (Señalo con la cabeza la dirección a mi casa). Dice: Estamos yendo.

Giramos en Lope de Vega y hago que bajemos por la acera de Comisiones Obreras y el Ministerio de Sanidad para que Marta vea con perspectiva la fachada de mi edificio. Y, como hago siempre que alguien se acerca a mi casa por primera vez, me fijo muy mucho en su reacción cuando ve aparecer la fachada con la verja, el paso de carruajes, el portón, los invernaderos. Marta hace un par de movimientos de pájaro con su cabeza hacia mí y hacia el edificio y dice: Pero, por favor, Samu, qué maravilla es esta… Cruzamos la calle y ella estira todo el brazo derecho hacia el número 47 del edificio. Dice: Es un número art déco. Digo: Creo que sí. Venga, te voy a hacer el tour de las escaleras principales y el patio, que es lo mejor que vas a ver por aquí.

Entramos y le enseño la escalera principal derecha. Dice: Wow (Guouuu), qué bonito ajedrezado y qué abierta la espiral. Maravilla. Yo ronroneo. Salimos al patio, voy a decir algo sobre la fuente y los bancos de piedra, pero ella se sienta en el pozo y dice: ¿Fumamos? Se sienta en el brocal y percibo que ha tomado posesión del patio y ya no cabe que se lo explique. Digo: Líate lo tuyo, yo igual me fumo uno luego. Dice: Para que digan que solo hay pesadeces en los grupos de WhatsApp, ¿eh? Cómo te vino que la tía de Sandra quisiera alquilarle su apartamento a alguien con referencias, maldito, cazaste esta bicoca al vuelo. Digo: El grupo Makers siempre ha sido el colmo de la utilidad. Entre las subastas de vino ecológico de Villi y el reparto de fruta… Y que nos seguís convocando a los alumni a las cañas, claro. La casa no sé hasta cuándo la voy a poder pagar, eso sí. La poscrisis o crisis permanente o lo que sea lo que estamos viviendo se me puede llevar por delante cualquier día de estos. Dice: Si te puedo ayudar…

Estamos un buen rato callados. Marta es una de las personas que mejor se calla de galaxia. Es pura tranquilidad intensa. Mientras calla, me balanceo levemente en mis Sketchers, con las manos en los bolsillos de mis pantalones de camuflaje. Me fijo en que lleva unas New Balance de un gris muy parecido al de su gorro. Parpadea y dice: ¿Lo apago en tu casa? Digo: Venga, subimos. Ahora viene la decepción, ¿eh? Para empezar, a mi casa se llega por la antigua escalera de servicio del edificio. Y eso, que el apartamento no es nada. Dice: No ni nada. Las fotillos que he visto, con esos ventanales, barbaridad.

[Aperitivo: Anacardos y coquitos comprados por Marta en Granel Madrid y maridados con IPA comprada por Samuel en Más que Cervezas. Cena: Tofu al curry cocinado por Samuel. Ensalada de lentejas y arroz con verduras cocinada por Samuel y completada con kimchi comprado por Samuel en Nan-Yea Market, platos maridados con vino ecológico comprado por Samuel a la cooperativa Vino de Tierra].

Dice: 32 años tienes tú, ¿no? Y ¿hace cuánto que no bebes copas? Digo: Diría que hubo una línea como por otoño de 2015. Sí, eso, tres años y medio o así. Con excepciones, claro. Dice: Pues yo, más o menos. Mi línea fueron mis 25 y soy del 90. En fin, nací vieja en la vejez del siglo. Digo: También te digo, que a cervezas y vinos se llega perfectamente al pedo máximo. Dice: Yo pocas veces ya, la verdad, al final tampoco bebo mucho de nada, creo.

Está sentada en mi sofá, que es su sofá desde que se ha acomodado en él. Supongo que está cómoda en esa postura, sentada sobre sus rodillas e inclinada hacia mí. A veces, cuando sostiene la copa en la mano derecha, apoya la cabeza en su hombro izquierdo. Me doy cuenta de que esa combinación, rodillas en el sofá, vaso en la mano y cabeza en el hombro, me irrita, supera una barrera. Quiero a Marta a este lado de la barrera o en la barrera, no sé dónde estoy yo, pero quiero que esté a mi lado. Digo: Entonces, ¿estás contenta en Arganzuela? ¿Seguro que es el nuevo Tribunal? (Sonrío y noto que enarco las cejas). Dice: Lo de que Arganzuela es el nuevo Tribu lo dice Sara, ¿eh? Yo no. Pero sí, hay aliento por allí, están los teatritos y eso. Digo: Al final, sigue siendo un barrio, que eso se echa de menos a veces, yo aquí estoy a gusto y, cómo comentarte, inspirado, con perdón. Cuando voy al Gredos, que todavía es mi bar de mi Moratalaz, pues estoy a gusto y nostálgico. El barrio importa. Dice: El barrio importa, en negativo y en positivo. Mi Carabanchel, el de la colonia de la Prensa, el Domínguez, y mira, hasta el del parque de Pan Bendito, me lo das o te lo quito, todavía me llega. Sin embargo, no volvería ni de broma final. La misma conversación que tenía con 17 años no la quiero ya. Digo: Vale… Solo que en la conversación de antes hay verdad. Ni de lejos toda la verdad, por supuesto. ¿Seguimos con el pseudocopeo con vino? Dice: Vamos con la penul, que este viernes tan guay pide una más.

[Samuel toma dos copas más y Marta una. Samuel va al servicio mea y se mira en el espejo. Marta entra en Instagram, contesta dos mensajes directos y deja otros dos sin contestar. Entra en Spotify y busca una lista de reproducción para la vuelta en bicicleta].

Sí, espejito, estoy demasiado blanco y mi pelo es incoherente respecto a cualquier coherencia. Vuelvo al salón midiendo mis pasos por el pasillo. Entonces, recuento de elefantes en la habitación que aparecen por aquí y por allá cuando veo a Marta: tensión sexual, mi salida de la empresa, su ascenso en la empresa, valga la redundancia, y las razones por las que nos seguimos viendo. Y no soy capaz de resolver una mierda, la manada de elefantes me pasa por encima todas las veces. Dice: Me voy a tener que ir marchando, señor Crono. Digo: Hostia, Crono, hacía mogollón no me llamaban por mi nombre Maker, ni en el grupo. Tenías que ser tú… Dice: En mis contactos eres Samu Crono desde el principio de los tiempos. ¿Qué quieres decir con que tenía que ser yo? Digo: No, pues que… Mira… Al final no es tan cómodo el sillón, ¿eh? Ya te has sentado normal. Dice: Normal que cambie de postura, mi espalda ya no me da para hacer mortales. Digo: Con lo de Crono me refiero a… Bah, yo qué sé. En la ofi todo bien, ¿no? Dice: Ya sabes, siempre te lo digo, no es la de hace unos años, no es la nuestra. Desde la última compraventa seguir trabajando alrededor de lo humano dentro de la lógica del negocio es cada día más difícil. Y lo de tener un equipo volátil, no es lo mejor, desde luego. En eso estamos.

Nos callamos. Marta llevaba un rato con las piernas cruzadas. Ahora las coloca en paralelo y apoya las manos en las rodillas. Pienso que mi casa, o mejor, la casa, ya es hora de que me vaya despidiendo de ella, tiene, sí, grandes ventanales en la cocina, el salón y el dormitorio. Es rara, esta casa, como muchas de las del centro de Madrid que proceden de divisiones de grandes pisos antiguos. Está desordenada, el baño está a la entrada, la cocina es un cuadrado casi tan grande como el salón y la puerta del dormitorio está en el centro del salón. Y pienso que he disfrutado y he sufrido esta casa porque no es una casa lógica, no es un contenedor de lógica. También pienso que, como autónomo de la multitarea digital, la falta de orden no me conviene nada. Pienso en el desorden a los 32 años. Cierro el ventanal del salón, ya no hace calor, el aire se mueve. Hace viento. Pongo la mano en la rendija, noto cómo me roza una lámina de viento. Me doy la vuelta hacia Marta.

Digo: En eso seguís.

Texto de Adrián P. G.
Coordinador de Microplán Madrid
comunicacion@microplanmadrid.com

Un día en el Norte de Madrid

Tienes un día para ti y quieres llenarlo de disfrutes variados. Es un día, no puedes alejarte demasiado. Pues si miras al norte de Madrid, encontrarás mucho que hacer sin recorrer demasiados kilómetros.

