Relatos de Madrid (V)

Sumamos un nuevo relato de ficción a la serie que venimos publicando.

Definición

¿Hasta los 18 años? ¿Por qué hasta los 18 años? Vale, vale, lo primero que se me venga a la cabeza y todo seguido, voy. Aunque eso de que a alguien se le venga algo a la cabeza… Pero voy. Espera.

Sí, eso: De niño, mi padre me llevaba en coche a mis partidos de fútbol. Con ocho, nueve años, me sentaba detrás de él y a veces, si el partido que tenía que jugar era importante, me daba por morder el recubrimiento interior del lateral del coche alrededor del tirador de la puerta. Alrededor del gatillo, pensaba yo. Sabor a plástico y goma, el recubrimiento. Sonido plástico y gomoso, el tirador. Sabor relajante, sonido enervante. Mi padre nunca me dijo nada sobre eso que yo hacía, no sé si llegó a verme hacerlo alguna vez o no. Rara costumbre, ¿eh?, la de aquellas dos o tres temporadas, cada una en equipos diferentes. Nunca se la había contado a nadie, pero me viene o la traigo a la cabeza muchas veces cuando me subo a un coche.

La última temporada que jugué una liga en un equipo federado todavía mi padre me llevaba en coche a los partidos de fuera de casa. A los de casa, estaba en el Moratalaz, me acercaba yo solo en metro desde Avenida de América. Fue la temporada que íbamos terceros detrás del Madrid y el Alcalá y yo era el segundo máximo goleador de la Liga en marzo. Una cosa que no tiene nada que ver, o al mejor sí y por eso se me ocurre soltarla ahora: aquel marzo o su abril me conté por enésima vez los lunares y las manchas de mis manos, me dio por aquello desde los 11 años o los 10, quizá, y en esta ocasión lágrimas sobrepasaron mis ojos mientras mi madre hablaba con su hermana por teléfono del cáncer terminal de mi abuelo, de su padre. Una de las últimas veces que recuerdo haber llorado ante alguien. Mi madre suspiró y le dijo a mi tía que tenía que colgar porque me pasaba algo. Le enseñé todos los lunares y manchas que me había encontrado a mi madre, más de 60, la mayoría diminutos. Tenía que ser cáncer, aunque mi madre dijera que no. Mi madre, paradójica ama de casa totalitaria sin vocación de ama de casa, siempre se ocupaba demasiado de lo mío, pero para ella lo mío nunca era nada, finalmente. Madre antigua, madre moderna. Aquel marzo o aquel abril tapé con trozos de palillos las rendijas del zócalo de mi habitación por donde creía que salían o mejor dicho entraban bichos. Lío con mi madre cuando descubrió los palillos. Esa primavera pasé mucho tiempo solo en casa con mi madre de fondo y conocí mucho el suelo de mi habitación y el de la terraza de la cocina, esas baldosas de terrazo de dibujos infinitos en sí mismos que me recordaban a los lunares y las manchas de mis manos. Cuando volvía mi padre de la oficina me miraba y me miraba y me miraba mirar todo lo que yo miraba o no me miraba en absoluto. Padre antiguo, padre moderno. Yo entonces pensaba mucho en mi muerte, recuerdo que me parecía raro no morirse todo el rato, con lo fácil que era.

Este tipo de cosas son las que quieres que vayan saliendo, ¿a que sí?

Cuando estaba a punto de terminar mi última temporada como futbolista federado no marqué el gol de Maradona y no marqué el gol de Butragueño en el mismo gol. Lo que recuerdo: el balón rebota en un central de mi equipo, Vicente, creo, y va hacia mi banda, la derecha. Lo controlo, no es que lo recuerde, pero siento ahora el balón girando en mi bota derecha, perdiendo su carácter y cargándose de mí, miro hacia el centro, hago un amago de pase e inmediatamente regateo hacia la derecha. Conduzco el balón con varios toques cortos y regateo hacia la izquierda con un cambio de ritmo y un salto (siempre Maradona), todavía cerca de la banda. Doy un toque vertical y largo (Maradona) y miro al área, los dos delanteros están buscando su posición, me la está pidiendo Ángel en el segundo palo, Miguel está cubierto en el centro. Piso el balón hacia la izquierda y hago un recorte seco hacia la derecha. Voy en diagonal hacia la portería, el balón levanta un poco de cal del área grande y tengo una intuición de gol, me vuelve ahora un silencio de gente que se acaba de callar a la vez, expectante. Ángel cruza hacia la derecha entre un central y el lateral derecho del equipo contrario y se queda en una posición en la que no le puedo pasar. Miguel está en algún punto a mi derecha, se ha ido desplazando para abrirme espacios y la jugada ya no va hacia él. Encaro a un central y lo sorteo con un amago y un toque de la bota derecha hacia la izquierda y entro en el área pequeña. El otro central ha conseguido colocarse delante de mí, me paro (Butragueño) y, esto lo recuerdo con una intensidad de evidencia, el central mira al balón y a mis pies con miedo reconcentrado, agachado y con las piernas a punto de venderle. Recreo la percepción de no distinguir mis piernas del balón, de saber lo que iba a hacer sin querer ni poder pensarlo, hago el uno-dos otra vez y el central se desploma, aparece otro jugador rival y repito el mismo regate (Buitre, Buitre), he mantenido la cabeza abajo, la levanto levemente para ubicar al portero y tirar. Y entonces, en mitad de mi gesto de disparo con la derecha, aparece la bota izquierda de Miguel que roza mi bota antes de pegarle al balón para meterlo en la portería, pegado al poste izquierdo. Nos miramos. Uno, dos segundos. Miguel dice: Perdona, Marcos. Y no celebramos el gol. El silencio de antes sigue presente en el campo y la grada. Tres, cuatro segundos y empiezan los aplausos.

Clasificación final: Quedamos terceros detrás del Madrid y del Torrejón, el Alcalá acabó cuarto y su entrenador habló con mi padre, quería ficharme. Me lo contó, mi padre, como de pasada, ni él ni yo nos planteamos ese nuevo cambio de equipo, cada uno por sus razones. Hubo un acto, a todos los jugadores del Moratalaz nos dieron una medalla con baño de bronce. A mí me entregaron otra porque terminé como tercer máximo goleador del campeonato. El máximo goleador que no ha jugado de delantero, me dijo mi padre, e insistió en que me presentara a las pruebas del Madrid, como el año anterior. Lo dicho, no volví a jugar al fútbol federado. Tenía 12 años. Mi padre, uno de los supervisores de logística de una empresa importadora y fabricante de maquinaria de construcción, se dedicó durante meses a supervisarme con las cejas arqueadas al máximo cada vez que veíamos un partido de fútbol juntos por la tele. Ese recurso expresivo con las cejas se ha convertido en uno de sus tics con el tiempo.

¿Qué más? A ver qué veo.

Vacaciones de verano de dos años después, agosto. Nos fuimos de vacaciones mis padres, mi hermano, un primo de mi edad y yo a Miraflores de la Sierra. En el viaje de ida discutimos mucho sobre por qué no estábamos yendo a la playa, como todos los años. Mi padre se había comprado un coche nuevo unos meses atrás, un Opel Kadett con alerón, e íbamos montados en el dinero de las vacaciones costeras. La cosa no prometía. Sin embargo, seguramente son las vacaciones de las que más recuerdos tengo. El hotel se llama El Refugio y está a las afueras del pueblo. Tiene una piscina con animación nocturna. La animadora es una francesa rubia de una edad que se me escapa entonces. Pienso ahora que podía tener unos 22 años. Desayunamos y comemos en el hotel y todas las noches cenamos en el pueblo, casi siempre en el mismo restaurante, donde vamos mejorando de estatus. Pasamos de los manteles y servilletas de papel a los manteles y servilletas de tela. Las primeras noches sin aperitivo de la casa, luego con aperitivo de la casa. Sin chupito, con chupito. Mi primo y yo, chupito de granadina hasta que el dueño del restaurante convence a mis padres de que nos dejen beber chupitos de Martini rebajado con agua. Nos sabe fatal, a mi primo y a mí, pero algo es algo.

