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Relatos de Madrid (V)

Sumamos un nuevo relato de ficción a la serie que venimos publicando.

Definición

¿Hasta los 18 años? ¿Por qué hasta los 18 años? Vale, vale, lo primero que se me venga a la cabeza y todo seguido, voy. Aunque eso de que a alguien se le venga algo a la cabeza… Pero voy. Espera.

Sí, eso: De niño, mi padre me llevaba en coche a mis partidos de fútbol. Con ocho, nueve años, me sentaba detrás de él y a veces, si el partido que tenía que jugar era importante, me daba por morder el recubrimiento interior del lateral del coche alrededor del tirador de la puerta. Alrededor del gatillo, pensaba yo. Sabor a plástico y goma, el recubrimiento. Sonido plástico y gomoso, el tirador. Sabor relajante, sonido enervante. Mi padre nunca me dijo nada sobre eso que yo hacía, no sé si llegó a verme hacerlo alguna vez o no. Rara costumbre, ¿eh?, la de aquellas dos o tres temporadas, cada una en equipos diferentes. Nunca se la había contado a nadie, pero me viene o la traigo a la cabeza muchas veces cuando me subo a un coche.

La última temporada que jugué una liga en un equipo federado todavía mi padre me llevaba en coche a los partidos de fuera de casa. A los de casa, estaba en el Moratalaz, me acercaba yo solo en metro desde Avenida de América. Fue la temporada que íbamos terceros detrás del Madrid y el Alcalá y yo era el segundo máximo goleador de la Liga en marzo. Una cosa que no tiene nada que ver, o al mejor sí y por eso se me ocurre soltarla ahora: aquel marzo o su abril me conté por enésima vez los lunares y las manchas de mis manos, me dio por aquello desde los 11 años o los 10, quizá, y en esta ocasión lágrimas sobrepasaron mis ojos mientras mi madre hablaba con su hermana por teléfono del cáncer terminal de mi abuelo, de su padre. Una de las últimas veces que recuerdo haber llorado ante alguien. Mi madre suspiró y le dijo a mi tía que tenía que colgar porque me pasaba algo. Le enseñé todos los lunares y manchas que me había encontrado a mi madre, más de 60, la mayoría diminutos. Tenía que ser cáncer, aunque mi madre dijera que no. Mi madre, paradójica ama de casa totalitaria sin vocación de ama de casa, siempre se ocupaba demasiado de lo mío, pero para ella lo mío nunca era nada, finalmente. Madre antigua, madre moderna. Aquel marzo o aquel abril tapé con trozos de palillos las rendijas del zócalo de mi habitación por donde creía que salían o mejor dicho entraban bichos. Lío con mi madre cuando descubrió los palillos. Esa primavera pasé mucho tiempo solo en casa con mi madre de fondo y conocí mucho el suelo de mi habitación y el de la terraza de la cocina, esas baldosas de terrazo de dibujos infinitos en sí mismos que me recordaban a los lunares y las manchas de mis manos. Cuando volvía mi padre de la oficina me miraba y me miraba y me miraba mirar todo lo que yo miraba o no me miraba en absoluto. Padre antiguo, padre moderno. Yo entonces pensaba mucho en mi muerte, recuerdo que me parecía raro no morirse todo el rato, con lo fácil que era.

Este tipo de cosas son las que quieres que vayan saliendo, ¿a que sí?

Cuando estaba a punto de terminar mi última temporada como futbolista federado no marqué el gol de Maradona y no marqué el gol de Butragueño en el mismo gol. Lo que recuerdo: el balón rebota en un central de mi equipo, Vicente, creo, y va hacia mi banda, la derecha. Lo controlo, no es que lo recuerde, pero siento ahora el balón girando en mi bota derecha, perdiendo su carácter y cargándose de mí, miro hacia el centro, hago un amago de pase e inmediatamente regateo hacia la derecha. Conduzco el balón con varios toques cortos y regateo hacia la izquierda con un cambio de ritmo y un salto (siempre Maradona), todavía cerca de la banda. Doy un toque vertical y largo (Maradona) y miro al área, los dos delanteros están buscando su posición, me la está pidiendo Ángel en el segundo palo, Miguel está cubierto en el centro. Piso el balón hacia la izquierda y hago un recorte seco hacia la derecha. Voy en diagonal hacia la portería, el balón levanta un poco de cal del área grande y tengo una intuición de gol, me vuelve ahora un silencio de gente que se acaba de callar a la vez, expectante. Ángel cruza hacia la derecha entre un central y el lateral derecho del equipo contrario y se queda en una posición en la que no le puedo pasar. Miguel está en algún punto a mi derecha, se ha ido desplazando para abrirme espacios y la jugada ya no va hacia él. Encaro a un central y lo sorteo con un amago y un toque de la bota derecha hacia la izquierda y entro en el área pequeña. El otro central ha conseguido colocarse delante de mí, me paro (Butragueño) y, esto lo recuerdo con una intensidad de evidencia, el central mira al balón y a mis pies con miedo reconcentrado, agachado y con las piernas a punto de venderle. Recreo la percepción de no distinguir mis piernas del balón, de saber lo que iba a hacer sin querer ni poder pensarlo, hago el uno-dos otra vez y el central se desploma, aparece otro jugador rival y repito el mismo regate (Buitre, Buitre), he mantenido la cabeza abajo, la levanto levemente para ubicar al portero y tirar. Y entonces, en mitad de mi gesto de disparo con la derecha, aparece la bota izquierda de Miguel que roza mi bota antes de pegarle al balón para meterlo en la portería, pegado al poste izquierdo. Nos miramos. Uno, dos segundos. Miguel dice: Perdona, Marcos. Y no celebramos el gol. El silencio de antes sigue presente en el campo y la grada. Tres, cuatro segundos y empiezan los aplausos.