Mañaneo serrano

Madruga que hay planes y más planes. Enfila hacia la Sierra Norte de Madrid y en una hora podrás empezar a hacer una de las rutas de senderismo o en bici habilitadas en el valle del Lozoya, la Sierra de la Cabrera, la Sierra del Rincón o el Valle del Jarama. Riqueza paisajística, frescor y bonitos pueblos van a maravillarte los ojos: Bustarviejo, Navalafuente, Rascafría, Navarredonda, Torrelaguna, Patones, Buitrago de Lozoya y sus alrededores merecen el desplazamiento por sí solos.

Es verdaderamente impresionante el desglose del patrimonio natural e histórico artístico de la Sierra Norte de Madrid. Para no cansarte a base de exhaustividad, citaremos tan solo que aquí puedes visitar el abedular de Canencia, el bosque mixto de hayas y robles del monte de El Chaparral, el Monasterio del Paular, el Pontón de la Oliva… Por supuesto, todo ello es inabarcable en una sola visita. Te recomendamos que selecciones una ruta guiada por tu tipo de campo preferido y un pueblo cercano para la mañana de tu día norteño.

Sierra norte madrid

De comer, arroz

En el camino de vuelta a Madrid capital, te proponemos degustar un arroz de los buenos. Hay una arrocería en Alcobendas, con sedes también en Montecarmelo y Tres Cantos, que es parada obligatoria en el Norte de Madrid. Te hablamos de Arrocería Formentera, donde es imprescindible pedirse un arroz, por supuesto, y donde también clavan platos de pescado como el atún de almadraba o la fritura variada y carnes como el solomillo de vaca vieja o el Rib Eye de lomo alto.

Pero dale al arroz, haznos caso, hay muchas opciones como el arroz negro con chipirones, el arroz a banda, el meloso de boletus y rape o el meloso de carabineros que vas a gozar hasta el último grano. También disponen de servicio a domicilio, por cierto.

Bajar la comida en un parque forestal

Se impone un paseo para favorecer la digestión, y para ello te señalamos el parque forestal de Valdebebas-Felipe VI, en el distrito de Hortaleza. Es muy curiosa su silueta, que representa a un gran árbol. Su extensión aproximada es de 470 hectáreas, divididas es diferentes áreas mayoritariamente forestales.

La zona central es el corazón del entorno. Se subdivide en los denominados espacios de Copa y Campo Abierto, que representan la mayor superficie del parque forestal. Incluye ámbitos de carácter jardinero que tienen una finalidad vertebradora, al servir de orientación dentro del mismo, y que aportan carácter debido a su singularidad. Se trata del Laberinto (con una estructura central de madera en forma de espiral ascendente y un mirador), del Arboreto (donde de cinco cubetas afloran islas con formaciones vegetales) y de las Terrazas (superficie compuesta por una serie de plataformas ajardinadas con desarrollo en cascada descendente hacia el río).

El Parque El Capricho

Avanzada la tarde, hay tiempo todavía para pasarse por el barrio de la Alameda de Osuna, en el distrito de Barajas. En él hay dos hitos monumentales a no perderse. El más conocido es el Parque El Capricho, uno de los más bonitos e interesantes de todo Madrid. Es un parque histórico, construido entre 1787 y 1839 por encargo de la duquesa de Osuna. Tiene los aires neoclásico y romántico que le corresponden por la época en la que se creó, si bien es este segundo estilo el más presente por ser quizá más acorde a la personalidad de la duquesa. La noble quiso tener un espacio de recreo a las afueras de Madrid y para ello ordenó la edificación de un palacio en la Alameda con su ajardinamiento correspondiente. El conjunto abarca una extensión de 14 hectáreas en los cuales se suceden placeres estéticos como los que procuran el Casino de Baile, el Laberinto, el estatuario y las fuentes y la propia naturaleza, a la que desde el proyecto original se le permitió expresarse en grandes espacios sin una excesiva intervención del hombre para encarrilarla.

En el Parque El Capricho, cerca del Palacio, hay un búnker de la Guerra Civil que albergó durante la contienda el Cuartel General de la Defensa de Madrid. Es visitable, pero hay que reservar plaza con mucha antelación.

¿Un castillo en Madrid, Madrid?

Por último, queremos hablarte de un secreto de Madrid que te va a sorprender: en el municipio capitalino hay un castillo del siglo XV, el castillo de la Alameda.

Construido como castillo señorial, ha sufrido diferentes transformaciones a lo largo de los siglos.  Originalmente se ubicaba entre las aldeas medievales de la Alameda y Barajas. Su primer propietario fue el Señor de Barajas, Juan Zapata, para quien tenía una función militar además de residencial. En el XVI se convierte en un palacio renacentista de recreo de diferentes aristócratas madrileños. También le afectó la Guerra Civil, periodo en el que fue empleado como fortín del bando republicano. En el entorno se conserva un nido de ametralladoras.

Un día bien completo, ¿no? Próximamente, más madrileñadas.

Relatos de Madrid (III)

Este es el tercer relato de ficción (repito, nada de lo contado es autobiográfico) que sale por aquí de la serie de ellos que estoy escribiendo sobre tipos y tipas que se mueven en el Madrid actual, con la ciudad como fondo necesario para explicar su identidad. Si alguna editorial se anima, acabarán formando parte de un libro.

Título: El cubo del cuadrado 

Tengo más vecinos, pero tengo dos vecinos: Roncador Tosedor Suspirador y Enfermera Pirada. RTS ronca, tose y suspira en un apartamento del sexto, al otro lado del patio interior. EP es la única otra inquilina de la planta en la que vivo yo, la séptima bis y última, su puerta está enfrente de la mía. Durante dos años me cruzo con EP en el rellano, en la escalera, holadiós. Habla alto, oigo sus conversaciones telefónicas, que muchas veces tienen un punto de no normalidad difícilmente definible, un punto desorbitado. La veo con un tipo, no la oigo con él. Estoy seguro de que oye mi guitarra, y vaya (mal) lo que hago yo con mi guitarra, pobre. Me ve con algunas tipas (con perdón, se ha dado así el tema), no sé si me oye con alguna de ellas, yo diría que con alguna, sí (con perdón).

A RTS solo lo detecto como sí mismo un día que sube a mi casa por una avería, más de un año después de que yo me instalara en el edificio. La reverberación del sonido en el patio me había escondido su voz entre la de otros sospechosos, cuando hablamos queda claro que él es RTS porque tose, sí que tose, y es la tos que vengo oyendo, mientras ponemos en marcha la resolución de la mojadura del techo de, me dice, su cuarto de las cosas, donde solo entra cuando necesita algo de lo que tiene por ahí. Muy bien, suena todo muy bien, la tos invencible y el cuarto de vete a saber qué cosas (y cuántas).

Sigo hasta el final: se decreta el confinamiento, enseguida se me empiezan a caer los proyectos, solo me queda el diseño de una web por terminar, la de una asesoría legal. Le insisto a mis potenciales clientes, pero nada, recibo respuestas dilatorias o negativas a todos los presupuestos que había enviado. En apenas cuatro o cinco días el trabajo pasa al plano de lo irreal, y eso que no dejo de echarle horas, poco productivas, eso sí, a mi único cliente. En el plano de la realidad, vivo que mis padres están bien y mis amigos probablemente coronados no están bien, pero no están fatal. Todos están pasando la enfermedad en casa. Unos han llamado al teléfono de información sobre el coronavirus, otros no. Ninguno recibe más atención médica que la telefónica y la mayoría de los que han llamado, ni eso.

En el plano de la hiperrealidad estoy no sano, algo enfermo, enfermo. O no, es lo que tiene la hiperrealidad. El caso es que empiezo a toser y en unos días toso más que RTS. De hecho, parece que cuanto más toso yo, menos tose él. Cuando sale de su casa, EP se queda un momento entre su puerta y la mía escuchándome, la noto. Mis amigos posiblemente coronados me cuentan la evolución de sus síntomas, unos van mejor que otros, mejor o peor que yo, los síntomas de unos son más similares a los que tengo yo que los de otros. Casi todos mis amigos posiblemente coronados y muchos de mis amigos sanos están desarrollando costumbres neuróticas de manual. Yo estoy ahí, ahí.

Llevo casi dos semanas encerrado y tengo que bajar la basura, he acumulado, he perfumado, ya no puede ser. Algunos de mis amigos que viven cerca de mí, los de Malasaña se ofrecen a echarme una mano, qué va, tranquilos, que no sé si estoy enfermo o no, o de qué si es que sí, no lo veo, no quiero que os arriesguéis con mi mierda ni que traigáis vuestras mierdas a mi edificio. Compro online y la basura la saco yo. Salgo justo después de comer, no quiero dejar nada tocado para el siguiente, no quiero aerosolar, no quiero tocar nada que haya tocado alguien, quiero pensar que hay poco aerosol ajeno en la escalera a esa hora rara. Usar el ascensor, mejor no.