Después de cenar vamos a la terraza de la piscina. Nunca llegamos al comienzo de las actividades de animación. Nunca oímos la presentación de sí misma que hace la animadora, si es que la hace. No le pregunto a nadie su nombre, recuerdo que tenía mis razones, pero no puedo asegurar cuáles eran. Para los huéspedes españoles era la francesa. La mayoría de los turistas extranjeros alojados en el hotel, no hay muchos, son alemanes o me parece a mí que son alemanes. La animadora organiza juegos, hace preguntas y presenta canciones intercambiando el español, el alemán y el inglés. Mi impresión es que no domina ninguno de los tres idiomas, el español seguro que no. Sin embargo, muchos huéspedes participan, le siguen el juego, responden, bailan. La animadora lleva siempre unas mallas negras cortas, una camiseta blanca con el logo del hotel y chanclas. Me fascina que tenga las piernas de una pieza, el culo de una pieza y las tetas de una pieza. El pelo no lo tiene de una pieza, le cae irregularmente por los dos lados de la cara, se hace coleta, moño, nunca acaba de ser de ninguna manera.

Por el día hacemos excursiones mi padre, mi madre, mi hermano, mi primo y yo. O mi hermano, mi primo y yo nos bañamos y hacemos mortales en la piscina, le salen bastante mejor a mi hermano, que nos saca cuatro años. O mi primo y yo jugamos al fútbol en un campo de tierra destartalado que hay detrás del hotel. O yo escribo un relato en el césped de la piscina. En el relato hay un muerto, su cadáver aparece flotando en la piscina de un hotel. El muerto del relato tenía unos 20 años y no era huésped del hotel, pero su novia, que es más o menos de la misma edad, sí. La policía descubre que el veinteañero ha sido envenenado, ha bebido un cóctel con estricnina (debía sonarme entonces a veneno especialmente letal), y ha sido lanzado ya muerto a la piscina. Su novia ha desaparecido. Hay sospechosos entre los huéspedes del hotel, entre los vecinos del pueblo de costa en el que se ubica el hotel y entre los trabajadores del hotel. No recuerdo demasiado del desarrollo del relato. Mis padres insistieron después de aquellas vacaciones en que había que guardarlo bien y así lo hicimos. Y todavía lo conservo. A lo largo de los años, a veces he leído algunas frases sueltas de ese relato, nunca lo he leído entero. Se lo he enseñado y se lo he quitado de las manos enseguida a alguna pareja de cama, se trataba únicamente de que supieran que había escrito un relato de 20 páginas de cuaderno grande en las vacaciones de verano familiares de mis 14 años, supongo. No recuerdo el final del relato, solo sé que la novia del muerto no era su asesina, pero sí sabía que en el asunto estaba implicado el adolescente con el que se había fugado, un camello de hachís y marihuana. En realidad, me parece que podría decirse que el relato no tenía (no tiene) un auténtico final.

Una noche mi primo y yo conseguimos un permiso inédito para salir a los bares del pueblo con mi hermano y otros adolescentes del hotel. Mi primo y yo bebemos cerveza y Martini con limón y en un par de horas estamos muy borrachos. Nadie nos hace mucho caso, pero queremos aguantar, ver qué pasa. Nos recuerdo sentados en un banco de piedra corrido que cubre la parte baja de las tres paredes del patio interior de un bar junto al grupo con el que hemos venido. Intento concentrarme en recorrer con la mirada todo el banco sin que se me difumine la cara de ninguna de las personas que están sentadas, todas adolescentes o jóvenes, estoy poniendo a prueba mi borrachera. Lo intento de izquierda a derecha y no lo consigo, me río, apoyo la cabeza en la pared. Lo intento de derecha a izquierda y entonces veo a la animadora del hotel en el tramo de banco paralelo al mío, casi enfrente. Enfoco. Lleva un vestido negro con lunares blancos y unas zapatillas rojas. Las zapatillas rojas me resultan inauditas, las miro fijamente unos segundos y luego subo por sus piernas cruzadas y sus brazos al aire hasta sus ojos. Me encuentro con una mirada de prima maternal y bajo hasta una sonrisa burlona de aquí estamos, en el mismo bar y en distintas galaxias. Entonces le miro las tetas, el vestido que lleva tiene un escote poco pronunciado, pero se ve nítido un arco breve de cada teta. Ya no levanto la vista hacia sus ojos, cierro los míos, no quiero saber si me ha pillado mirándole las tetas o no, apoyo la cabeza en la pared, intento digerir lo vivido en los últimos segundos y en toda lo noche. Después miro al grupo de adolescentes del hotel, están atentos a la animadora y sus amigas, hablan de ellas, hacen amagos de cruzar el patio. Mi primo intenta meter baza y siguen sin hacerle caso. Me fijo en que mi hermano mira con la cabeza ladeada, con un gesto que me recuerda alarmantemente a mí, a la animadora. Mirando a los ojos de mi hermano, imagino lo que está haciendo ella, en qué y en quién se fija, cómo y por qué. De madrugada, en la habitación del hotel que compartimos mi hermano, mi primo y yo, me levanto, no he conseguido dormirme en ningún momento o eso creo, y me encierro en el baño. Empiezo a masturbarme, estoy sobreexcitado pero enervado y todavía borracho. No consigo una erección suficiente, noto que me estoy quedando dormido de pie, apoyado en el lavabo. Vuelvo a la cama.

Dame un momento, ¿vale?

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Venga, me voy al instituto, al que todos nos referíamos como el colegio.

Al colegio Claret, donde estudié la E. G. B., iba andando, tardaba en llegar menos de 5 min desde mi casa de la calle Zabaleta, corazón de la Prospe. Para ir a los Paúles tenía que coger el autobús, el 72, y cruzar con él la frontera entre Prosperidad y Hortaleza. Pienso en la Hortaleza de principios de los 90 y se me ocurre que estaba muy parqueada y muy descampada. Y algunos parques eran primos de los descampados. Para que los Paúles te concedieran una plaza en su colegio tenías que haber obtenido una buena nota media en los últimos tres cursos de E. G. B. y además debías superar un test de inteligencia y personalidad, por llamarlo de alguna manera. Te voy a contar algo relacionado con ese test que sucedió cuando terminé 2º de B. U. P. En julio, por sorpresa, llegó una carta a Zabaleta anunciando mi expulsión de los Paúles. Argumentos, dos (traduzco del lenguaje administrativo del colegio al mío): uno, mi manera de pensar y actuar no era compatible con los valores de la institución. No se especificaba nada al respecto. Otro: el tipo de inteligencia que yo tenía me hacía daño a mí mismo y a los demás, y un cambio de aires, es decir, que yo cambiara de aires, iba a beneficiarnos a todos. Tampoco había una definición o descripción de esa inteligencia dañina. La expulsión no se consumó. Fui con mi madre a hablar con el director de los Paúles y me readmitió. Este es Marcos, le dijo el director a mi madre, apoyando las manos en mi test de inteligencia y personalidad, desplegado en la mesa de su despacho. El director era un cura que parecía un bibliotecario de pueblo. Un robot bibliotecario de pueblo. Un robot de los 90. Era calvo, usaba gafas, camisas de cuadros pequeños y pantalones de pinzas. Marcos es uno de nuestros alumnos con mayor potencial, siguió el director. Sin embargo, pasa académicamente desapercibido. Y parece que no se siente cómodo con nosotros. Usted me garantiza que él quiere estar aquí y por eso va a seguir en nuestra comunidad. Pero que sepa que hasta ahora cada vez que un profesor ha fijado su atención en él, Marcos estaba realizando algún pequeño acto de sabotaje contra la clase, contra algún compañero o contra sí mismo. Su test y lo que sabemos de él después de los dos años que lleva entre nosotros indican que podría obtener unas calificaciones extraordinarias, las que se propusiera, y que no carece de habilidades sociales. Así que él puede, pero ¿quiere?

No sé si yo no quería o no podía ni lo que sabían o sabíamos o yo mismo sabía de mí. De todas formas, ¿cuántas veces le habría soltado el director ese mismo discurso o uno parecido a una madre o a un padre?