Clasificación final: Quedamos terceros detrás del Madrid y del Torrejón, el Alcalá acabó cuarto y su entrenador habló con mi padre, quería ficharme. Me lo contó, mi padre, como de pasada, ni él ni yo nos planteamos ese nuevo cambio de equipo, cada uno por sus razones. Hubo un acto, a todos los jugadores del Moratalaz nos dieron una medalla con baño de bronce. A mí me entregaron otra porque terminé como tercer máximo goleador del campeonato. El máximo goleador que no ha jugado de delantero, me dijo mi padre, e insistió en que me presentara a las pruebas del Madrid, como el año anterior. Lo dicho, no volví a jugar al fútbol federado. Tenía 12 años. Mi padre, uno de los supervisores de logística de una empresa importadora y fabricante de maquinaria de construcción, se dedicó durante meses a supervisarme con las cejas arqueadas al máximo cada vez que veíamos un partido de fútbol juntos por la tele. Ese recurso expresivo con las cejas se ha convertido en uno de sus tics con el tiempo.

¿Qué más? A ver qué veo.

Vacaciones de verano de dos años después, agosto. Nos fuimos de vacaciones mis padres, mi hermano, un primo de mi edad y yo a Miraflores de la Sierra. En el viaje de ida discutimos mucho sobre por qué no estábamos yendo a la playa, como todos los años. Mi padre se había comprado un coche nuevo unos meses atrás, un Opel Kadett con alerón, e íbamos montados en el dinero de las vacaciones costeras. La cosa no prometía. Sin embargo, seguramente son las vacaciones de las que más recuerdos tengo. El hotel se llama El Refugio y está a las afueras del pueblo. Tiene una piscina con animación nocturna. La animadora es una francesa rubia de una edad que se me escapa entonces. Pienso ahora que podía tener unos 22 años. Desayunamos y comemos en el hotel y todas las noches cenamos en el pueblo, casi siempre en el mismo restaurante, donde vamos mejorando de estatus. Pasamos de los manteles y servilletas de papel a los manteles y servilletas de tela. Las primeras noches sin aperitivo de la casa, luego con aperitivo de la casa. Sin chupito, con chupito. Mi primo y yo, chupito de granadina hasta que el dueño del restaurante convence a mis padres de que nos dejen beber chupitos de Martini rebajado con agua. Nos sabe fatal, a mi primo y a mí, pero algo es algo.

Después de cenar vamos a la terraza de la piscina. Nunca llegamos al comienzo de las actividades de animación. Nunca oímos la presentación de sí misma que hace la animadora, si es que la hace. No le pregunto a nadie su nombre, recuerdo que tenía mis razones, pero no puedo asegurar cuáles eran. Para los huéspedes españoles era la francesa. La mayoría de los turistas extranjeros alojados en el hotel, no hay muchos, son alemanes o me parece a mí que son alemanes. La animadora organiza juegos, hace preguntas y presenta canciones intercambiando el español, el alemán y el inglés. Mi impresión es que no domina ninguno de los tres idiomas, el español seguro que no. Sin embargo, muchos huéspedes participan, le siguen el juego, responden, bailan. La animadora lleva siempre unas mallas negras cortas, una camiseta blanca con el logo del hotel y chanclas. Me fascina que tenga las piernas de una pieza, el culo de una pieza y las tetas de una pieza. El pelo no lo tiene de una pieza, le cae irregularmente por los dos lados de la cara, se hace coleta, moño, nunca acaba de ser de ninguna manera.

Por el día hacemos excursiones mi padre, mi madre, mi hermano, mi primo y yo. O mi hermano, mi primo y yo nos bañamos y hacemos mortales en la piscina, le salen bastante mejor a mi hermano, que nos saca cuatro años. O mi primo y yo jugamos al fútbol en un campo de tierra destartalado que hay detrás del hotel. O yo escribo un relato en el césped de la piscina. En el relato hay un muerto, su cadáver aparece flotando en la piscina de un hotel. El muerto del relato tenía unos 20 años y no era huésped del hotel, pero su novia, que es más o menos de la misma edad, sí. La policía descubre que el veinteañero ha sido envenenado, ha bebido un cóctel con estricnina (debía sonarme entonces a veneno especialmente letal), y ha sido lanzado ya muerto a la piscina. Su novia ha desaparecido. Hay sospechosos entre los huéspedes del hotel, entre los vecinos del pueblo de costa en el que se ubica el hotel y entre los trabajadores del hotel. No recuerdo demasiado del desarrollo del relato. Mis padres insistieron después de aquellas vacaciones en que había que guardarlo bien y así lo hicimos. Y todavía lo conservo. A lo largo de los años, a veces he leído algunas frases sueltas de ese relato, nunca lo he leído entero. Se lo he enseñado y se lo he quitado de las manos enseguida a alguna pareja de cama, se trataba únicamente de que supieran que había escrito un relato de 20 páginas de cuaderno grande en las vacaciones de verano familiares de mis 14 años, supongo. No recuerdo el final del relato, solo sé que la novia del muerto no era su asesina, pero sí sabía que en el asunto estaba implicado el adolescente con el que se había fugado, un camello de hachís y marihuana. En realidad, me parece que podría decirse que el relato no tenía (no tiene) un auténtico final.