En el corcho que hay junto a los buzones, EP ha dejado una nota para todos los vecinos: se ofrece a traer material médico de su centro de salud para quien lo necesite, diabéticos que pueda haber en el edificio, por ejemplo, y no quiera salir. Lo mismo dice sobre los básicos de supermercado y farmacia. Nos deja su número de teléfono. Me entero de su nombre, lo ha escrito en la nota arriba y abajo, abajo en mayúsculas irregulares. El texto es simpático y como exuberante. Grabo su contacto. Por cierto, también sé cuál es el nombre de RTS, me lo dijo él cuando lo de la avería, pero qué, en mi móvil son EP y RTS, sí.

Vuelvo a casa, oigo a RTS ajusticiar a una flema y deshacerse de su cadáver otra vez. Siento esto, siento lo otro, me pongo el termómetro de nuevo. Irremediablemente, algunas cosas pasan muy a menudo en la cuarentena. No tengo fiebre, no he tenido fiebre ningún día, pero sí tostostostós, dolores musculoesqueléticos moderados, diarrea moderada, dolor de cabeza moderado y extraño, como en mala postura (un dolor que adopta una mala postura, me voy gustando en esto de escribir), y lo que parece ser conjuntivitis. EP abre la puerta de su casa alrededor de las 20:00, como todos los días. He salido, he vuelto y todo sigue igual, vale.

EP tiene unos ojos muy grandes de color miel que se llenan y se vacían muy rápido o al menos yo los recreo así. Tiene mirada de loca, y no digo que eso sea ni bueno ni malo. Yo tengo mirada de loco sobre mueca de loco cuando estoy voluntariamente enajenado, cuando estoy cansado y cuando se me amontona la misantropía. RTS tiene mirada de loco, vertiente hombre exaltado con barba (obviamente, la mirada de loco con barba es muy distinta a la de loco sin barba). Su mirada incluye como feature un matiz de insomne. Solo le he visto dos veces, cuando lo de la avería y unos meses después, un día que él salía del Padrón, uno de los bares de viejos (ya no se les llama así, ¿cómo se les llama ahora?) de la parte baja de San Bernardo. Nada de extrañar lo del mate (por contraposición a brillo. Yo, aquí, gustándome otra vez) de insomnio en los ojos de RTS, porque RTS todas las noches se duerme, ronca, se despierta tosiendo, tosetosetose, suspira, se duerme, ronca, tosetosetose, suspira, todo a un volumen de me da igual que se me oiga. Me lo tomo crecientemente como un volumen de se la suda que yo le oiga.

Esto ocurre todas las noches, digo. Así que le oigo, duermo mal, no me ahogo pero siento una opresión extraña en el pecho, como de exfumador reciente y al mismo tiempo como de persona que tuviera un gran pedazo de madera encima de los pulmones, madera tratada, industrial, pero no del todo lisa, con alguna astilla en ocasiones punzante (y punzante de la hostia, también).

Hay un par de noches malas, malas (¡y ya estamos casi a mediados de abril!) en las que estoy a punto de levantarme y preparar una mochila con ropa interior (hola, madre de pueblo) y el cargador del móvil por si no puedo respirar y me tengo que ir a urgencias y me ingresan. Miles de contagiados diarios, cientos de nuevos ingresos hospitalarios, pero ya es casi seguro que a ninguno de mis amigos les va a tocar lo peor, unos han superado la enfermedad o pseudoenfermedad (recuerda, probables y posibles coronados), otros arrastran todavía molestias más o menos leves. A mí a la UCI que no me lleven, joder, con 37 años no me puedo poner tan mal, por favor.

Me tranquiliza mirar el contacto de EP en mi móvil, lo cierto es que más que mirar el de mis padres o mis amigos. Si su casa es un reflejo de la mía, que vete a saber porque nuestras casas del séptimo bis o séptimo inventado sobre el séptimo real fueron trasteros o algo así (a RTS le mojé el cuarto de las cosas desde el baño, está todo descabalado aquí arriba), nos separan unos 25 metros de cama a cama. Deduzco de las toses de RTS, que ha vuelto por sus fueros, que su tos es la que siempre le he escuchado. Fantaseo con otra tos para él, una más de moda, como fantaseaba con mis padres sufriendo definitivos accidentes de tráfico en momentos de mi adolescencia de muchacho regular de barrio frecuentemente castigado. Del mismísimo barrio de La Elipa, eh. De la calle San Vidal. Antes de venirme al centro (a ver, dos años solo en el peor agujero del final de la calle Atocha, tres años en un piso compartido bastante apañado de Lavapiés, cuatro años con Laura en una casa de padres en Arganzuela, y eso, dos años de neosoltero en Malasaña), pasé 26 años con el ruido de fondo de la M-30 y mis padres ni un rasguño en ella. Que me alegro, que me alegro, ser un fantasista no es ser un desalmado.

Hola, soy Migue, tu vecino de enfrente, perdona por haber sido tan torpe de no presentarme antes, en tiempos menos pandémicos. Pero en este siglo lo normal es no amigarse con los vecinos, ya sabes, qué tontería. EP y yo cogemos el hábito de escribirnos por WhatsApp un par de veces por semana. En la primera conversación me pregunta si tengo o he tenido el bicho, sí que me había oído toser. No lo sé, he podido tenerlo, puedo tenerlo, puedo tener bronquitis, por ejemplo, en el coworking y en casa he pasado bastante frío trabajando este invierno y he estado regular a menudo. Soy autónomo, hago páginas web, vale, te paso algunas (no le paso las que he hecho para cerrajeros y dentistas ni la de los asesores, no, le paso las guais, las de restaurantes, librerías, agencias de marketing). Me da consejos enfermeriles, se ofrece para facilitarme una consulta con una doctora en su centro de salud, que no es el mío, porque sigo empadronado en Arganzuela y ella trabaja en el de Lavapiés. Ella probablemente no estaría, me dice, realiza mucha atención domiciliaria en las últimas semanas. No la han enviado a ningún hospital y aun así, ha visto mucho y está muy cansada y harta. Me lo cuenta con humor, con fuerza.

Mi tos se convierte en un animal doméstico perezoso, aburrido (qué dominio de la analogía de andar por casa, de verdad), empieza a olvidárseme que tengo que toser, la tos de RTS vuelve a imponerse en el patio interior y en mi casa. Mis dolores de cabeza de ahora, estamos a finales de abril, los causan las pantallas. Mis ojos no enfocan bien. Todas las ventanas de mi casa dan al patio interior, veo mucho cielo pero no el horizonte. El aplauso a los sanitarios suena aquí a efectos especiales baratos y genéricos. Suena metálico, hasta como a cacerolada. Aquí no hay caceroladas, por cierto. Cuando salgo a comprar miro a lo lejos y es que no, no veo bien. Pero retomo lo de RTS y el enseñoramiento de su tos para añadir que la tos manda y vuela entre vapores de cagada y purito, el hombre tiene la costumbre de fumar en el trono, desde las 6 de la mañana está en esas. Hacía muchos años que no me despertaba tan pronto de forma habitual. Desde que se puede, antes de las 7 ya estoy en la calle de paseíto hacia el templo de Debod o hacia Chamberí o Argüelles. No intento quedar con nadie, no me apetece, sí me doy paseos más largos de lo reglamentado. Y cojo la costumbre de sentarme en uno de los bancos individuales de la plaza de Guardias de Corps, en Conde Duque. Hay suelo de tierra, como en la plaza de las Comendadoras, como en la plaza del Dos de Mayo. Eso me gusta.