Y llegaríamos a lo fundamental de lo fundamental, ¿no? El centro de la adolescencia. Es a lo que se le suele dar una importancia definitiva, o se suele decir que se le da una importancia definitiva, lo otro en el fondo se considera arqueología sentimental no concluyente. ¿Tú también piensas eso? Los dos últimos años del instituto o colegio, te doy detalles.

Voy en el 72 en dirección a los Paúles después de comer en casa. Me paso de parada aposta, me bajo en la última parada, en el barrio de San Lorenzo, y me meto en un bar. Juego a una máquina de fútbol. Bebo solo, no he quedado con nadie, no me encuentro con nadie. Me bebo cuatro copas. O tres copas, tres vodkas con naranja. Algún parroquiano le dice al camarero que igual soy muy joven para beber así. Creo que se refiere a beber solo. Es un tío como un castillo, dice el camarero. Bueno, mido 1,78 m y peso 67 kg, ni soy ni dejo de ser. No entro a ninguna clase, tenía dos regulares y una extraescolar. Vuelvo en el 72, me paso de parada aposta, me bajo en la primera parada de la línea, en Diego de León. Me meto en el cine Victoria. Me quedo dormido. Llego a casa. No es demasiado tarde y nadie me dice nada concreto, pero todos me dicen algo, cada uno a su manera: ironía nerviosa de cejas de mi padre, desaprobación hiperactiva de ceño de mi madre, burlas de palabra de mi hermano sobre cualquier cosa, quiere que hable.

Más: Hace un par de fines de semana que no salgo de casa, estoy aburrido de repetir planes y del juego de humillaciones infligidas y recibidas en mis grupos de amigos del colegio y del barrio. Creo que pienso que voy empate en ese juego y no quiero empezar una nueva partida de momento. Estoy en el sofá viendo la tele. Mi madre me pregunta que por qué no salgo. Le digo en tono de broma que me ha convencido de lo de que Prosperidad y Hortaleza están hasta arriba de yonkies que me pueden robar. Me dice en tono serio que salga, que a mí no me va a pasar nada. En la tele están hablando del SIDA. Mi madre me dice: cuando salgas, ten mucho cuidado, que en el barrio hay unos cuantos que tienen la enfermedad. Entonces sí me va a pasar algo, mejor me quedo, ¿no?, le digo ya enfadado. Tres, cuatro segundos de silencio. Te estás equivocando, me dice. Y noto cómo me cubre una de las mayores olas de indignación que recuerdo haber sufrido, sí, en ese momento.

Otra: Estoy en el Bernabéu con mi padre viendo el partido de despedida de Butragueño del Madrid. No puedo hablar, no puedo llorar, estoy sobrepasado de verdad. Casi no me entero del partido. Miro continuamente de reojo a mi padre. Está rígido, más blanco y más delgado que nunca, más viejo. Me veo en él más que nunca. A la salida del campo nos vamos a un bar, como siempre que venimos al estadio. Apenas hablamos. En la tele del bar tienen puesto el Canal +. Nos vamos a abonar para ver todo el fútbol en casa, me dice mi padre mirando a la tele. Y añade en un susurro: En el Bernabéu no nos conocen. Ola de extrañamiento, muy intensa. ¿Cómo que no nos conocen?, consigo murmurar. ¿Qué?, me pregunta mi padre, sin mirarme. Ninguno de los dos dice nada más.

Mira, esta ya va a ser la última. Te va a encantar, aunque me va a quedar más larga.

Es el mayo de C. O. U. Desde principios de año salgo con Patricia, que es una de las chicas más guapas de mi clase, quizá la más guapa, y no es una de las chicas más guapas del colegio. O sí. Es viernes por la tarde y estamos sentados en el césped, enfrente de los Paúles. Pronto nos iremos con más gente al Tótem, uno de los bares de copas de referencia de la Hortaleza de entonces. Mi reojo se fija en una chica muy guapa que está cruzando el césped. La miro mejor. No es tan guapa, pero tiene una melena pelirroja muy llamativa. Se acerca, toca en el hombro a Patricia, que todavía no la había visto y dice: ¡Patri, tía! ¿Dónde te metes? Patricia se levanta. ¡Nuri! Se abrazan y empiezan a ponerse al día. A la tal Nuria no la conozco, no es de los Páules, dan dos o tres pasos cogidas de la mano y no puedo escuchar bien lo que se dicen. Por lo que me llega, deduzco que Nuria y Patricia son viejas amigas del barrio. Patricia vive cerca de los Paúles, después sabré que los padres de Nuria se mudaron hace unos meses a otra parte de Hortaleza y Patricia y Nuria ya casi no se ven. Vamos entrando en materia: hay un momento en que Nuria me mira callada tres, cuatro segundos. Vuelve a mirar a Patricia y le dice, lo leo en sus labios, lo entreoigo: ¿No has encontrado algo mejor? Otras conversaciones de ese día me van a salir aproximadas, recreadas, pero esa frase, esa frase fue la que fue, disfrútala, jajaja. Patricia se mueve lo justo para darme la espalda del todo y no me entero de lo que le responde.

Nos movemos hacia el Tótem. Somos seis o siete, allí nos encontramos con más compañeros y amigos de amigos. Bebemos, yo bebo mucho, no suelto los minis de cerveza. Entra mi hermano con unos amigos suyos, él también estudió en los Paúles y sigue viniendo al Tótem. Le pierdo de vista. Pierdo de vista a Patricia. Bebo, bebo, bebo más y hablo menos. Coincido en la barra con una amiga de mi hermano que me conoce. Rubi, vaya pedo llevas, ¿eh?, me dice. ¿Estás bien? Se llama Mónica y es increíblemente guapa, morena con el pelo rizado, unos ojos negros enormes y la boca y la nariz limpiamente dibujadas, perfectas. Hace unos dos años estuvo en una fiesta que montó mi hermano en casa un fin de semana que mis padres se fueron a Sevilla. Fue quien más me habló en la fiesta y casi la única invitada o invitado de mi hermano que no se dirigía a mí de una forma u otra como a una mascota. ¿Por qué iba a estar mal?, le digo apoyando dubitativamente mi codo derecho en la barra del Tótem. Respiro hondo, miro dentro de los ojos de Mónica en la medida de mis posibilidades. Nadie me llama Rubi, ¿eh?, no hagas caso al capullo de mi hermano. Jajajaja, tranqui, no quiero molestarte. Siempre me has parecido muy guapete y los años te están cayendo muy bien, me dice. Le digo: ¿Muy guapete? ¿Muy y guapete no se contradicen? Jajajaja, ¿qué dices?, me contesta. Digo esto, le respondo, y me acerco más a ella, que no se mueve hasta que intento besarla. Entonces, echa la cabeza hacia atrás, se ríe, apoya sus manos en mi pecho. Nooo, no, no, Marcos, eso no, me dice con una gran sonrisa, grande en todos los sentidos. Recuerdo cómo mi pecho me resulta más escuálido de lo habitual porque Mónica tiene sus manos en él. Me giro para apoyar los dos codos en la barra. Me sujeto la cabeza con las manos. Miro al suelo. Está lleno de colillas. Intento enfocar y contarlas.

Pido un tercio, quiero dejar claro que esta cerveza es solo para mí. Busco. La mayoría de mis amigos está en una esquina, cerca de los baños, no lejos de mí. Patricia no está. Nuria sí está, lejos. Mónica se ha alejado unos pasos y está de espaldas a mí hablando con una amiga suya. Me voy con mi tercio donde mis amigos. Núñez, ¿salimos?, le digo al amigo con el que he pillado hachís. Escondo el tercio entre los pantalones y la camiseta. Fuera está mi hermano en un grupo con amigos suyos y gente de otras generaciones de los Paúles. Patricia está con otro grupo intergeneracional. Núñez y yo rodeamos a los dos grupos y saludo con la cabeza a Patricia, saludo con la cabeza a mi hermano, no me hacen ni mucho ni poco caso ninguno de los dos. Me siento con Núñez en unos escalones que hay en una perpendicular a la calle del Tótem. Nos fumamos un porro a pachas, hablamos poco, nos reímos con cierta pereza. Final de etapa, hay personas y circunstancias de las que nos estamos despidiendo, Núñez y yo nos estábamos despidiendo, luego se confirmó. Y no hemos sido Historia.