Una noche mi primo y yo conseguimos un permiso inédito para salir a los bares del pueblo con mi hermano y otros adolescentes del hotel. Mi primo y yo bebemos cerveza y Martini con limón y en un par de horas estamos muy borrachos. Nadie nos hace mucho caso, pero queremos aguantar, ver qué pasa. Nos recuerdo sentados en un banco de piedra corrido que cubre la parte baja de las tres paredes del patio interior de un bar junto al grupo con el que hemos venido. Intento concentrarme en recorrer con la mirada todo el banco sin que se me difumine la cara de ninguna de las personas que están sentadas, todas adolescentes o jóvenes, estoy poniendo a prueba mi borrachera. Lo intento de izquierda a derecha y no lo consigo, me río, apoyo la cabeza en la pared. Lo intento de derecha a izquierda y entonces veo a la animadora del hotel en el tramo de banco paralelo al mío, casi enfrente. Enfoco. Lleva un vestido negro con lunares blancos y unas zapatillas rojas. Las zapatillas rojas me resultan inauditas, las miro fijamente unos segundos y luego subo por sus piernas cruzadas y sus brazos al aire hasta sus ojos. Me encuentro con una mirada de prima maternal y bajo hasta una sonrisa burlona de aquí estamos, en el mismo bar y en distintas galaxias. Entonces le miro las tetas, el vestido que lleva tiene un escote poco pronunciado, pero se ve nítido un arco breve de cada teta. Ya no levanto la vista hacia sus ojos, cierro los míos, no quiero saber si me ha pillado mirándole las tetas o no, apoyo la cabeza en la pared, intento digerir lo vivido en los últimos segundos y en toda lo noche. Después miro al grupo de adolescentes del hotel, están atentos a la animadora y sus amigas, hablan de ellas, hacen amagos de cruzar el patio. Mi primo intenta meter baza y siguen sin hacerle caso. Me fijo en que mi hermano mira con la cabeza ladeada, con un gesto que me recuerda alarmantemente a mí, a la animadora. Mirando a los ojos de mi hermano, imagino lo que está haciendo ella, en qué y en quién se fija, cómo y por qué. De madrugada, en la habitación del hotel que compartimos mi hermano, mi primo y yo, me levanto, no he conseguido dormirme en ningún momento o eso creo, y me encierro en el baño. Empiezo a masturbarme, estoy sobreexcitado pero enervado y todavía borracho. No consigo una erección suficiente, noto que me estoy quedando dormido de pie, apoyado en el lavabo. Vuelvo a la cama.

Dame un momento, ¿vale?

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Venga, me voy al instituto, al que todos nos referíamos como el colegio.

Al colegio Claret, donde estudié la E. G. B., iba andando, tardaba en llegar menos de 5 min desde mi casa de la calle Zabaleta, corazón de la Prospe. Para ir a los Paúles tenía que coger el autobús, el 72, y cruzar con él la frontera entre Prosperidad y Hortaleza. Pienso en la Hortaleza de principios de los 90 y se me ocurre que estaba muy parqueada y muy descampada. Y algunos parques eran primos de los descampados. Para que los Paúles te concedieran una plaza en su colegio tenías que haber obtenido una buena nota media en los últimos tres cursos de E. G. B. y además debías superar un test de inteligencia y personalidad, por llamarlo de alguna manera. Te voy a contar algo relacionado con ese test que sucedió cuando terminé 2º de B. U. P. En julio, por sorpresa, llegó una carta a Zabaleta anunciando mi expulsión de los Paúles. Argumentos, dos (traduzco del lenguaje administrativo del colegio al mío): uno, mi manera de pensar y actuar no era compatible con los valores de la institución. No se especificaba nada al respecto. Otro: el tipo de inteligencia que yo tenía me hacía daño a mí mismo y a los demás, y un cambio de aires, es decir, que yo cambiara de aires, iba a beneficiarnos a todos. Tampoco había una definición o descripción de esa inteligencia dañina. La expulsión no se consumó. Fui con mi madre a hablar con el director de los Paúles y me readmitió. Este es Marcos, le dijo el director a mi madre, apoyando las manos en mi test de inteligencia y personalidad, desplegado en la mesa de su despacho. El director era un cura que parecía un bibliotecario de pueblo. Un robot bibliotecario de pueblo. Un robot de los 90. Era calvo, usaba gafas, camisas de cuadros pequeños y pantalones de pinzas. Marcos es uno de nuestros alumnos con mayor potencial, siguió el director. Sin embargo, pasa académicamente desapercibido. Y parece que no se siente cómodo con nosotros. Usted me garantiza que él quiere estar aquí y por eso va a seguir en nuestra comunidad. Pero que sepa que hasta ahora cada vez que un profesor ha fijado su atención en él, Marcos estaba realizando algún pequeño acto de sabotaje contra la clase, contra algún compañero o contra sí mismo. Su test y lo que sabemos de él después de los dos años que lleva entre nosotros indican que podría obtener unas calificaciones extraordinarias, las que se propusiera, y que no carece de habilidades sociales. Así que él puede, pero ¿quiere?

No sé si yo no quería o no podía ni lo que sabían o sabíamos o yo mismo sabía de mí. De todas formas, ¿cuántas veces le habría soltado el director ese mismo discurso o uno parecido a una madre o a un padre?

Y llegaríamos a lo fundamental de lo fundamental, ¿no? El centro de la adolescencia. Es a lo que se le suele dar una importancia definitiva, o se suele decir que se le da una importancia definitiva, lo otro en el fondo se considera arqueología sentimental no concluyente. ¿Tú también piensas eso? Los dos últimos años del instituto o colegio, te doy detalles.

Voy en el 72 en dirección a los Paúles después de comer en casa. Me paso de parada aposta, me bajo en la última parada, en el barrio de San Lorenzo, y me meto en un bar. Juego a una máquina de fútbol. Bebo solo, no he quedado con nadie, no me encuentro con nadie. Me bebo cuatro copas. O tres copas, tres vodkas con naranja. Algún parroquiano le dice al camarero que igual soy muy joven para beber así. Creo que se refiere a beber solo. Es un tío como un castillo, dice el camarero. Bueno, mido 1,78 m y peso 67 kg, ni soy ni dejo de ser. No entro a ninguna clase, tenía dos regulares y una extraescolar. Vuelvo en el 72, me paso de parada aposta, me bajo en la primera parada de la línea, en Diego de León. Me meto en el cine Victoria. Me quedo dormido. Llego a casa. No es demasiado tarde y nadie me dice nada concreto, pero todos me dicen algo, cada uno a su manera: ironía nerviosa de cejas de mi padre, desaprobación hiperactiva de ceño de mi madre, burlas de palabra de mi hermano sobre cualquier cosa, quiere que hable.