Día de mensajitos acerca de la azotea entre EP y yo. El espacio común de la azotea del edificio (los del séptimo, séptimo, tienen zonas privadas de la azotea a su disposición, el edificio es rarísimo para no ser tan antiguo como la mayoría de los de Malasaña) está en nuestra planta, la puerta de la azotea está a tres metros de las de nuestras casas. En los últimos días han empezado a salir más vecinos a incordiar en ella, no les debe convencer lo de que ya puedan irse a la (puta) calle, en la práctica, más o menos cuando quieran. La puerta de la azotea abre con ruido y cierra con estruendo, a ver si la gente se encuentra la empatía y tiene cuidado, cabrones, que nosotros nos comemos todos los portazos. Hemos oído a una pareja a la que ninguno de los dos tenemos fichada. ¿Se habrán mudado al edificio en estas semanas? Una señora sube a la azotea todos los días a la misma hora a hablar por teléfono para decirle a su interlocutor o interlocutores básicamente lo mismo: que no se aburre. Que no se aburre siempre de la misma forma, nos parece a EP y a mí. Mientras wasapeamos, sube a la azotea RTS. Lo hace una o dos veces por semana. Le pregunto a EP por él. Resulta que son amigos, EP lleva más de 10 años en el edificio, han tomado cafés y cervezas en sus respectivas casas y por San Bernardo, Gran Vía y Plaza de España. Por Malasaña y Conde Duque no, me dice EP, porque RTS piensa que Malasaña y Conde Duque se han convertido en una gilipollez en los últimos 15 años. EP piensa que RTS es un grande, un tipo especial. ¿Un grande o un tipo especial? Jajaja. Las dos, las dos. Es exmarinero y exferroviario. Estás de coña, ¿no? Exferroviario, todavía, pero ¿exmarinero? Que sí, que sí. Ha visto todo, sabe mucho. A la radioelectrónica naval se dedicó en los 60 y 70, en barcos y en tierra, y en los trenes o desde las oficinas de RENFE estuvo también en el tema técnico de las comunicaciones en los 80 y 90.

Voy andando a La Elipa a ver a mis padres desde mi casa. Desde San Bernardo o La Palma (que mi portal está en San Bernardo y mi casa ni siquiera da a la fachada del edificio a La Palma, pero sí, ni una ni dos ni tres veces me he oído diciendo que vivo en la calle de la Palma, así ha sido) tardo una hora en llegar. Veo Alonso Martínez, Chueca, el Barrio de Salamanca, sudo un poco la mascarilla pero disfruto. Pienso en el cuarto de las cosas de RTS, lógicamente ahora lo imagino más de geniecillo que de loco. Sobre todo porque EP me ha comentado que a lo largo de los años RTS le ha arreglado algunos electrodomésticos e incluso se ha inventado uno para ella, se lo regaló unas Navidades, se trata de la batidora suiza, que no solo bate, pica o amasa como una batidora multiusos, sino que tiene gadgets para cortar carne, abrir botellas, abrir botes de tapa difícil. Este tipo de cosas extravagantes, qué bien las cuenta EP. Nadie inventa, todos combinamos, que me lo digan a mí con las webs, y joder, qué buen combinador nos ha salido RTS.

calle san bernardo calle la palma

 

la elipa

Yo no sé hacer nada, no puedo hacer nada con las manos, con mención especial a pintar, que es algo que me gustaría aprender a hacer, soy nefasto pintor (Nefasto Pintor, suena a nombre de personaje de tebeo). Mis padres mencionarían más bien todo. O sea, que están de acuerdo conmigo en que no sé hacer nada. Y, en particular, hablarían de mi lerdez para lo relacionado con el mundo de la imprenta, porque cuando les he ayudado en la suya he demostrado ser, en palabras de mi padre provinciano (atención, hay gente que se ha ganado la vida en el mar, como RTS, y hay gente que ha nacido en Palencia, como mi señor padre), el trabajador más lento del sector desde los tiempos de Gutenberg y, según mi madre (nacida en un pueblo de los pequeños, pequeños de Segovia), un inútil, sin más. Cuanto más pequeña es la unidad poblacional, más clarito se es, comprobado. Hijo, eres lento, hijo, eres un inútil. Y esos padres, cero accidentes en la M-30 o yendo o volviendo a o de Palencia o Segovia. Mis padres me quieren, eh, nos queremos, nos queremos, y la web que les hice para la imprenta hasta les emocionó.

Todas las cosas que he ido descubriendo en el confinamiento sobre mi casa se van diluyendo, como dicen que le pasa al virus en el aire. Los horarios de sol y sombra o el extrarradio doméstico, no los enfoco del todo (y eso que ya veo), dudo, hay detalles que pierden corporeidad. He recuperado clientes, tienen prisa, quieren una presencia digital efectiva ya mismo por si lo presencial tarda en consolidarse de nuevo, menos mal porque las ayudas estatales se acaban o es posible que se acaben pronto y las autonómicas, a mí no me han llegado. Paseos y terraceo con Fali, con Paula, con Stevenson, con Ballesteros, con Laura, con Mario, con Irene, con Langas y más. Hablamos y hablamos, pero tengo la sensación de que a todos nos cuesta concretar, decir algo específico, absolutamente real, que estemos pensando o sintiendo justo ahora y se corresponda solo con el momento presente, no con nuestro yo de siempre. Es extraño, porque venimos de concretar mucho cada cosa que pensábamos o sentíamos. A lo mejor es por eso, estamos saturados de lo concreto o de lo real. Curioso, por otra o por la misma parte, cómo la mayoría de mis amigos parecen haber olvidado sus neuras inmediatamente pasadas. Digo que no es que las hayan superado, es que parece que nunca estuvieron en ellos. Los probables exCovid-19 se mueven entre la depresión y la exaltación, es a los que veo más acordes con la desescalada.

Hay quórum: estamos en la calle, en la calle no nos vamos a contagiar, no pasa nada. Malasaña sin turistas, el único sitio que deberíamos evitar es la plaza del Dos de Mayo, pero vamos, vamos, hasta caen unas latas de cerveza. En La Elipa tengo gente, la que no se ha ido nunca del barrio y la que regresó después de unos años intentando sin éxito salir de la crisis de 2008. Algunos regresaron a casa de sus padres y otros viven en casas que les alquilan familiares o amigos a precio de familiar o amigo. Hemos vuelto a nuestros parques y casi parques del barrio, un salto hacia atrás de 20 años. O de más, cuando nos da por juntarnos en el parque del Dragón, aquí algunos jugábamos y merendábamos de niños después del cole. Y en junio, a los bares, dentro, dentro, que no pasa nada, tampoco. Le enseño a Paula mis notas de marzo, abril, mayo y junio, el archivo C-19. Me dice que las utilice para escribir algo como esto que estoy escribiendo. Para ti va, Paula. Eres la única que no me ha dicho que estoy todavía más delgado, te mereces todo. Espero que cuando lo leas, me digas que es y no es un diario de cuarentena y poscuarentena.

Plaza del Dos de Mayo

parque del dragon de la elipa

Mis vecinos están ahí, aunque menos, menos. Apenas hablo con EP, aunque sí pienso en ella. Un día me cuenta que le han hecho la PCR y el test de anticuerpos, el bueno. Ni tiene ni ha pasado la enfermedad. Dice que no se libra de trabajar a saco hasta finales de julio. ¿De dónde será EP? ¿Es extremeña? ¿Es madrileña del sureste? Algunos de mis amigos me han hablado mucho de sus vecinos en las videollamadas del confinamiento y casi nada cuando nos hemos visto. Aplaudidores, cacerolos, solidarios, sobrados, todos diluidos en el nuevo aire. Yo en las videollamadas apenas he hablado de mis vecinos. Ahora que no los tengo tan presentes en el día a día, sí hablo de ellos, con Paula, con Mario, aunque sigo dándole vueltas, ¿con quién hablar sobre qué? ¿Han cambiado mis amigos? Si han cambiado, ¿han cambiado más los barriales o los pihippies de Malasaña y Lavapiés? Puede que de alguna forma cada cual se haya reafirmado en lo que es o en cómo actúa.

Lo último: hoy es hoy y hoy es lunes, 15 de junio. He quedado el sábado de esta semana en la azotea con EP, con Bea, se llama Bea y es Bea, se acabó la tontería, para echarnos unas cervezas, habíamos hablado de ello hace tiempo, hemos vuelto a hablarlo y ha llegado el momento. El hombre con el que la veía, estoy casi seguro, no ha vuelto a nuestro edificio. Pues mira, vamos a ver qué pasa. Por mi parte, tengo unas muy serias ganas de follar. Y de follar con ella. Me encantaría que ocurriera y que fuera demasiado. No he buscado a las de antes. Tampoco ellas a mí. Creo que no hemos encontrado, ni ellas ni yo, ninguna razón especialmente buena para buscarnos. Otra cosa es que nos encontremos, porque hablar, hablamos. También quiero pedirle a Bea que me presente a RTS, a Eladio. Me apetece que Eladio me hable de sus cosas, de las del cuarto y de las otras. Sí, se llama Eladio. Tiene nombre de ferroviario. Y hasta de marinero.

Adrián P. G.
Coordinador de Microplán Madrid
comunicacion@microplanmadrid.com

Relatos de Madrid (II)

Sigo (abajo firmante) escribiendo relatos ambientados en Madrid de ficción, en absoluto autobiográficos, que es lo que me sale y lo que quiero proponer como microplán alternativo a las visitas guiadas virtuales que os estamos proponiendo.