Volvemos al Tótem. El grupo de Patricia y el de mi hermano, que ya no están fuera, se han combinado, es decir, sigue habiendo dos grupos, pero con diferentes miembros. Dentro hay más gente que antes. Voy delante de Núñez abriendo hueco. Me parece que me miran, sí que voy bastante mal, pienso, me agarro a ese pensamiento, creo que no quería pensar que me miraban a mí y no a mi borrachera. Cuando llego a la esquina de mis amigos estoy exhausto. Llega alguien y me pone un mini en la mano. Los tragos me vuelven a animar, echo otra ojeada general al Tótem. Mónica está a mi derecha y me está mirando, Nuria está cerca de la puerta del bar y me está mirando. Malas sensaciones, muy malas, mareas de pedo. Mi hermano entra en el Tótem, ¿dónde estaba?, y va hacia Mónica y su grupo. Patricia sale del baño. ¿Del baño? ¿Cuándo ha entrado? Le pregunto: ¿Dónde estabas? Me mira con una cara que solo puedo definir como de expectación aburrida. Pues en el baño, me contesta. No, me refiero… Bah, articulo. Sin más, la rodeo por la cintura con mi brazo izquierdo, la atraigo hacia mí y empiezo a besarla fuerte. Estiro el brazo derecho para soltar el mini sin mirar a quién se lo doy. Estamos enganchados un buen rato, a veces abro los ojos y a nuestro alrededor hay un borrón de luces, qué paradójicamente nítido me vuelve, aunque sé que en aquel instante percibía con claridad que Patricia y yo estábamos en miradas y comentarios. Nos damos aire, la cara de Patricia es de expectación curiosa ahora.

La llevo de la mano hasta la puerta sin sentir el pasillo que tengo que crear otra vez, solo la puerta, la puerta, la puerta, salimos y vamos a los escalones donde he estado fumando antes. Magreo fuerte, emociones un nivel por encima que otras veces, va a ser hoy, va a ser hoy, va a ser hoy. Patricia lleva una falda corta que se levanta un poco para sentarse encima de mí. Mueve las caderas con tensión. Está todo bien, me noto erecto, solo ligeramente entumecido por la borrachera. Necesito comprobar cómo está ella de verdad. Meto como puedo la mano entre sus bragas y sí, Patricia está muy mojada, su humedad es templada o casí fría, se me ocurre que es una humedad de calle y no de casa o algo así, pienso de pronto que se mueve demasiado espasmódicamente, con espasmos ensayados, pienso que no conozco ninguna calle de Prosperidad en la que la acera sea como la que hay encima y debajo de los escalones.

A la izquierda de los escalones hay una verja y un seto que enmarcan un pequeño jardín con cuatro árboles incongruentes y un césped descuidado. Saltamos al jardín entre risas nerviosas y risas (Patricia) y risas nerviosas y torpezas (yo). Pegados al seto no se nos ve desde la calle. Desde los edificios de alrededor nos pueden ver claramente, nos da igual. Nos tumbamos, nos medio desnudamos, me coloco encima de ella, veo que no estoy al máximo, pero casi. Penetro a Patricia, empiezo a empujar y hay choques de huesos, ella también es muy delgada. El encaje no es perfecto en las primeras embestidas, es como si yo me fuera o Patricia me echara hacia los lados, dentro de ella, me refiero, hasta que ella o yo o los dos cambiamos, mejoramos, nos acoplamos realmente. Va bien, vamos bien, no pienso mucho en nada hasta que la muerdo en el cuello y me sabe a su perfume y a su sudor. Imagino sin poderlo evitar las bacterias de nuestros genitales, nuestros vellos púbicos, nuestra piel follando o peleando, follando y peleando, comiéndose. Noto la humedad de Patricia más fría en mi pene, será que ya es más de la una y no hace tanto calor, será que está más húmeda, me fundo más, pienso menos, Patricia gime y gime más, me aprisiona fuerte por la espalda y los hombros con los dos brazos, creo que intenta hacer lo mismo con sus piernas y mis piernas, pero no lo consigue, abro un poco las piernas y ahora sí me rodea también con sus tobillos. Esos movimientos me devuelven consciencia, pienso que Patricia le está pillando el tranquillo, pienso en la palabra tranquillo, que me resulta totalmente absurda y vieja, el pensamiento se va enseguida, así tiene que ser, vamos, vamos, vamos, me empiezan a superar las sensaciones, me nublo, voy a correrme o voy a vomitar o las dos cosas, noto un desbordamiento total y abstracto, me salgo y llevo su mano derecha a mi pene para terminar así, Patricia me agarra fuerte, le da con todo y no pasa nada, estoy acorchado, me voy aflojando, paramos. ¿No te habrás corrido dentro antes?, me pregunta con más cara de decepción que de susto. Creo que no, a ver, ha habido un momento raro, en el que era todo demasiado, pero, balbuceo. Patricia se toca el vientre, los muslos, tiene grumos amarillentos y amarronados. Esto puede ser tuyo o mío. Marcos, tú siempre, me dice. Joder, yo siempre. Yo, siempre, nada. Nada de yo siempre, le digo. En silencio, saca un kleenex del bolso, se limpia, nos vestimos, nos ponemos de pie. Antes de saltar la verja, le pregunto: ¿Tú te has corrido? Me mira de lado y me dice: No lo sé.

Texto de Adrián P. G.
Coordinador de Microplán Madrid
comunicacion@microplanmadrid.com

Gandia: una ciudad con historias

Más allá de los atractivos turísticos de Gandia (es el nombre oficial, olvídate de la tilde) y de esa playa que hace las delicias de los bañistas, Gandia es una ciudad con historias. Las que tú escribes cuando disfrutas de esos baños en el Mediterráneo, de los momentos compartidos con tus familiares o amigos, de los paseos por la ciudad y, en definitiva, de tus vivencias en Gandia mientras disfrutas de tus merecidas vacaciones. Pero también las que hablan de familias influyentes, de personas delicadas y de un pasado que se remonta al paleolítico.

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Conociendo a la familia de los Borja

La historia de Gandia alcanza su relevancia en el siglo XIV, cuando Alfons el Vell eleva la villa de Gandia a la categoría de Ducado, comenzando la construcción del Plan Ducal que en parte ha llegado hasta nosotros. Es precisamente en el Palau Ducal donde los duques Borja residieron y en tu visita descubrirás donde nacieron y vivieron muchos de sus descendientes. Nada más entrar te sorprenderá su patio pero no te quedes ahí y sube esas escaleras que te llevarán a estancias tan interesantes como la Galería Dorada o el salón de las Coronas. Una visita más especial si realizas la visita guiada nocturna (20:30 horas).

Una opción muy interesante es disfrutar de actividades tan singulares como El Tast de la Duquessa, unas jornadas gastronómicas maridadas con cerveza artesanal, ver una película en el patio del Palacio Ducal, o cenas borgianas a ritmo de jazz en directo (24 de julio y 21 de agosto).

Guarda fuerzas porque debes también pasear por el casco antiguo para admirar monumentos tan importantes como La Colegiata de Santa María, el convento de las Esclavas o el Convento de Santa Clara… Un paseo que te hará recordar aquellos tiempos en los que la familia de los Borja paseaba por estas calles.

La joven más delicada de Gandia

Eres más delicada que La Delicà de Gandia”. Esta frase hoy no te suena pero Gandia es una ciudad con historias y la Delicà de Gandia es una de ellas, como demuestra esa frase que se suele decir en la zona para criticar a personas que son demasiado escrupulosas o tiquismiquis.

Según la leyenda, a esta mujer que vivía en Gandia le cayó un pétalo de jazmín en la cabeza y se murió. Esa es la historia que circuló por la ciudad pero, en realidad, ese pétalo del jazmín que le había caído pertenecía a uno de los ornamentos del rosetón de la Colegiata de Gandia. Este pétalo de “jazmín” que impactó en su cabeza pesaba más de 400 kilos. Desde este momento, se empezó a extender la leyenda sobre esta joven que era tan delicada que le mató un sólo pétalo de una flor.