Más: Hace un par de fines de semana que no salgo de casa, estoy aburrido de repetir planes y del juego de humillaciones infligidas y recibidas en mis grupos de amigos del colegio y del barrio. Creo que pienso que voy empate en ese juego y no quiero empezar una nueva partida de momento. Estoy en el sofá viendo la tele. Mi madre me pregunta que por qué no salgo. Le digo en tono de broma que me ha convencido de lo de que Prosperidad y Hortaleza están hasta arriba de yonkies que me pueden robar. Me dice en tono serio que salga, que a mí no me va a pasar nada. En la tele están hablando del SIDA. Mi madre me dice: cuando salgas, ten mucho cuidado, que en el barrio hay unos cuantos que tienen la enfermedad. Entonces sí me va a pasar algo, mejor me quedo, ¿no?, le digo ya enfadado. Tres, cuatro segundos de silencio. Te estás equivocando, me dice. Y noto cómo me cubre una de las mayores olas de indignación que recuerdo haber sufrido, sí, en ese momento.

Otra: Estoy en el Bernabéu con mi padre viendo el partido de despedida de Butragueño del Madrid. No puedo hablar, no puedo llorar, estoy sobrepasado de verdad. Casi no me entero del partido. Miro continuamente de reojo a mi padre. Está rígido, más blanco y más delgado que nunca, más viejo. Me veo en él más que nunca. A la salida del campo nos vamos a un bar, como siempre que venimos al estadio. Apenas hablamos. En la tele del bar tienen puesto el Canal +. Nos vamos a abonar para ver todo el fútbol en casa, me dice mi padre mirando a la tele. Y añade en un susurro: En el Bernabéu no nos conocen. Ola de extrañamiento, muy intensa. ¿Cómo que no nos conocen?, consigo murmurar. ¿Qué?, me pregunta mi padre, sin mirarme. Ninguno de los dos dice nada más.

Mira, esta ya va a ser la última. Te va a encantar, aunque me va a quedar más larga.

Es el mayo de C. O. U. Desde principios de año salgo con Patricia, que es una de las chicas más guapas de mi clase, quizá la más guapa, y no es una de las chicas más guapas del colegio. O sí. Es viernes por la tarde y estamos sentados en el césped, enfrente de los Paúles. Pronto nos iremos con más gente al Tótem, uno de los bares de copas de referencia de la Hortaleza de entonces. Mi reojo se fija en una chica muy guapa que está cruzando el césped. La miro mejor. No es tan guapa, pero tiene una melena pelirroja muy llamativa. Se acerca, toca en el hombro a Patricia, que todavía no la había visto y dice: ¡Patri, tía! ¿Dónde te metes? Patricia se levanta. ¡Nuri! Se abrazan y empiezan a ponerse al día. A la tal Nuria no la conozco, no es de los Páules, dan dos o tres pasos cogidas de la mano y no puedo escuchar bien lo que se dicen. Por lo que me llega, deduzco que Nuria y Patricia son viejas amigas del barrio. Patricia vive cerca de los Paúles, después sabré que los padres de Nuria se mudaron hace unos meses a otra parte de Hortaleza y Patricia y Nuria ya casi no se ven. Vamos entrando en materia: hay un momento en que Nuria me mira callada tres, cuatro segundos. Vuelve a mirar a Patricia y le dice, lo leo en sus labios, lo entreoigo: ¿No has encontrado algo mejor? Otras conversaciones de ese día me van a salir aproximadas, recreadas, pero esa frase, esa frase fue la que fue, disfrútala, jajaja. Patricia se mueve lo justo para darme la espalda del todo y no me entero de lo que le responde.

Nos movemos hacia el Tótem. Somos seis o siete, allí nos encontramos con más compañeros y amigos de amigos. Bebemos, yo bebo mucho, no suelto los minis de cerveza. Entra mi hermano con unos amigos suyos, él también estudió en los Paúles y sigue viniendo al Tótem. Le pierdo de vista. Pierdo de vista a Patricia. Bebo, bebo, bebo más y hablo menos. Coincido en la barra con una amiga de mi hermano que me conoce. Rubi, vaya pedo llevas, ¿eh?, me dice. ¿Estás bien? Se llama Mónica y es increíblemente guapa, morena con el pelo rizado, unos ojos negros enormes y la boca y la nariz limpiamente dibujadas, perfectas. Hace unos dos años estuvo en una fiesta que montó mi hermano en casa un fin de semana que mis padres se fueron a Sevilla. Fue quien más me habló en la fiesta y casi la única invitada o invitado de mi hermano que no se dirigía a mí de una forma u otra como a una mascota. ¿Por qué iba a estar mal?, le digo apoyando dubitativamente mi codo derecho en la barra del Tótem. Respiro hondo, miro dentro de los ojos de Mónica en la medida de mis posibilidades. Nadie me llama Rubi, ¿eh?, no hagas caso al capullo de mi hermano. Jajajaja, tranqui, no quiero molestarte. Siempre me has parecido muy guapete y los años te están cayendo muy bien, me dice. Le digo: ¿Muy guapete? ¿Muy y guapete no se contradicen? Jajajaja, ¿qué dices?, me contesta. Digo esto, le respondo, y me acerco más a ella, que no se mueve hasta que intento besarla. Entonces, echa la cabeza hacia atrás, se ríe, apoya sus manos en mi pecho. Nooo, no, no, Marcos, eso no, me dice con una gran sonrisa, grande en todos los sentidos. Recuerdo cómo mi pecho me resulta más escuálido de lo habitual porque Mónica tiene sus manos en él. Me giro para apoyar los dos codos en la barra. Me sujeto la cabeza con las manos. Miro al suelo. Está lleno de colillas. Intento enfocar y contarlas.