Este se titula Sotabancar y si quieres lo comentamos en los comentarios del blog o en las redes sociales:

Mi abuelo, mi abuela y mi padre, que tenía entonces 5 años, llegaron a Madrid desde Broto, Huesca, en 1956. Destino, un sotabanco de 25 m² de frío y calor extremos en la calle Santa Isabel, Lavapiés. El casero, que era de Broto, el único cabrón al que conocíamos en Madrid, solía decir mi abuelo, vivía en el piso inmediatamente inferior. El primero de cada mes se anunciaba como cobrador con dos golpes de nudillo en la puerta de aluminio del sotabanco y un ¿y lo mío? bien sonriente. Mi abuela, decía su marido, hacía como que el alquiler se pagaba solo. Siempre era él el que abría la puerta y le daba las 500 pesetas del alquiler. Lo tuyo ya te lo daré, decía mi abuela que rumiaba mi abuelo cuando se iba el paisano, que era primo segundo de mi abuela o algo así. Los ricos de Broto, tu madre y su primo, le decía mi abuelo a mi padre. El alquiler era abusivo, pero más barato que lo que costaba el de un apartamento medio. Y era el único cabrón que conocían que había emigrado de Broto a Madrid.

Después de unos meses trabajando en un garaje de la calle Gobernador, en Huertas, donde ahora está Impact Hub Madrid, uno de Huesca capital que mi abuelo había conocido jugando al mus en la casa de comidas Tienda de Vinos, calle Augusto Figueroa, Chueca, local que todavía es lo que fue, le encontró un empleo en Pegaso como electromecánico. A principios de los 60, mi abuelo se convirtió en uno de los jefes de Electromecánica de la empresa, el trabajo de su vida. Entonces le ofrecieron una vivienda en Ciudad Pegaso, barrio de San Blas, una de las unifamiliares adosadas con jardín, no uno de los pisos en los que se alojaba la mayor parte de los trabajadores. Para mi abuela era una oportunidad irrenunciable, aire y huerta necesitamos, decía, metros, borrajas y patatas, y mi abuelo le decía que qué huerta en Madrid y la llamaba abarcuda, una palabra oscense que significa algo así como paleta y que a poco que la pienses crece en significados. Mi abuelo no quería alejarse de sus bares de chatos de Antón Martín y de sus hitos de Santa Isabel: las tiendas de los bajos de los primeros números impares de la calle, la peluquería Vallejo y el cine Doré, o Do – Re como él lo llamó siempre. Aunque el cine se lo cerraron enseguida, he comprobado que en 1963, no así las tiendas y la peluquería, que ahí siguen. Por cierto, mis abuelos me llevaron muchas veces al cine Doré en los 90, cuando llevaba un tiempo renacido como sala de proyecciones de la Filmoteca Nacional. A ellos esas películas de arte y ensayo, de las que le gustan a tu padre, me decían, no les interesaban, pero se emocionaban con lo bonito que les parecía que había quedado el cine después de su rehabilitación.

calle-santa-isabel

Tenía muy claro mi abuelo cómo quería ganar metros para la familia. Le compró el piso y el sotabanco al de Broto, a quien había empezado a irle mal especulando con aceite de oliva, el cabrón se ha arruinado y nos vamos a quedar con lo suyo, les decía mi abuelo a mi abuela y a mi padre. Mi abuelo se empeñó en pagarle al contado la mitad del precio que acordaron por el piso y el sotabanco. Dos toques de nudillo en la madera de la puerta de su piso y vació una bolsa de billetes de 500 pesetas en el felpudo, diciéndole sonriente ¡y te vas! Es una de las historias preferidas de mi padre y de las que más cargan a mi madre, me da que le parece zafia. El sotabanco se transformó en un estudio para él, para mi padre, estudiante de Económicas entonces.

Mis abuelos murieron a mediados de la primera década del siglo XXI, primero mi abuelo de un infarto en su casa de Santa Isabel y después mi abuela de un infarto en su casa del pueblo. Según mi padre el infarto de mi abuelo fue científico, sólidamente y líquidamente cimentado, y el de mi abuela sucedió de adentro afuera. De vuelta a Broto, se enemistó con varios vecinos a quienes intentó comprarles casas a un precio, según ellos, insultante. Lo intentó y, en algunos casos, lo logró. Mi padre nunca consiguió que mi abuela le explicara para qué quería esas casas, con las que ahora él no sabe qué hacer. Después de aquello, mi abuela se encerró en su casa, en la del pueblo, a la de Madrid no volvió, y sufrió su infarto más o menos un año después de la muerte de mi abuelo.

Cuando murieron mis abuelos, mis padres vivían ya en Chamberí, en un pisazo en permanente actualización mobiliaria de la calle Viriato. No se dónde encuentran tanta novedad electrodoméstica. Yo crecí en la plaza de Luca de Tena, Arganzuela, en un piso de tres habitaciones y noblemente avejentado de un edificio de principios del siglo XX. El edificio tiene muchas más plantas que el de Santa Isabel de mis abuelos, que es algo más antiguo, pero la estructura de los pisos es muy parecida. Durante mi niñez y adolescencia, mis padres mantuvieron nuestra casa anclada decorativamente en los 80 españoles o en los 60 de un híbrido imaginario del casticismo anglosajón y nórdico, no sé si me explico. Lo dicen unas fotos y unos vídeos que vemos en Navidad casi siempre y en los que siempre descubro detalles que no sé cómo yo podía tener normalizados cuando vivía allí.

Hasta mis 12 o 13 años mi padre ocupó un cargo intermedio del ministerio de Industria. Después, el funcionario de carrera recibió un último empujón en vertical a través de contactos en un partido político de poder. En uno o en dos. Y pasó a ser un alto cargo de designación política de gobiernos de dos partidos políticos de poder. Mi madre era profesora de inglés en el Colegio Estudio, donde estudié yo. Buena profesora. Y buena relaciones públicas, le presentó a mi padre a mucha gente. Me viene a la cabeza que en esa etapa de mi preadolescencia hacíamos en familia mucha vida de tarde, como le gustaba decir a mi padre, recuerdo un vago continuo otoño y una vaga continua primavera de Trinaranjus en las terrazas de Luca de Tena y mosto en Domínguez, en el paseo de las Delicias. Y a mis 15 o 16 años, recuerdo las primeras cañas con mis padres en esos llamémosles tardeos, más cerca de Atocha, en Bodegas Rosell.

Me independicé en 2008 para irme a compartir piso en la calle Toledo, enfrente del mercado de la Cebada, con tres antiguos compañeros de Filología Hispánica. Me reindependicé un par de años después mudándome al piso con sotabanco de Santa Isabel, mis padres me pusieron las llaves en las manos. A principios de la segunda década del siglo XXI dejé de tener algo a lo que poder llamar un trabajo real, se veía venir. Y eso que mi cánon sobre lo que era un trabajo real, dedicándome a la traducción y la corrección, estaba por debajo del de cualquiera. Colaboraba principalmente con dos editoriales de prestigio improductivo, una cerró y la otra dejó de contratar correctores, creo.

En mis primeros meses en Santa Isabel había acogido a amigos y a amigos de amigos en el sotabanco. Después le pedí permiso a mis padres para alquilarlo como alojamiento turístico, mi cuenta de ahorro pedía soluciones. Concedido. La década avanzaba, el trabajo de verdad real no se materializaba, los precios de los alojamientos turísticos subían y con ellos el precio del sotabanco. En esa época empecé a frecuentar los bares que le gustaban a mi abuelo en sus últimas décadas como vecino de Lavapiés, de los 50 o los 60 ya no queda casi ninguno, en rondas que también pasaban por los nuevos viejos bares de Santa Isabel, como Benteveo o Parrondo. Muchos de mis amigos vivían todavía en Lavapiés, lo pasamos bien en esos años, incluso con poco para gastar, incluso con la conciencia de tener los pies en un presente lleno hasta la mitad de paripé y la cabeza en un futuro en el que no íbamos a caber todos.

A mi padre tendrán que apearlo porque él no se va a apartar, mi madre sí se jubiló cuando le tocaba y, según su propia expresión, empezó a dedicarse en serio a conseguirme un trabajo. Y sí, gracias a ella y a una no entrevista de trabajo en Viriato he sido y soy coordinador editorial en Rubí eBooks. En mis últimos 30, quizá justo a tiempo, quizá por poco tiempo dadas las circunstancias.