La cueva donde empezó todo

En tus días en Gandia encontrarás la ‘Capilla Sixtinadel paleolítico: la cueva del Parpalló. Se trata de uno de los yacimientos arqueológicos más importantes de Europa porque allí habitaron algunos de los primeros Homo sapiens que llegaron a la zona. Además, es el santuario prehistórico más importante de la religión mediterránea peninsular. Su importancia es tal que no debes perderte su visita, y más si te apetece respirar aire puro de la montaña.

El castillo de Bairen, el origen de Gandia

Situado en lo alto de una colina, el castillo de Bairen es el primer edificio relevante de la ciudad y, alrededor de esos muros ocurrieron muchas historias. La más significativa es que la crónica de Jaume I relata como, tras pactar con el alcaide de esta plaza la rendición del castillo en un plazo de siete meses, el rey exigió como prueba de confianza que el musulmán le entregara como rehenes a su hijo y dos sobrinos.

El alcaide no cedió en este punto, pero ofreció al monarca cristiano una declaración jurada del pacto y la cesión de la torre albarrana, por lo que Jaume I decidió aceptar el trato. Una vez finalizado el plazo el rey volvió al lugar y el alcaide cumplió con su palabra entregándole el castillo.

Su visita no es solo interesante por la historia que encierra sino también porque las vistas son increíbles.

Gandia es una ciudad con historias y tú también debes dejar la tuya mientras disfrutas de esas tan merecidas vacaciones.

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Post patrocinado.

El Renacimiento de La Tristura

Ha sido estremecedor en el mejor sentido volver al teatro. Ver la Sala Verde de los Teatros del Canal con aforo reducido y los palcos sin ocupar es descorazonador, pero aun así.

Muy interesante la obra Renacimiento de la compañía La Tristura. Es metateatro diferente (más bien metatramoya), y te lleva a momentos destacados de los últimos 45 años, los del último periodo democrático de España, sin moverte del presente más presente. Se muestra en el escenario reflexiones sobre el fluir de la sociedad desde la intrahistoria de un grupo de técnicos de un teatro. Identidad y crisis, construcción individual y colectiva son los vectores de la función. Encontramos en el texto y la dirección varios y variados aciertos y algún problema de ritmo.

Aplauso fuerte para l@s imbéciles (poc@s, pero l@s ha habido) que se quitaron la mascarilla durante el espectáculo. Sí, es obligatorio llevarlas puestas. Y si queremos que sigan subiéndose telones y que no se bajen los que ya se han subido, hay que hacer las cosas bien.

Hasta el 12 de julio.
Entradas: entre 7,50 € y 15,50 €.
Horario: Consultar sala.
Teatros del Canal, calle Cea Bermúdez, 1.

Ya se ve Cádiz desde Madrid

Y entonces pudimos salir de Madrid… Los habitantes de la capital ya nos movemos más allá de los límites de nuestra comunidad autónoma. La evolución de la epidemia de Covid-19, según los datos recogidos por las autoridades sanitarias autonómicas y difundidos por las autoridades sanitarias estatales, así lo permite.

Nosotros vamos a seguir trabajando en nuestras cosas madrileñas por el momento, pero ya tenemos destino para la primera escapa veraniega: ¡Cádiz, espéranos! Es una de las provincias españolas que más ofrece al visitante, hemos ido, vuelto y revuelto. En este verano tan especial, toca pasarse por allí otra vez.

Mira, cuando se habla de Cádiz como lugar de vacaciones, enseguida salen a relucir playas como las de Bolonia en Tarifa, Zahara de los Atunes o Costa Ballena en Rota. Son una maravilla, lo sabemos por experiencia. Pero las vacaciones gaditanas de las que tenemos mejor recuerdo son las que pasamos en la propia capital de la provincia, en ese Cádiz puro y duro que muchos turistas pasan por alto. Vamos a compartir nuestras vivencias de la Tacita de Plata, apodo de una ciudad que fue fundada por los fenicios en el 1100 a. C. aproximadamente con el nombre de Gadir.

Muy recomendable antes de empezar el callejeo por la ciudad es subir a la Torre Tavira. Desde este punto hay unas vistas excelentes del casco histórico de Cádiz. La Torre Tavira se construyó a mediados del s. XVIII y fue designada torre vigía oficial del puerto de Cádiz en 1778 por estar situada en la cota más alta de la ciudad (45 m sobre el nivel del mar. En Cádiz no hay cuestas. Se encuentra situada en la Casa-Palacio de los Marqueses de Recaño (actual Conservatorio de Música) y es de estilo Barroco. Su nombre es el del primer vigía que la gestionó, el teniente de fragata D. Antonio Tavira. La Torre Tavira dispone desde 1994 de una cámara oscura para ver más lejos y mejor.

El barrio más antiguo, que no el más conocido y transitado de la ciudad, es el de Pópulo. Conserva tres arcos que fueron puertas de entrada al Cádiz medieval, heredero del romano, que tenía Gades por nombre, y del musulmán. En el barrio del Pópulo está la catedral barroca de Cádiz y los restos del Teatro Romano. Y calles, calles y más calles con algo especial. El cercano barrio de la Viña sí esel que cualquiera que haya puesto los pies en Cádiz ha vivido con más intensidad. Es el núcleo de los Carnavales y todo el año sus calles son las del tapeo, el bullicio y la alegría.

Malecón_de_La_Caleta,_Cádiz

La playa de la Caleta concentra las miradas de gaditanos y visitantes al atardecer. Es la mejor playa urbana de la que hemos disfrutado, así de claro, por su belleza natural y la del entorno arquitectónico. Destaca por su limpieza, tema crucial en una playa urbana.

Para finalizar, que en estos repasos es mejor no ser exhaustivo y robarle capacidad de sorpresa al lector y posible visitante, hablaremos de la gastronomía gaditana, que es excelente. Insoslayable el atún rojo en temporada. Las tortillas de camarones es en Cádiz donde hay que comerlas. La caballa con piriñaca, por favor, no te la pierdas, qué cosa tan buena. Y pescaíto frito, que no te falte.

La mayoría de madrileños llegan a Cádiz en coche para poder moverse con él por la provincia. Si quieres quedarte en Cádiz, te recomendamos que viajes en tren, vas a tardar solo algo más y la paliza va a ser mucho menor. Cádiz está a más de 650 km de Madrid.

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La escultura de la plaza del Reina Sofía

Que sepas o recuerdes que la plaza del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía se llama desde 2017 plaza de Juan Goytisolo. Antes no tenía nombre. Lo que sí tenía desde 2001 y sigue estando en ella es una réplica de la escultura El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella del escultor y pintor Alberto (Alberto Sánchez Pérez, Toledo 1895 – Moscú 1962). La obra original la realizó en 1937 para que se colocara en el exterior del pabellón de la República Española de la exposición Internacional de París de aquel año. En esa exposición se expuso por primera vez al público el Guernica de Picasso, actualmente uno de los principales atractivos del Museo Centro de Arte Reina Sofía.

Después de aquel evento, la escultura desapareció. Medía 12,5 m de alto y el artista la había confeccionado con cemento y bronce. Reafirmación de ideas expresadas en otras obras de Alberto de los años 30, El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella es una especie de tortuoso cactus antropomórfico son acanaladuras cuya cúspide está coronada por una estrella roja. El cuerpo de la obra sugiere el difícil momento de la sociedad española coetánea, que llevaba un año sufriendo la Guerra Civil cuando se celebra la exposición de París. El pseudocactus brota del suelo y parece como arado, alusión a la tierra de España y sus gentes. El camino tiene un jalón, una paloma, símbolo de la paz, y un final esperanzador según la visión política de Alberto, la estrella roja que denota su filiación socialista.

La réplica de la plaza Juan Goytisolo mide 18,7 m y pesa 7 t. La realizó en cemento el artista valenciano Jorge Ballester,​ recientemente fallecido, y se instaló en el exterior del Museo Centro de Arte Reina Sofía con motivo de una exposición temporal sobre Alberto.