Pido un tercio, quiero dejar claro que esta cerveza es solo para mí. Busco. La mayoría de mis amigos está en una esquina, cerca de los baños, no lejos de mí. Patricia no está. Nuria sí está, lejos. Mónica se ha alejado unos pasos y está de espaldas a mí hablando con una amiga suya. Me voy con mi tercio donde mis amigos. Núñez, ¿salimos?, le digo al amigo con el que he pillado hachís. Escondo el tercio entre los pantalones y la camiseta. Fuera está mi hermano en un grupo con amigos suyos y gente de otras generaciones de los Paúles. Patricia está con otro grupo intergeneracional. Núñez y yo rodeamos a los dos grupos y saludo con la cabeza a Patricia, saludo con la cabeza a mi hermano, no me hacen ni mucho ni poco caso ninguno de los dos. Me siento con Núñez en unos escalones que hay en una perpendicular a la calle del Tótem. Nos fumamos un porro a pachas, hablamos poco, nos reímos con cierta pereza. Final de etapa, hay personas y circunstancias de las que nos estamos despidiendo, Núñez y yo nos estábamos despidiendo, luego se confirmó. Y no hemos sido Historia.

Volvemos al Tótem. El grupo de Patricia y el de mi hermano, que ya no están fuera, se han combinado, es decir, sigue habiendo dos grupos, pero con diferentes miembros. Dentro hay más gente que antes. Voy delante de Núñez abriendo hueco. Me parece que me miran, sí que voy bastante mal, pienso, me agarro a ese pensamiento, creo que no quería pensar que me miraban a mí y no a mi borrachera. Cuando llego a la esquina de mis amigos estoy exhausto. Llega alguien y me pone un mini en la mano. Los tragos me vuelven a animar, echo otra ojeada general al Tótem. Mónica está a mi derecha y me está mirando, Nuria está cerca de la puerta del bar y me está mirando. Malas sensaciones, muy malas, mareas de pedo. Mi hermano entra en el Tótem, ¿dónde estaba?, y va hacia Mónica y su grupo. Patricia sale del baño. ¿Del baño? ¿Cuándo ha entrado? Le pregunto: ¿Dónde estabas? Me mira con una cara que solo puedo definir como de expectación aburrida. Pues en el baño, me contesta. No, me refiero… Bah, articulo. Sin más, la rodeo por la cintura con mi brazo izquierdo, la atraigo hacia mí y empiezo a besarla fuerte. Estiro el brazo derecho para soltar el mini sin mirar a quién se lo doy. Estamos enganchados un buen rato, a veces abro los ojos y a nuestro alrededor hay un borrón de luces, qué paradójicamente nítido me vuelve, aunque sé que en aquel instante percibía con claridad que Patricia y yo estábamos en miradas y comentarios. Nos damos aire, la cara de Patricia es de expectación curiosa ahora.

La llevo de la mano hasta la puerta sin sentir el pasillo que tengo que crear otra vez, solo la puerta, la puerta, la puerta, salimos y vamos a los escalones donde he estado fumando antes. Magreo fuerte, emociones un nivel por encima que otras veces, va a ser hoy, va a ser hoy, va a ser hoy. Patricia lleva una falda corta que se levanta un poco para sentarse encima de mí. Mueve las caderas con tensión. Está todo bien, me noto erecto, solo ligeramente entumecido por la borrachera. Necesito comprobar cómo está ella de verdad. Meto como puedo la mano entre sus bragas y sí, Patricia está muy mojada, su humedad es templada o casí fría, se me ocurre que es una humedad de calle y no de casa o algo así, pienso de pronto que se mueve demasiado espasmódicamente, con espasmos ensayados, pienso que no conozco ninguna calle de Prosperidad en la que la acera sea como la que hay encima y debajo de los escalones.

A la izquierda de los escalones hay una verja y un seto que enmarcan un pequeño jardín con cuatro árboles incongruentes y un césped descuidado. Saltamos al jardín entre risas nerviosas y risas (Patricia) y risas nerviosas y torpezas (yo). Pegados al seto no se nos ve desde la calle. Desde los edificios de alrededor nos pueden ver claramente, nos da igual. Nos tumbamos, nos medio desnudamos, me coloco encima de ella, veo que no estoy al máximo, pero casi. Penetro a Patricia, empiezo a empujar y hay choques de huesos, ella también es muy delgada. El encaje no es perfecto en las primeras embestidas, es como si yo me fuera o Patricia me echara hacia los lados, dentro de ella, me refiero, hasta que ella o yo o los dos cambiamos, mejoramos, nos acoplamos realmente. Va bien, vamos bien, no pienso mucho en nada hasta que la muerdo en el cuello y me sabe a su perfume y a su sudor. Imagino sin poderlo evitar las bacterias de nuestros genitales, nuestros vellos púbicos, nuestra piel follando o peleando, follando y peleando, comiéndose. Noto la humedad de Patricia más fría en mi pene, será que ya es más de la una y no hace tanto calor, será que está más húmeda, me fundo más, pienso menos, Patricia gime y gime más, me aprisiona fuerte por la espalda y los hombros con los dos brazos, creo que intenta hacer lo mismo con sus piernas y mis piernas, pero no lo consigue, abro un poco las piernas y ahora sí me rodea también con sus tobillos. Esos movimientos me devuelven consciencia, pienso que Patricia le está pillando el tranquillo, pienso en la palabra tranquillo, que me resulta totalmente absurda y vieja, el pensamiento se va enseguida, así tiene que ser, vamos, vamos, vamos, me empiezan a superar las sensaciones, me nublo, voy a correrme o voy a vomitar o las dos cosas, noto un desbordamiento total y abstracto, me salgo y llevo su mano derecha a mi pene para terminar así, Patricia me agarra fuerte, le da con todo y no pasa nada, estoy acorchado, me voy aflojando, paramos. ¿No te habrás corrido dentro antes?, me pregunta con más cara de decepción que de susto. Creo que no, a ver, ha habido un momento raro, en el que era todo demasiado, pero, balbuceo. Patricia se toca el vientre, los muslos, tiene grumos amarillentos y amarronados. Esto puede ser tuyo o mío. Marcos, tú siempre, me dice. Joder, yo siempre. Yo, siempre, nada. Nada de yo siempre, le digo. En silencio, saca un kleenex del bolso, se limpia, nos vestimos, nos ponemos de pie. Antes de saltar la verja, le pregunto: ¿Tú te has corrido? Me mira de lado y me dice: No lo sé.