En el trabajo conocí a la inquilina actual del sotabanco, una de las correctoras de las novelas románticas que publicamos en la editorial. Sus compañeras de piso, dos hermanas de Zamora, como ella, han vuelto a su ciudad, no acaban de conseguir un auténtico trabajo en el sector audiovisual, y el último turista que ocupó el sotabanco se fue a principios de marzo, así que todo se ha dado para que mi colaboradora entrara a vivir en él en la semana del confinamiento por el coronavirus.

calle-santa-isabel-anton-martin

A finales de marzo, empecé a encontrarme mal. Nada respiratorio, algo digestivo, algo enervante. Me cuesta trabajar, de todas formas tenemos la producción de libros para la temporada de otoño parada, hago yo lo poco que hay que hacer, no hay nada ni nadie que coordinar hasta nueva orden. Me relaja escribir y estoy haciendo pruebas como esta para decidirme o no a redactar un diario mental de la cuarentena que me lleve a mi pasado y, si empiezo a intuirlo, hacia mi futuro.

Desde el sotabanco, mi colaboradora se ofreció a sacar mi basura por mí cuando le conté que no estaba muy allá, y me ha subido pan y ceviche del mercado de Anton Martín. Yo, muy agradecido, de verdad, pero ha empezado a hablarme de la huelga de alquileres, de la prohibición de desahucios y por ahí no, se está jugando la casa y el trabajo que pueda volver a ofrecerle. A ver, es que no le cobro lo mismo que a los turistas. Y en el Bizum del 1 de mayo le voy a solicitar 600 €, lo mínimo hasta donde le puedo bajar el alquiler.

Adrián P. G.
Coordinador de Microplán Madrid
comunicacion@microplanmadrid.com

Madrid en mayo

Esta semana empieza un mes de mayo marcado por las terribles consecuencias de la enfermedad Covid-19 en la Comunidad Autónoma de Madrid, en España y en el mundo. Pero va a ser el mes de la apertura controlada, de la aparición de la nueva normalidad, de la esperanza. Nosotros seguimos proponiéndote actividades (visitas guiadas virtuales) para conocer Madrid desde casa con el objetivo de que cuando puedas moverte por la ciudad, tengas una base sólida para profundizar y recrearte en ella.

El principio de mayo es especial:

1 de mayo, Día del Trabajo,

2 de mayo, Día de la Comunidad de Madrid

3 de mayo, Día de la Madre.

Rindamos honores a todas estas fechas señaladas.

MICROPLÁN DÍA DEL TRABAJO · 90 min. Viernes 1 de mayo, 11:00, 13:00, 18:00, 20:00 y 22:00 hora de Madrid. Precio: 7 €. Las cigarreras de Embajadores, los organilleros, los que levantaron la Gran Vía, , lo serenos, las floristas, los bomberos… Todas esas personas que han hecho de Madrid lo que es con su trabajo merecen una visita guiada homenaje. Vas a enterarte de un montón de curiosidades relacionadas con oficios tradicionales, oficios peculiares, oficios olvidados… ¡que te van a mantener con la mirada clavada en tu pantalla!

Reservas: escríbenos a reservas@microplanmadrid.com con el asunto DÍA DEL TRABAJO o al whatsapp 695 97 29 37.

MICROPLÁN DÍA DE LA COMUNIDAD DE MADRID · 90 min. Sábado 2 de mayo, 11:00, 13:00, 18:00, 20:00 y 22:00 hora de Madrid. Precio: 7 €. Madrid capital es mucho Madrid, pero si le sumas a su patrimonio, usos y costumbres, los de localidades como Aranjuez, Sal Lorenzo de El Escorial, Chinchón o Navalcarnero la cosa se desborda para muy bien. ¡Sobrevuela virtualmente las maravillas de la CAM en su fiesta!

Reservas: escríbenos a reservas@microplanmadrid.com con el asunto DÍA DE LA COMUNIDAD DE MADRID o al whatsapp 695 97 29 37.

MICROPLÁN DÍA DE LA MADRE · 90 min. Domingo 3 de mayo, 11:00, 13:00, 18:00, 20:00 y 22:00 hora de Madrid. Precio: 7 €. ¡Regálale Madrid a mamá! Vamos a darlo todo para alegrarle su día especial. ¿Con qué? Con todo… Madrid. Hemos seleccionado lo mejor de lo mejor de la ciudad para esta visita guiada virtual: sus monumentos más emblemáticos y los lugares con extra de encanto que la caracterizan. Un Madrid reconocible y para ser disfrutado en familia. Atención, solo admitimos madres e hijos en esta actividad. 🙂

Reservas: escríbenos a reservas@microplanmadrid.com con el asunto DÍA DE LA MADRE o al whatsapp 695 97 29 37.

Además, tienes otras opciones de ocio virtual en nuestra AGENDA y nuestro CATÁLOGO. ¡Hasta pronto por aquí y hasta dentro de poco en las calles!

RELATOS DE MADRID

¿Qué te parece como microplán un poco de lectura? Voy a publicar en el blog con la etiqueta #microplanes algunos relatos (de ficción, pura ficción, no autobiográficos) que estoy escribiendo, todos ellos ambientados en Madrid. Este se titula provisionalmente Aquí.

· ¿Te salvó la música o es una gilipollez plantearlo así? [Es una gilipollez plantearlo así].

– Se repite eso de que no sabíamos lo que estábamos haciendo. Que faltaba información, se dice. Que faltaba mucha información, justo esa expresión, con el mucha, es la que les gusta decir. La hostia, qué gilipollez más grande. Mucha gilipollez, eso que dicen sí que seguro que lo es. [Lo tuyo, regular]. En el 82 palmó el primero del Campi y ya se sabía que el potro se había cepillado a unos cuantos por aquí y por allá. Cuatro o cinco que palmaron también en los 80 le vieron muerto, al Javo, que es quien te digo, cuando llegó la ambulancia había pasado hasta el último puto gorrión del barrio por ahí. {Tira la colilla lejos con la uña del dedo corazón de su mano derecha}.

· Me enteré, como todos, pero no lo vi. [Javo me había pinchado el balón de fútbol, el Tango Adidas del Mundial 82 que me habían regalado mis padres por mi cumpleaños dos semanas antes. No se me olvida. Había muchos gorriones en el parque entonces. Ya deben de ser las siete y media]. {Está inclinado hacia la izquierda, no ha cambiado de postura desde que Txus se ha sentado a su lado. tiene dolores musculares leves y alertas del nervio ciático por encima de la nalga derecha}.

– [El padre de este era el del Ford Escort, joder. Que menudo pintón para meterse, y no había forma de abrirlo con las marquesinas] ¿No hay gorriones o qué? Algún árbol falta, será eso…

· Estaba pensando yo también en los gorriones. Al balcón del salón de casa de mis padres venían muchos y alguno se colaba de vez en cuando. Pero es que ya no hay gente que genere migas o lo que sea. [Lo que hostias sea, iba a decir, lamentable]. Ni bar ni panadería. Adolescentes, pocos, y niños, habrá donde haya clase media de la de antes, con más pasta y más metida en el rollo familiar, aquí casi ninguno. [¿Estoy diciendo chorradas demasiado grandes? No sé qué me mira] {Desvía la mirada hacia un árbol}.

– Sí… joder. No hay nada… ¿Te acuerdas de que el bar se llamó El Piko unos años? {Le crece la sonrisa} Cuando lo llevaba Santiaguín. ¿A qué vendría ese nombre? Parecía de coña, el nombre del bar, digo, el del nota aquel era de coña claramente, porque menudo bestiajo, diminutivo de qué, diminutivo de nada. A mí casi me arranca la cabeza cuando me pilló con el imán haciéndome la tragaperras del bar. [Joder, cómo chorreo recuerdos al lado del pavo este]. {Mira hacia el mismo árbol al que está mirando Carlos}.

· Lo de que el bar se llamara El Piko era la hostia. [Joder con la hostia]. quiero decir que en la cuesta del parque estaba el Campi, o sea que estabais los del Campi, y en la explanada El Piko. Bueno, y más o menos en medio, la fuente. Era todo… muy yonqui. A mí la fuente me tenía obsesionado. Niños llenando globos, madres quitándole la arena a los chupetes que se les habían caído al suelo a sus bebés y yonquis lavando jeringuillas. {Se sienta mejor, con la espalda bien apoyada en el respaldo del banco}. Las interacciones, tío. [¿Tío? ha sonado como… flojo]. Sobre todo las madres echándoos la bronca por picaros cerca de sus hijos, pero me acuerdo también de cómo os miraban, cómo os mirábamos los niños de mi edad, después adolescentes. Nos jugábamos mucho delante de los nuestros con esas miradas. Y a mí Javo me pinchó el balón, qué cabronazo.