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Texto y foto de Adrián P. G.
Coordinador de Microplán Madrid
comunicacion@microplanmadrid.com

Restaurantes de Madrid que juegan muy bien a domicilio

Estamos en el proceso de adecuación de lo que entendíamos por normalidad hasta hace unos meses a la nueva realidad generada por la enfermedad Covid -19. Debemos seguir evitando participar en cadenas de contagio de Covid-19 (sí, todavía debemos seguir en la pelea) por nosotros y por los demás. Muchos restaurantes de Madrid ya han abierto sus puertas con las limitaciones indicadas por las autoridades sanitarias. En cualquier caso, ha aumentado exponencialmente el número de locales que han reforzado o lanzado por primera vez el servicio de envío de comida a domicilio.

Actualizaremos regularmente este artículo de nuestro blog con propuestas de comida a domicilio que catemos y nos gusten y con reseñas de restaurantes que conocemos de tiempos mejores y ahora han abierto o potenciado este servicio.

RESTAURANTE CAFÉ LION

Clásico del Madrid de los Austrias para iniciados, este establecimiento de la calle Bordadores inició en 2019 una nueva etapa a manos de María de Miguel y Marta Tello. Mantienen las señas de identidad del negocio, la apuesta por la gastronomía de toda la vida y el bonito local de decoración tradicional, con los matices y actualizaciones que han querido implementar por aquí y por allá, e incluso al barista Miguel, que lleva 25 años en su puesto. Hemos probado en casa su menú de fin de semana (varía, así que atent@ a su web y redes sociales) y nos ha convencido.

Es sencillo y directo, pero en absoluto plano. Destacamos la crema de nécora, contundente, el pavo a la soja, muy bien equilibrado, y la crema catalana, suave, nada dulzarrona. Todo llegó a la temperatura correcta y envasado con seguridad, ¡muy bien!

Café Restaurante Lion está en la calle Bordadores, 4, entre la Puerta del Sol y la plaza Mayor. Consulta su carta para recoger o recibir a domicilio aquí.

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RONDA 14 y CILINDRO

La foto de portada de este artículo es un señor ceviche de Cilindro que degustamos hace unos meses. Los restaurantes definidos por el chef limeño Mario Céspedes han lanzado una carta para pedir a domicilio o pasarse a recoger a las cocinas centrales del grupo (que se completa con Apura, que tiene su terraza abierta). Incluye clásicos de las dos casas como los ceviches (verde con huacatay y mango y de crema de rocoto con aguacate) de Cilindro y  sus gyozas de langostino y camarones; o el ceviche con leche de tigre al ají limo y calamar, el tiradito a la crema de ají amarillo, las gyozas de anticucho con picada de ají limo y cilantro y de ternera con manitas de cerdo o los cachopinos de ternera con queso de cabra y setas de Ronda 14. En Cilindro se encuentran las tradiciones peruana y asturiana y en Ronda 14 la gastronomía nikkei y chifa (aunque  lo asturiano también asoma).

La oferta se completa con un menú degustación para dos personas que incluye, por 45 €, tartar de salmón con crujiente de plátano, California Roll de centollo, roll de mar y montaña, bao de chicharrón con crema de rocoto y huacatay, patatas rellenas de carne guisada y bizcocho roto de avellanas y chocolate.

El horario para recogidas y envíos es de 13:00 a 15:45 y de 20:30 a 23:30 de martes a domingo. El servicio de envío a casa es a través de diferentes plataformas como Deliveroo, Stuart o Glovo (buscando la marca Ronda 14) y para recoger los pedidos la dirección es la de las cocinas centrales del grupo: calle Francisco de Navacerrada, 58. Madrid. Los teléfonos de reservas son: 91 356 85 77 / 648 17 53 59 / 690 15 66 95.

Más fotos de nuestro paso por el local de Cilindro, para que vayas abriendo boca. ¡Cuidado, te van a dar ganas de cerrarla sobre tu pantalla!

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Team Building en Madrid

A nadie puede caberle ninguna duda en este momento sobre la importancia de hacer equipo. Hacer equipo en los hospitales, en las comunidades de vecinos, como sociedad en general está siendo fundamental a la hora de afrontar la crisis sanitaria y económica generada por la enfermedad causada por el coronavirus Covid-19. Haces equipo poniéndote la mascarilla cuando toca, sí.

En el trabajo, un equipo conjuntado y motivado alcanza un rendimiento muy superior a uno sin cohesión y con los brazos caídos. Y que un equipo sea fuerte, armonioso y productivo se puede entrenar. Por otra parte, cuando las cosas van bien, el equipo merece una recompensa, ¿no? Hemos conocido un proyecto que se encarga de conseguir la motivación extra que distingue a los equipos de trabajo más potentes y de premiarlos cuando se lo han ganado: Kaizen Team Building.

La iniciativa Kaizen Team Building se dedica a la organización de las mejores actividades de empresa del mercado. Se dirigen a compañías que comprenden que, en un entorno tan competitivo en todos los sectores como el de hoy en día, es imprescindible incentivar la vinculación del trabajador con el proyecto del que debe sentirse plenamente partícipe. Para ello, Kaizen Team Building aplica técnicas de team building o construcción de equipos que han constatado que funcionan como catalizadores de una mayor unión y tolerancia al esfuerzo en trabajadores de todos los perfiles.

Desde hace más de 10 años, Kaizen Team Building crea y desarrolla estas actividades de team building en la Comunidad de Madrid y en toda España, prestando un servicio innovador y siempre adaptado a las muy variables circunstancias concretas de las empresas que contratan alguna de sus diferentes propuestas. A continuación te explicamos algunas actividades de su catálogo, a ver qué opciones te parecen más interesantes:

  • El Haka Team Building. Consiste en aprender y realizar la danza maorí que baila la selección de rugby de Nueva Zelanda antes de cada uno de sus partidos. A ellos les ha funcionado, ¡son campeones del mundo! Los monitores de Kaizen Team Building explican a los participantes lo que deben saber sobre el ritmo y la fonética maorí. Después, se forman diferentes equipos y cada uno prepara y representa su haka. Se elige un ganador y su capitán comanda la haka final, danzada por todos los participantes a la vez. ¡Así se crea espíritu de equipo.
  • Los Cascos Locos. ¡Música y baile pasándolo muy bien y sin incordiar a nadie! Pueden montarte un tour bailable con cascos que aíslan completamente del ruido exterior en tu oficina o por la calle. El dinamizador lanza la señal con la música que se haya predefinido hasta a 300 m, aparte de actuar como descacharrante coreógrafo. Ese rango da mucho juego. No hay quien no se mueva y se ría en esta actividad.
  • Concurso de paellas. Si lo que gusta en tu oficina es el buen comer, Kaizen Team Building también te ofrece esta versión micro de MasterChef centrada en la paella, en la que los participantes se dividen por equipos, buscan los ingredientes para cocinar el clásico plato valenciano, lo preparan con el asesoramiento de cocineros expertos y son premiados… o no. La organización también cocina una gran paella por si acaso… Bebidas incluidas y acciones de dinamización opcionales como un karaoke o un original fotomatón.
  • Eventos formativos y de coaching. Se trata de aprender jugando, incorporar habilidades y competencias de forma vivencial. Dinámicas diversas consiguen que los participantes se conozcan a fondo, interactúen y refuercen su empatía y reconocimiento mutuos. Todo ello mediante retos siempre amenos e incluso muy divertidos. Después de cada actividad, se analiza en conjunto lo vivido bajo la batuta de los coordinadores de Kaizen Team Building.

Hay decenas de opciones más para hacer equipo y en todas ellas Kaizen Team Building se encarga aportar los expertos correspondientes, buscar el espacio ideal para la jornada, así como de la logística y los servicios adicionales que se acuerden.

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El cocido madrileño de Malacatín. Es decir, el cocido madrileño

La historia de Malacatín es la historia del cocido madrileño, el plato popular que servían en esta casa fundada en 1895 a los trabajadores de la zona del Rastro, La Latina y Lavapiés desde que a principios del siglo XX la segunda generación de la familia que todavía regenta el local lo incluyera entre su oferta. José Alberto, cabeza de la cuarta generación, continúa con los buenos usos de la casa en cuanto a ofrecer un cocido madrileño para el que selecciona buenas viandas de León, Asturias y Castilla, intentando siempre mantener a los proveedores que han dado fondo al plato (o los platos, aquí los tres vuelcos canónicos del emblema de la gastronomía castiza capitalina se respetan, por supuesto).