Texto de Adrián P. G.
Coordinador de Microplán Madrid
comunicacion@microplanmadrid.com

Adriana Alcol es Malasaña

Adriana Alcol es coruñesa de nacimiento y su tierra le tira lo que más, pero también es malasañera vocacional. Su barrio de acogida en Madrid le ha inspirado el blog Esto es Malasaña y es uno de los escenarios principales de Minutos Impares, su primera novela, un texto fluido, sólido y evocador que te recomendamos de verdad de la buena.

Microplán Madrid: Quédate con uno de estos barrios de Madrid: Malasaña, Canillas o Chamberí.

Adriana Alcol: Te responderé como buena gallega que soy que depende para qué. Malasaña es mi barrio y lo siento como mi casa; de él me gusta especialmente sentir que es como estar en un pueblo en medio de una gran ciudad y que a pesar de que tiene unos cuantos “peros”, lo sigo queriendo igual. Canillas es el barrio de mi familia materna y durante el año 2015 viví allí durante una temporada en un pequeño apartamento cerca del Palacio de Hielo; de él adoro los recuerdos de la infancia, los bares que te sirven un vino y una tapa bien generosa a precios populares, que puedes hacer la compra en pequeños comercios y mercados que tienen productos de calidad y que no te dejan temblando la cuenta bancaria y sobre todo, me gusta esa vida de barrio que nunca ha perdido y la tranquilidad que me transmite. Y Chamberí es uno de esos barrios que disfruto como visitante, que me gusta especialmente de día y que no diría que no a vivir durante una temporada en una de esas casas con balcones que tiene frente a la plaza de Olavide.

MPM: En barra, ¿caña, vermú o vino?

AA: Siempre vino y a ser posible, godello.

MPM: ¿Eres de terraceo en azoteas, en patios interiores o a pie de calle?

AA: A pie de calle, y si puedo elegir, me encanta la terraza de el bar Gato en la plaza Dos de Mayo (que además, tiene un godello delicioso).

MPM: ¿Callos a la madrileña, bacalao rebozado o bocadillo de calamares?

AA: Llevo una dieta vegetariana desde 2016, pero si me lo hubieses preguntado antes de esa fecha, habría escogido el bocadillo de calamares.

MPM: ¿Dónde es más fácil que nos encontremos contigo, en el Prado, el Reina Sofía o el Thyssen?

AA: Creo que es más factible que me encuentres en pequeñas salas de exposiciones que en grandes museos, pero entre estos tres me quedaría con el Thyssen.

MPM: ¿Qué crees que ha hecho Madrid por ti?

AA: Creo que venir a vivir a Madrid en el año 2012 fue una decisión maravillosa; me abrió las puertas a llevar a cabo muchos proyectos que en mi cabeza solo eran sueños y que aquí poquito a poco se han ido haciendo realidad. Le recomendaría a todo el mundo que vive en una ciudad pequeña que disfrute al menos durante unos años de la vida en una ciudad grande y aunque la verdad es que en este momento de mi vida mi mayor deseo es poder regresar a A Coruña, sé que siempre voy a recordar esta etapa como una de las más bonitas que he podido experimentar. Siento que Madrid es una ciudad que me ha acogido y me ha abrazado desde el minuto uno que puse un pie en ella y por eso siempre le voy a guardar un cariño inmenso.

MPM: ¿Qué es lo último que has experimentado en Madrid?

AA: El pasado mes de noviembre presenté en Malasaña mi primera novela corta, Minutos impares, y esa sensación de sentirme arropada por mi gente y por mi barrio es algo que no voy a olvidar jamás. Madrid es una ciudad que desde fuera se puede ver como un lugar donde la gente siempre parece tener prisa, pero no es cierto, o al menos no siempre; Madrid es una ciudad que cuando aprendes a disfrutarla, te da experiencias maravillosas.

 

La fábrica de baterías del inventor del submarino Isaac Peral en Madrid

Google se hizo en 2014 con los dos edificios que hizo construir el militar de la Marina e inventor Isaac Peral en Madrid a finales del siglo XIX para que albergaran una innovadora fábrica de acumuladores eléctricos o baterías y una central térmica de electricidad. Tecnología punta absoluta de la época.

La fábrica de Isaac Peral en 1900 aproximadamente

El campus de Google en Madrid pretende ser un aglutinador de talento que favorezca la innovación colaborativa e impulse proyectos de startups. ¿Qué tal estará funcionando el asunto y a quién beneficiará? De momento, veamos qué se hizo con el talento de Isaac Peral.

La fábrica pionera de Isaac Peral, conocido sobre todo por ser el inventor del submarino, fue fundada en 1892 y tuvo su sede en los actuales números 7 y 9 de la calle Mazarrero, en el barrio Imperial, entre las Vistillas y el río Manzanares. Se trata de edificios industriales neomudéjares con algún anticipo racionalista, obra de Celestino Aranguren Alonso, que fueron luego reformados por Alfonso Fungairiño en 1934, Carlos Aguayo en 1998 y María José Valverde en 1999.