– Pero tú lo tenías bastante controlado, ¿no? {Mira a Carlos a los ojos}. Incluso antes de dar el cambio, siendo un chinorri. [Hostia, chinorri]. Siendo un chaval, ya se te veía tranquilón siempre. De lo del balón no me acuerdo, pero es que el Javo era un sudao, tío. Casi todos los días se pasaba horas con el mono o al borde del mono y llevaba una mala hostia encima permanente.

· Yo lo tenía controlado, mis cojones. [Ha sonado… bien]. Creo que es que yo no conseguía dejar de observar lo que hacíais. Igual que en el parque de arriba, el de la iglesia y el parking. La iglesia ya no está, no sé si has andado por ahí. El parking, sí. Llevaba la cuenta de los yonquis que entraban y salían de la entrada y salida de peatones del parking. Ocho dentro, seis fuera, iba y venía por el barrio pasando por el parque de la iglesia y me fijaba siempre. [Siempre entre acojonado y fascinado]. Y, joder, no había vez que no contara más yonquis dentro que fuera. {Sonríe y mira al árbol, le ha sostenido la mirada a Txus hasta ese momento}.

– Yo tenía mucha paranoia con los yonquis que entraban y salían de los coches. [Cómo era eso, joder]. {Mira al árbol y a Carlos y sonríe}. ¿Sabes que me apetecía la hostia picarme en el coche de tu padre? En el Escort. Pero no había forma de abrirlo con marquesinas.

· ¿Con marquesinas?

– Las marquesinas eran clavos aplanados. Colocábamos clavos en las vías y cuando pasaba el tren los chafaba pero bien y así servían como llave. Los coches de los 70 y muchos SEAT de los 80 los abríamos prácticamente todos con marquesinas. El Escort de tu padre, ni pa Dios. Luego se pilló un Kadett con alerón tu padre, ¿no? [Se me está secando la boca. ¿Por qué quitarían la fuente? ¿Y las vías?]. Te iba a decir que a mí a veces me parecía que la gente que entraba a los coches a meterse no era la misma que salía. {Abre mucho los ojos y los deja fijos en el ojo derecho de Carlos}. No era una cuestión de número como lo tuyo, era de identidad. Incluso cuando habían entrado conmigo en el coche, había un momento, a veces, digo, no siempre, en el que se me iban las caras o se me mezclaban, no sé, el caso es que no tenía claro que estuviéramos en el coche los mismos que habíamos entrado o que hubiera entrado y salido gente desde que yo había entrado. {Parpadea varias veces seguidas, se acomoda en el banco y vaga mentalmente por el parque}.

{Se produce un silencio largo}.

· {Mira a Txus, al árbol, a Txus}. ¿Tu madre qué tal? Vengo casi todas las semanas al barrio y hace años que no la veo. {Se remueve en el banco}.

– Mi madre dice que está bien en casa. {Levanta la vista a las nubes y sube la cremallera de su abrigo}. No me había parado a pensarlo, ahora me acuerdo de que de vez en cuando me habla de tu madre, la mía. Que tu madre no para, me dice. La ve desde el balcón con gente o cargada de bolsas. ¿Sigue siendo profesora de pintura, tu madre, en el centro de mayores?

· Sí, sigue. 77 años tiene ya, y todavía es una hoguera. Ha ido sumando miedos. La tele, tío, bueno, ya lo has contado mil veces en tus canciones. Pero está fuerte todavía. [Todavía no le he devuelto los tuppers en los que me llevé el cocido].

– ¿Mil veces, cabrón? {Ríe y desplaza a Carlos con el antebrazo izquierdo}. ¿Que doy mucho la murga con lo mismo o qué? La verdad es que me veo como el hámster en la rueda o como el ratón en el laberinto. En las canciones más políticas siempre voy detrás de algo que es lo mismo todo el tiempo, que parte de algo que podríamos llamar la injusticia básica, por ejemplo, tampoco nos vamos a complicar, que en el fondo es todo muy sencillo, y en las otras canciones voy en busca de algo que no encuentro o que encuentro por intuición o por casualidad, que sé lo que es y no sé lo que es, eso tiene más que ver con la inconsistencia de la vida, de la vida normal, ¿no? No sé si me explico. [Cállate, hostia, encima este lo contaría mucho mejor]. Si es que estas explicaciones es mejor no darlas. {Agacha la cabeza, se quita un pegote de barro de la zapatilla Quechua izquierda con la puntera de la derecha}.

· La tele es el máximo generador de paranoia de todos los tiempos. Ni la Iglesia en sus mejores épocas. Bueno, ahí se me ha ido. [¿Esto de se me ha ido lo digo yo?]. {Ríen brevemente los dos}.

– La tele, los medios, los de siempre y los de ahora, hacen daño a todo el mundo, pero a los viejos es que los anulan. tanta excepción elevada a normalidad. Es que no, cago en Dios. Nos protegemos y sobre todo los viejos se protegen de lo que no les va a pasar a ellos ni a sus hijos ni a sus nietos y están desarmados de calavera para dentro para entender y pelear contra la normalidad de mierda que les imponen. [Ahora el Javo escupiría]. {Niega con la cabeza, mira al árbol}. Ahí te tengo que decir que tú lo has hecho dignamente, como periodista, digo. Hasta donde yo sé, ¿eh? {Mira a Carlos con un destello irónico}.

· He tenido que tragar y esparcir mierda, como todos. Bueno, como todos o no, yo sí lo he hecho. {Ojeada a las nubes y gesto de asentimiento}.

– Yo también, yo también. Que he salido en Telemandril y eso. {Ríe y mira a las nubes}. En Telemadrid he salido como siete veces, a lo mejor.

· {Sonríe}. Pero no es eso, no es eso. Mi madre me habla alguna vez de la tuya. La ve poco en la calle y aun así, le tiene mucho cariño. Valora lo que hizo por el Parque de Santa María y por Hortaleza, su presencia en los movimientos vecinales contra el mercado de droga de la UVA y el apoyo a los drogodependientes. [Donde tú entrabas y yo, no, que hasta hace como ocho años ni había pisado esas calles]. Y una cosa que me ha dicho varias veces es que tu madre opina con criterio sobre las casas que les dieron a los que vivían ahí, en la parte de la UVA que ya han demolido, claro. [Mientras tanta gente con mucha más formación y que no había pasado por lo que pasó tu familia contigo se cagaba en todo ]. Todavía se habla mucho de eso en el barrio, parece ser. Los que no están de acuerdo, pues eso, que vaya pisazos les han dado gratis a los gitanos con las que han liado, así, sin más, lo dicen. ¿Has vuelto a la UVA? El proceso no se ha completado y ya está quedando muy claro que cuanta más gente es realojada, menos conflictividad hay. {Ha movido mucho las manos al hilo de sus últimas frases}. Y ¿tu padre?

– Te digo primero… Mi madre ha sido la rehostia para mí. Aguantó todo, y me refiero a que sostuvo todo. Y, en buena medida, por ella o para ella yo nunca me pasé. [Me pasé hasta allá y más, pero no, este lo sabe]. {Mira al ojo derecho de Carlos fijamente}. A mi padre lo anulé, no hizo falta que se encargaran de eso los telediarios que no son telediarios sino programas de sucesos. Él tenía un suceso en casa, uno real y ni siquiera excepcional. Eso sí, la guitarra eléctrica con la que empecé a tocar en el grupo me la regaló él. Y ya le había mangado de todo, y ya me había caído a la hondonada aquella con su coche, que ya no chutó más. Y, joder, ya había vendido la primera guitarra eléctrica que tuve, con la que aprendí a tocar, la que había mangado yo, por cierto. Eso sí lo hizo. Eso y tocar en una banda beat en los 60, antes de que el curro en Grupo de Abastecimientos Madrileños, la famosa GRUMA, que después pasó a llamarse UNIDE, Union de Detallistas Españoles, lo anulara de otra forma, también. Con el cambio de nombre, pasarían a alienarlo igual, pero con más lujo de detalles y en los detalles. Las cosas cambian, solo que no cambian. Mi padre se pasó 40 años cargando y descargando cajas, pero estuvo en la música moderna, tío. {Ríe fuerte}.

· Y ahora, ¿cómo le va? [Cállate]. {Le aguanta a Txus la mirada con esfuerzo, la voz le ha salido con poco peso}.

– ¿Cómo le va de qué o en qué, capullo? {Le da con el antebrazo izquierdo a Carlos, más fuerte que antes}. Un respeto, Litos. [Un respeto no es lo que quería decir, bah, este comprende, hasta con la cara de conejo que se le ha puesto ahora]. No pasa nada, hombre, no te vengas abajo. Seguro que sabes que echa el día entre cagarse encima y babear. Y mi madre, aguantando. Con 80 palos. Que 57 tengo yo ya, la hostia en prosa poética. A ti te saco seis o siete, ¿no? {Saca un cigarro de un bolsillo interior del abrigo y lo levanta hacia Carlos}. El último y me voy. ¿Quieres?