En Malacatín se disfruta de la mesa, que no solo recibe su famoso cocido madrileño, sino también callos, bacalao confitado con verduritas, chuletillas de cordero y otras propuestas de las de toda la vida, y el ambiente, con su decoración abigarrada (alguna sorpresa te llevarás mirando aquí o allá) y sus llenazos.

Los llenazos, ahora, no, claro. Malacatín cerró como consecuencia de la crisis sanitaria provocada por el coronavirus Covid – 19 y ha reabierto para cocinar su cocido madrileño y otros platos que se pueden recoger en el local y, por primera vez en su historia, pedir a domicilio. José Alberto ha buscado una fórmula que le permita que su cocido no pierda esencia al sacarlo fuera de su establecimiento y para facilitar que la clientela del barrio del que Malacatín forma parte consustancial pueda comer bien a buen precio cuando no esté de humor para cocinar o no pueda hacerlo.

El cocido a domicilio te lo vamos a enseñar enseguida, ya lo hemos disfrutado y es el de siempre, con toda su potencia en la sopa, su punto impecable en verduras y carnes y su majestuosidad desbordamesas. Tiene un precio de 18 €.

Ahora te dejamos info gráfica del tipo de plato del día que sale de los fogones de Malacatín. Consulta con el restaurante los especiales de la semana en la que quieras hacer el pedido.

malacatin-platos-especialesFíjate en la lasaña de setas…

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Malacatín tiene también una carta para esta nueva etapa.

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Y vamos con el cocido. Como decíamos, es el de siempre por calidad y cantidad. Todo llega correctamente envasado y caliente. La sopa es fuerte y profunda, como tiene que ser después de la conjunción de caldos lentos con que se cocina. Los fideos vienen aparte para que no lleguen deshechos en el caldo. Garbanzos con repollo y patata en el segundo vuelco y carnes de ternera, cerdo y pollo para rematar. Nada es algo más, cada ingrediente tiene su personalidad, su aquel. Y una ración es en realidad casi dos raciones, otra marca clásica de Malacatín. ¡Satisfechos!

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Texto de Adrián P. G.
Coordinador de Microplán Madrid
comunicacion@microplanmadrid.com

Editor, redactor creativo y SEO, social media manager

Fotos de Montserrat Curiel para Malacatín, excepto fotos del cocido, que son de Microplán Madrid.

Relatos de Madrid (II)

Sigo (abajo firmante) escribiendo relatos ambientados en Madrid de ficción, en absoluto autobiográficos, que es lo que me sale y lo que quiero proponer como microplán alternativo a las visitas guiadas virtuales que os estamos proponiendo.

Este se titula Sotabancar y si quieres lo comentamos en los comentarios del blog o en las redes sociales:

Mi abuelo, mi abuela y mi padre, que tenía entonces 5 años, llegaron a Madrid desde Broto, Huesca, en 1956. Destino, un sotabanco de 25 m² de frío y calor extremos en la calle Santa Isabel, Lavapiés. El casero, que era de Broto, el único cabrón al que conocíamos en Madrid, solía decir mi abuelo, vivía en el piso inmediatamente inferior. El primero de cada mes se anunciaba como cobrador con dos golpes de nudillo en la puerta de aluminio del sotabanco y un ¿y lo mío? bien sonriente. Mi abuela, decía su marido, hacía como que el alquiler se pagaba solo. Siempre era él el que abría la puerta y le daba las 500 pesetas del alquiler. Lo tuyo ya te lo daré, decía mi abuela que rumiaba mi abuelo cuando se iba el paisano, que era primo segundo de mi abuela o algo así. Los ricos de Broto, tu madre y su primo, le decía mi abuelo a mi padre. El alquiler era abusivo, pero más barato que lo que costaba el de un apartamento medio. Y era el único cabrón que conocían que había emigrado de Broto a Madrid.

Después de unos meses trabajando en un garaje de la calle Gobernador, en Huertas, donde ahora está Impact Hub Madrid, uno de Huesca capital que mi abuelo había conocido jugando al mus en la casa de comidas Tienda de Vinos, calle Augusto Figueroa, Chueca, local que todavía es lo que fue, le encontró un empleo en Pegaso como electromecánico. A principios de los 60, mi abuelo se convirtió en uno de los jefes de Electromecánica de la empresa, el trabajo de su vida. Entonces le ofrecieron una vivienda en Ciudad Pegaso, barrio de San Blas, una de las unifamiliares adosadas con jardín, no uno de los pisos en los que se alojaba la mayor parte de los trabajadores. Para mi abuela era una oportunidad irrenunciable, aire y huerta necesitamos, decía, metros, borrajas y patatas, y mi abuelo le decía que qué huerta en Madrid y la llamaba abarcuda, una palabra oscense que significa algo así como paleta y que a poco que la pienses crece en significados. Mi abuelo no quería alejarse de sus bares de chatos de Antón Martín y de sus hitos de Santa Isabel: las tiendas de los bajos de los primeros números impares de la calle, la peluquería Vallejo y el cine Doré, o Do – Re como él lo llamó siempre. Aunque el cine se lo cerraron enseguida, he comprobado que en 1963, no así las tiendas y la peluquería, que ahí siguen. Por cierto, mis abuelos me llevaron muchas veces al cine Doré en los 90, cuando llevaba un tiempo renacido como sala de proyecciones de la Filmoteca Nacional. A ellos esas películas de arte y ensayo, de las que le gustan a tu padre, me decían, no les interesaban, pero se emocionaban con lo bonito que les parecía que había quedado el cine después de su rehabilitación.

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Tenía muy claro mi abuelo cómo quería ganar metros para la familia. Le compró el piso y el sotabanco al de Broto, a quien había empezado a irle mal especulando con aceite de oliva, el cabrón se ha arruinado y nos vamos a quedar con lo suyo, les decía mi abuelo a mi abuela y a mi padre. Mi abuelo se empeñó en pagarle al contado la mitad del precio que acordaron por el piso y el sotabanco. Dos toques de nudillo en la madera de la puerta de su piso y vació una bolsa de billetes de 500 pesetas en el felpudo, diciéndole sonriente ¡y te vas! Es una de las historias preferidas de mi padre y de las que más cargan a mi madre, me da que le parece zafia. El sotabanco se transformó en un estudio para él, para mi padre, estudiante de Económicas entonces.

Mis abuelos murieron a mediados de la primera década del siglo XXI, primero mi abuelo de un infarto en su casa de Santa Isabel y después mi abuela de un infarto en su casa del pueblo. Según mi padre el infarto de mi abuelo fue científico, sólidamente y líquidamente cimentado, y el de mi abuela sucedió de adentro afuera. De vuelta a Broto, se enemistó con varios vecinos a quienes intentó comprarles casas a un precio, según ellos, insultante. Lo intentó y, en algunos casos, lo logró. Mi padre nunca consiguió que mi abuela le explicara para qué quería esas casas, con las que ahora él no sabe qué hacer. Después de aquello, mi abuela se encerró en su casa, en la del pueblo, a la de Madrid no volvió, y sufrió su infarto más o menos un año después de la muerte de mi abuelo.

Cuando murieron mis abuelos, mis padres vivían ya en Chamberí, en un pisazo en permanente actualización mobiliaria de la calle Viriato. No se dónde encuentran tanta novedad electrodoméstica. Yo crecí en la plaza de Luca de Tena, Arganzuela, en un piso de tres habitaciones y noblemente avejentado de un edificio de principios del siglo XX. El edificio tiene muchas más plantas que el de Santa Isabel de mis abuelos, que es algo más antiguo, pero la estructura de los pisos es muy parecida. Durante mi niñez y adolescencia, mis padres mantuvieron nuestra casa anclada decorativamente en los 80 españoles o en los 60 de un híbrido imaginario del casticismo anglosajón y nórdico, no sé si me explico. Lo dicen unas fotos y unos vídeos que vemos en Navidad casi siempre y en los que siempre descubro detalles que no sé cómo yo podía tener normalizados cuando vivía allí.