El acumulador Peral, la batería diseñada por el genio de Cartagena (Murcia) fue clave para el funcionamiento del submarino y diferentes máquinas industriales. A pesar de su relevancia inmediata, las autoridades españolas de la época dilapidaron el capital inventivo de Isaac Peral y la patente de la batería acabó en manos del belga Tudor. Tampoco el submarino se desarrolló en España, sino en Estados Unidos, Reino Unido y Alemania.

Texto y fotos de Adrián P. G. || Coordinador de Microplán Madrid || Editor, redactor creativo y SEO, social media manager || comunicacion@microplanmadrid.com

Relatos de Madrid (IV)

Otro para la serie de relatos de ficción, no autobiográficos, ambientados en Madrid que vengo publicando. Aquí tienes más.

Cortical

Marta me mira, sonríe y sigue encajando la bicicleta de BiciMAD en uno de los anclajes de la estación de la calle de Jesús. Transparenta, desde mí, la expresión de su cara casi cuatro años atrás (sobreentendido, expectación, autoconsciencia), cuando tuve que volver a la oficina porque me había dejado el móvil y ella me abrió la puerta, yo no tenía llave. Abrió y, antes de que habláramos (pasaron casi tres segundos, estoy seguro), Marta consiguió encabalgar levemente la rodilla izquierda sobre la derecha (¡de pie!), apoyar el pecho en una inspiración sostenida y poner esa cara (la cara que ahora veo en su cara). A mí, allí, delante de sus gestos, en aquellos casi tres segundos me atravesó un fogonazo de una visión (anticipación mental que no se cumplió) de los dos en la sala de reuniones, al borde de la mesa, decidiendo con las miradas y los cuerpos qué hacer.

Entonces ella era la gaming community manager del horario de tarde en The Life You Make. Yo hacía allí lo mismo que Marta, pero de 10 a 6. Coincidíamos entre las 4 y mi hora de salida, que yo acabé retrasando al menos un par de días a la semana para pasar un rato con ella a solas, los informáticos eran los únicos que tenían también posiciones a turnos en la empresa y no trabajaban en las oficinas de la calle Orense, como nosotros, sino en otras en Alcobendas. Nos sentábamos uno frente al otro y hablábamos del traspaso de la comunidad. Muchos de los usuarios gamers de la plataforma para la que trabajábamos, muy activos y empoderados, siempre demandaban que Marta, en la forma de su avatar Yshe, estuviera al tanto de lo que había pasado antes de su llegada. Hablábamos también de lo atípico de lo típico en cuanto a series y música y de planes atípicos en lo típico para experimentar Madrid.

Marta me mira, sonríe, no mucho, 10 grados por comisura, y avanza hacia mí. Yo podría estar en la acera, pero estoy en la calzada. Podría haberme acercado más a ella mientras aparcaba la bicicleta, pero no lo he hecho. Ella llega hasta mí con unos pasos un poco más largos de los que le recuerdo. Lleva unas medias grises (vibran en mi reojo, me encantan), un vestido recto que es de color negro de pecho a cuello y verde de pecho a rodilla y un gorro de lana de un gris más claro que el de las medias. Creo que está más delgada que la última vez que quedamos los Makers, hace medio año. Es posible que la sensación de mayor delgadez me la genere su vestido, que puede contener menos aire de lo que parece entre las tetas y las caderas.

Enfrente de mí, empina su sonrisa y me dice: Holi no, ¿no? ¿Qué tal? Digo: Holi no, correcto. ¿Cómo vas? Dice: Pues rodando, que he vuelto a la bici y si hay cuesta, como no cuesta con los 250 vatios de las bicis de BiciMAD, ahí voy, toda potente. Digo: ¿Dónde pillas la bici? Dice: Hoy y normalmente en la estación de Batalla del Salado. Y hablando de salado (le da unos golpecitos al culo de su bolsa de tela), vengo a todo anacardo. ¿Pillamos cerve o tienes? Digo: Tengo, tengo, cerve no me falta. Mientras no me chapen Más que Cervezas, ahí en Antón Martín, en mi casa siempre podrás encontrar cerveza atemperada. Dice: Con el biciclismo, últimamente yo las solicito en la webshop de Be Hoppy, y presto me llegan y menos agitadas que si las cargara yo, esa gente funciona muy bien. Digo: ¿Iremos? (Señalo con la cabeza la dirección a mi casa). Dice: Estamos yendo.

Giramos en Lope de Vega y hago que bajemos por la acera de Comisiones Obreras y el Ministerio de Sanidad para que Marta vea con perspectiva la fachada de mi edificio. Y, como hago siempre que alguien se acerca a mi casa por primera vez, me fijo muy mucho en su reacción cuando ve aparecer la fachada con la verja, el paso de carruajes, el portón, los invernaderos. Marta hace un par de movimientos de pájaro con su cabeza hacia mí y hacia el edificio y dice: Pero, por favor, Samu, qué maravilla es esta… Cruzamos la calle y ella estira todo el brazo derecho hacia el número 47 del edificio. Dice: Es un número art déco. Digo: Creo que sí. Venga, te voy a hacer el tour de las escaleras principales y el patio, que es lo mejor que vas a ver por aquí.