· No fumo hace mucho.{Carraspea} Sabía algo de tu padre… El mío, pues eso, lleva al otro lado del barrio, bueno, del distrito, casi 20 años, en una urbanización por Carril del Conde. No se quería jubilar, de hecho dice que no está jubilado. Todavía algún director de cine joven le pide algún consejo. La última peli que montó se estrenó no hace tanto, hace como seis años. Mañana le veo, el día de Navidad siempre como con él. [Estoy hablando normal, así sí].

– Eso está bien. {Sonríe y le acerca la cara a Carlos}. Pero que de años cómo vas, coquetuelo. [Un poco primavera sí eres].

· 50 me han caído este año, todos esos.

– Nada, qué. Yo todavía doy brincos y berreo punk. {Sonríe con autoironía}. A ti te queda mucha mierda política que levantar y mucho cultureteo que reseñar. Dale, dale. Lo de las del barrio no nos salió bien al final. [Bien buena que estaba tu Amaya, y bien buena y loca que estaba mi Sonia]. Pero tenemos mercado todavía, cada cual por lo suyo. Pues ya está. {Hace una especie de brindis con el cigarro y lo tira a medias}. Que vaya frío y vaya mal que me sienta el tabaco desde que me sienta mal. {Se levanta}. Me voy a los apartamentos de enfrente. Así llamabais a los edificios como el de mi casa los de las torres, ¿no?

· {Se queda sentado y estira el brazo derecho para darle la mano a Txus}. Algunos los llamaban así, creo, sí. {Sonríe débilmente}. Es tarde. A mi madre le jode que subamos a cenar casi con la mesa puesta. Normal.

– Tu madre me ha hablado siempre, no veas cómo me huían otras y otros. Dale un abrazote de mi parte. {No le suelta la mano a Carlos y le mira con una sonrisa valorativa}. Lo hiciste bien, Litos, se te veía salir bien. Y lo que te queda. {Se separan y Txus empieza a andar en dirección a su casa}. Nos vemos, no habíamos hablado tanto en la vida y ha estado bien. A ver si no pasan otros 100 años antes.

· A ver, a ver. {Se queda un rato en el banco, mirando primero cómo se va Txus hasta que este dobla una esquina, y luego al árbol. Se levanta y le habla al aire}. Y se me ha olvidado pedirte una entrevista, Txusco.

hortaleza-80

Foto cedida para ilustrar este relato por la Asociación Vecinal La Unión de Hortaleza con la mediación de Hortaleza, Periódico Vecinal.
Adrián P. G.
Coordinador de Microplán Madrid
comunicacion@microplanmadrid.com

Almendros, mudéjar y tapas floridos

Hay algo que ocurre en Madrid solo ahora, porque antes no,  y luego es tarde. Se trata del florecimiento de los almendros, precioso acontecimiento de los meses de febrero y marzo que se ve y se vive mejor que en ningún lugar en la Quinta de los Molinos y en la Quinta Torre Arias, antiguas fincas urbanas de recreo de estilo rústico que cuentan con muchos más detalles de interés. Muy cerca se puede disfrutar de un elemento mudéjar único en Madrid, el artesonado y carpintería de la Parroquia de Santa María la Blanca de Canillejas, recientemente descubierto y restaurado.

palacio-quinta-torre-arias

artesonado-santa-maria-blanca-canillejas

santa-maria-blanca-mudejar

canillejas-chimenea

Con estos elementos tan especiales y con final en un bar de esos de caña con buena tapa que nos gustan, vamos a organizar una visita guiada con únicamente dos fechas disponibles en la que también comentaremos algunos elementos supervivientes del antiguo pueblo de Canillejas, actual barrio del distrito de San Blas- Canillejas de Madrid. Siempre decimos: para conocer Madrid de verdad, patéate el centro y… sal del centro. ¡Vente con nosotros! Es imprescindible reservar.

Info y reservas:
Email: reservas@microplanmadrid.com
Teléfono (llamadas y WhatsApp):695 97 29 37

Sábado 29 de febrero, 16:00. Punto de encuentro: salida de la estación de Metro Suanzes, calle Alcalá impares.

Domingo 8 de marzo, 11:30. Punto de encuentro: salida de la estación de Metro Suanzes, calle Alcalá impares.

Duración: 180 min aprox.

Precio: 20 € por persona, consumición incluida.

Recomendable y recomendado: lleva calzado cómodo, agua, protección solar y gorra.

Consulta las condiciones generales de reserva y pago de nuestros planes antes de realizar la inscripción.

Como siempre, el guía es un licenciado en Historia madrileño que se pirra por compartir lo que se empolla y lo que disfruta de su ciudad.

Mejor diviértete en AntiSanValentín

Somos muy de valorar y poner en valor la esencia de Madrid, pero también o quizá por eso mismo nos gusta y practicamos la antitradición global. Por estas fechas lanzamos todos los años nuestro microplán AntiSanValentín. Vamos, pues:

El sábado 15 (sí, la antitradición empieza por no respetar el día del evento raíz) hemos quedado en la plaza de Puerta Cerrada (la ubicación exacta te la daremos cuando reserves) a las 12:00 para empezar un recorrido con los siguientes hitos anticlimáticos:

  • Culos de edificios. Es decir, fachadas traseras.
  • Sitios donde han emparedado. Es decir, sitios donde han emparedado a personas.
  • Arte urbano de guerrilla. Es decir, no del otro.
  • Monumentos amorfos. Es decir, hay monumentos horrendos en Madrid, sí.
  • Arquitectura tirada por el suelo. Es decir, literalmente tirada por el suelo.
  • Más cosas en ese plan.

El punto final de la ruta es una bodega y taberna no gentrificada ni turistificada de Lavapiés donde podrás degustar un chato o una caña con tapa incluidos en el precio de la actividad: 15 € por persona.

Apúntate con tu pareja, con tu primo, con tu escayolista…

Información y reservas
Email: reservas@microplanmadrid.com
Teléfono (llamadas y WhatsApp): 695 97 29 37

Planes para disfrutar de la Navidad 2019 en Madrid a tu manera

Ya estamos inmersos en el ambientillo de la Navidad 2019 y Madrid está a tope de luz y color para aquellos que quieren disfrutar de las fiestas con planes tradicionales en los espacios de siempre. Nosotros nunca dejamos a un lado a los que prefieren vivir experiencias fuera de temporada y del foco principal, con otra calma y sensaciones.

Por eso en 2019, como todos los años, hemos diseñado una visita guiada navideña con clásicos de estas fechas y algunas novedades de línea continuista y otra visita guiada a la que llamamos antinavideña, alejada de mogollones y tópicos (tampoco es que llegue la sangre de Papá Noel y los Reyes Magos al río, calma). A ver cuál te encaja mejor:

Información y reservas
Email: reservas@microplanmadrid.com
Teléfono (llamadas y WhatsApp): 695 97 29 37

MICROPLÁN NAVIDAD 2019 · 120 min. 15 €. Menores de 14 años, descuento del 50 %. Tradiciones navideñas como que comamos uvas para empezar el año o roscón de reyes el día 6 de enero y alrededores tienen su razón de ser y estar. En esta ruta te hablamos de usos y costumbres de estas fechas y te enseñamos las luces, los mercadillos y otros hitos del momento. Punto de encuentro: plaza de las Cortes, junto a la estatua de Cervantes.

Disponible los días 21, 22 y 28 de diciembre y los días 4 y 5 de enero a las 10:00 y a las 17:00.

IMG_20191129_225006

MICROPLÁN ANTINAVIDAD 2019 · 150 min. 25 € (incluye una cerveza o un vino y dos cartones de bingo). Solo para mayores de 18 años. Atención, atención, que en Navidad se puede disfrutar de Madrid lejos del mogollón y las convenciones. Te proponemos que te vengas a conocer en paz OTRO MADRID por los barrios de La Guindalera y Lista y alucines con sus antiguas colonias de viviendas especialísimas y otros detalles singulares de Madrid (¿sabes cómo se construyó el Pirulí?) antes de que te acompañemos a uno de los bingos con más solera de Madrid para que pruebes suerte el mismísimo día del sorteo de la lotería de Navidad (que no te está tocando), con otro tipo de juego de azar. Como estamos en contra de las apuestas inmoderadas, jugamos dos cartones y nos vamos. Punto de encuentro: calle de la Belleza, 1.

Disponible el día 22 de diciembre a las 12:00 y a las 19:00.

Madrid-moderno