Hasta mis 12 o 13 años mi padre ocupó un cargo intermedio del ministerio de Industria. Después, el funcionario de carrera recibió un último empujón en vertical a través de contactos en un partido político de poder. En uno o en dos. Y pasó a ser un alto cargo de designación política de gobiernos de dos partidos políticos de poder. Mi madre era profesora de inglés en el Colegio Estudio, donde estudié yo. Buena profesora. Y buena relaciones públicas, le presentó a mi padre a mucha gente. Me viene a la cabeza que en esa etapa de mi preadolescencia hacíamos en familia mucha vida de tarde, como le gustaba decir a mi padre, recuerdo un vago continuo otoño y una vaga continua primavera de Trinaranjus en las terrazas de Luca de Tena y mosto en Domínguez, en el paseo de las Delicias. Y a mis 15 o 16 años, recuerdo las primeras cañas con mis padres en esos llamémosles tardeos, más cerca de Atocha, en Bodegas Rosell.

Me independicé en 2008 para irme a compartir piso en la calle Toledo, enfrente del mercado de la Cebada, con tres antiguos compañeros de Filología Hispánica. Me reindependicé un par de años después mudándome al piso con sotabanco de Santa Isabel, mis padres me pusieron las llaves en las manos. A principios de la segunda década del siglo XXI dejé de tener algo a lo que poder llamar un trabajo real, se veía venir. Y eso que mi cánon sobre lo que era un trabajo real, dedicándome a la traducción y la corrección, estaba por debajo del de cualquiera. Colaboraba principalmente con dos editoriales de prestigio improductivo, una cerró y la otra dejó de contratar correctores, creo.

En mis primeros meses en Santa Isabel había acogido a amigos y a amigos de amigos en el sotabanco. Después le pedí permiso a mis padres para alquilarlo como alojamiento turístico, mi cuenta de ahorro pedía soluciones. Concedido. La década avanzaba, el trabajo de verdad real no se materializaba, los precios de los alojamientos turísticos subían y con ellos el precio del sotabanco. En esa época empecé a frecuentar los bares que le gustaban a mi abuelo en sus últimas décadas como vecino de Lavapiés, de los 50 o los 60 ya no queda casi ninguno, en rondas que también pasaban por los nuevos viejos bares de Santa Isabel, como Benteveo o Parrondo. Muchos de mis amigos vivían todavía en Lavapiés, lo pasamos bien en esos años, incluso con poco para gastar, incluso con la conciencia de tener los pies en un presente lleno hasta la mitad de paripé y la cabeza en un futuro en el que no íbamos a caber todos.

A mi padre tendrán que apearlo porque él no se va a apartar, mi madre sí se jubiló cuando le tocaba y, según su propia expresión, empezó a dedicarse en serio a conseguirme un trabajo. Y sí, gracias a ella y a una no entrevista de trabajo en Viriato he sido y soy coordinador editorial en Rubí eBooks. En mis últimos 30, quizá justo a tiempo, quizá por poco tiempo dadas las circunstancias.

En el trabajo conocí a la inquilina actual del sotabanco, una de las correctoras de las novelas románticas que publicamos en la editorial. Sus compañeras de piso, dos hermanas de Zamora, como ella, han vuelto a su ciudad, no acaban de conseguir un auténtico trabajo en el sector audiovisual, y el último turista que ocupó el sotabanco se fue a principios de marzo, así que todo se ha dado para que mi colaboradora entrara a vivir en él en la semana del confinamiento por el coronavirus.

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A finales de marzo, empecé a encontrarme mal. Nada respiratorio, algo digestivo, algo enervante. Me cuesta trabajar, de todas formas tenemos la producción de libros para la temporada de otoño parada, hago yo lo poco que hay que hacer, no hay nada ni nadie que coordinar hasta nueva orden. Me relaja escribir y estoy haciendo pruebas como esta para decidirme o no a redactar un diario mental de la cuarentena que me lleve a mi pasado y, si empiezo a intuirlo, hacia mi futuro.

Desde el sotabanco, mi colaboradora se ofreció a sacar mi basura por mí cuando le conté que no estaba muy allá, y me ha subido pan y ceviche del mercado de Anton Martín. Yo, muy agradecido, de verdad, pero ha empezado a hablarme de la huelga de alquileres, de la prohibición de desahucios y por ahí no, se está jugando la casa y el trabajo que pueda volver a ofrecerle. A ver, es que no le cobro lo mismo que a los turistas. Y en el Bizum del 1 de mayo le voy a solicitar 600 €, lo mínimo hasta donde le puedo bajar el alquiler.

Adrián P. G.
Coordinador de Microplán Madrid
comunicacion@microplanmadrid.com

Madrid en mayo

Esta semana empieza un mes de mayo marcado por las terribles consecuencias de la enfermedad Covid-19 en la Comunidad Autónoma de Madrid, en España y en el mundo. Pero va a ser el mes de la apertura controlada, de la aparición de la nueva normalidad, de la esperanza. Nosotros seguimos proponiéndote actividades (visitas guiadas virtuales) para conocer Madrid desde casa con el objetivo de que cuando puedas moverte por la ciudad, tengas una base sólida para profundizar y recrearte en ella.

El principio de mayo es especial:

1 de mayo, Día del Trabajo,

2 de mayo, Día de la Comunidad de Madrid

3 de mayo, Día de la Madre.

Rindamos honores a todas estas fechas señaladas.

MICROPLÁN DÍA DEL TRABAJO · 90 min. Viernes 1 de mayo, 11:00, 13:00, 18:00, 20:00 y 22:00 hora de Madrid. Precio: 7 €. Las cigarreras de Embajadores, los organilleros, los que levantaron la Gran Vía, , lo serenos, las floristas, los bomberos… Todas esas personas que han hecho de Madrid lo que es con su trabajo merecen una visita guiada homenaje. Vas a enterarte de un montón de curiosidades relacionadas con oficios tradicionales, oficios peculiares, oficios olvidados… ¡que te van a mantener con la mirada clavada en tu pantalla!

Reservas: escríbenos a reservas@microplanmadrid.com con el asunto DÍA DEL TRABAJO o al whatsapp 695 97 29 37.

MICROPLÁN DÍA DE LA COMUNIDAD DE MADRID · 90 min. Sábado 2 de mayo, 11:00, 13:00, 18:00, 20:00 y 22:00 hora de Madrid. Precio: 7 €. Madrid capital es mucho Madrid, pero si le sumas a su patrimonio, usos y costumbres, los de localidades como Aranjuez, Sal Lorenzo de El Escorial, Chinchón o Navalcarnero la cosa se desborda para muy bien. ¡Sobrevuela virtualmente las maravillas de la CAM en su fiesta!

Reservas: escríbenos a reservas@microplanmadrid.com con el asunto DÍA DE LA COMUNIDAD DE MADRID o al whatsapp 695 97 29 37.

MICROPLÁN DÍA DE LA MADRE · 90 min. Domingo 3 de mayo, 11:00, 13:00, 18:00, 20:00 y 22:00 hora de Madrid. Precio: 7 €. ¡Regálale Madrid a mamá! Vamos a darlo todo para alegrarle su día especial. ¿Con qué? Con todo… Madrid. Hemos seleccionado lo mejor de lo mejor de la ciudad para esta visita guiada virtual: sus monumentos más emblemáticos y los lugares con extra de encanto que la caracterizan. Un Madrid reconocible y para ser disfrutado en familia. Atención, solo admitimos madres e hijos en esta actividad. 🙂

Reservas: escríbenos a reservas@microplanmadrid.com con el asunto DÍA DE LA MADRE o al whatsapp 695 97 29 37.

Además, tienes otras opciones de ocio virtual en nuestra AGENDA y nuestro CATÁLOGO. ¡Hasta pronto por aquí y hasta dentro de poco en las calles!

Somos un proyecto de comunicación online y organización de actividades sobre Madrid.

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