Entramos y le enseño la escalera principal derecha. Dice: Wow (Guouuu), qué bonito ajedrezado y qué abierta la espiral. Maravilla. Yo ronroneo. Salimos al patio, voy a decir algo sobre la fuente y los bancos de piedra, pero ella se sienta en el pozo y dice: ¿Fumamos? Se sienta en el brocal y percibo que ha tomado posesión del patio y ya no cabe que se lo explique. Digo: Líate lo tuyo, yo igual me fumo uno luego. Dice: Para que digan que solo hay pesadeces en los grupos de WhatsApp, ¿eh? Cómo te vino que la tía de Sandra quisiera alquilarle su apartamento a alguien con referencias, maldito, cazaste esta bicoca al vuelo. Digo: El grupo Makers siempre ha sido el colmo de la utilidad. Entre las subastas de vino ecológico de Villi y el reparto de fruta… Y que nos seguís convocando a los alumni a las cañas, claro. La casa no sé hasta cuándo la voy a poder pagar, eso sí. La poscrisis o crisis permanente o lo que sea lo que estamos viviendo se me puede llevar por delante cualquier día de estos. Dice: Si te puedo ayudar…

Estamos un buen rato callados. Marta es una de las personas que mejor se calla de galaxia. Es pura tranquilidad intensa. Mientras calla, me balanceo levemente en mis Sketchers, con las manos en los bolsillos de mis pantalones de camuflaje. Me fijo en que lleva unas New Balance de un gris muy parecido al de su gorro. Parpadea y dice: ¿Lo apago en tu casa? Digo: Venga, subimos. Ahora viene la decepción, ¿eh? Para empezar, a mi casa se llega por la antigua escalera de servicio del edificio. Y eso, que el apartamento no es nada. Dice: No ni nada. Las fotillos que he visto, con esos ventanales, barbaridad.

[Aperitivo: Anacardos y coquitos comprados por Marta en Granel Madrid y maridados con IPA comprada por Samuel en Más que Cervezas. Cena: Tofu al curry cocinado por Samuel. Ensalada de lentejas y arroz con verduras cocinada por Samuel y completada con kimchi comprado por Samuel en Nan-Yea Market, platos maridados con vino ecológico comprado por Samuel a la cooperativa Vino de Tierra].

Dice: 32 años tienes tú, ¿no? Y ¿hace cuánto que no bebes copas? Digo: Diría que hubo una línea como por otoño de 2015. Sí, eso, tres años y medio o así. Con excepciones, claro. Dice: Pues yo, más o menos. Mi línea fueron mis 25 y soy del 90. En fin, nací vieja en la vejez del siglo. Digo: También te digo, que a cervezas y vinos se llega perfectamente al pedo máximo. Dice: Yo pocas veces ya, la verdad, al final tampoco bebo mucho de nada, creo.

Está sentada en mi sofá, que es su sofá desde que se ha acomodado en él. Supongo que está cómoda en esa postura, sentada sobre sus rodillas e inclinada hacia mí. A veces, cuando sostiene la copa en la mano derecha, apoya la cabeza en su hombro izquierdo. Me doy cuenta de que esa combinación, rodillas en el sofá, vaso en la mano y cabeza en el hombro, me irrita, supera una barrera. Quiero a Marta a este lado de la barrera o en la barrera, no sé dónde estoy yo, pero quiero que esté a mi lado. Digo: Entonces, ¿estás contenta en Arganzuela? ¿Seguro que es el nuevo Tribunal? (Sonrío y noto que enarco las cejas). Dice: Lo de que Arganzuela es el nuevo Tribu lo dice Sara, ¿eh? Yo no. Pero sí, hay aliento por allí, están los teatritos y eso. Digo: Al final, sigue siendo un barrio, que eso se echa de menos a veces, yo aquí estoy a gusto y, cómo comentarte, inspirado, con perdón. Cuando voy al Gredos, que todavía es mi bar de mi Moratalaz, pues estoy a gusto y nostálgico. El barrio importa. Dice: El barrio importa, en negativo y en positivo. Mi Carabanchel, el de la colonia de la Prensa, el Domínguez, y mira, hasta el del parque de Pan Bendito, me lo das o te lo quito, todavía me llega. Sin embargo, no volvería ni de broma final. La misma conversación que tenía con 17 años no la quiero ya. Digo: Vale… Solo que en la conversación de antes hay verdad. Ni de lejos toda la verdad, por supuesto. ¿Seguimos con el pseudocopeo con vino? Dice: Vamos con la penul, que este viernes tan guay pide una más.

[Samuel toma dos copas más y Marta una. Samuel va al servicio mea y se mira en el espejo. Marta entra en Instagram, contesta dos mensajes directos y deja otros dos sin contestar. Entra en Spotify y busca una lista de reproducción para la vuelta en bicicleta].

Sí, espejito, estoy demasiado blanco y mi pelo es incoherente respecto a cualquier coherencia. Vuelvo al salón midiendo mis pasos por el pasillo. Entonces, recuento de elefantes en la habitación que aparecen por aquí y por allá cuando veo a Marta: tensión sexual, mi salida de la empresa, su ascenso en la empresa, valga la redundancia, y las razones por las que nos seguimos viendo. Y no soy capaz de resolver una mierda, la manada de elefantes me pasa por encima todas las veces. Dice: Me voy a tener que ir marchando, señor Crono. Digo: Hostia, Crono, hacía mogollón no me llamaban por mi nombre Maker, ni en el grupo. Tenías que ser tú… Dice: En mis contactos eres Samu Crono desde el principio de los tiempos. ¿Qué quieres decir con que tenía que ser yo? Digo: No, pues que… Mira… Al final no es tan cómodo el sillón, ¿eh? Ya te has sentado normal. Dice: Normal que cambie de postura, mi espalda ya no me da para hacer mortales. Digo: Con lo de Crono me refiero a… Bah, yo qué sé. En la ofi todo bien, ¿no? Dice: Ya sabes, siempre te lo digo, no es la de hace unos años, no es la nuestra. Desde la última compraventa seguir trabajando alrededor de lo humano dentro de la lógica del negocio es cada día más difícil. Y lo de tener un equipo volátil, no es lo mejor, desde luego. En eso estamos.

Nos callamos. Marta llevaba un rato con las piernas cruzadas. Ahora las coloca en paralelo y apoya las manos en las rodillas. Pienso que mi casa, o mejor, la casa, ya es hora de que me vaya despidiendo de ella, tiene, sí, grandes ventanales en la cocina, el salón y el dormitorio. Es rara, esta casa, como muchas de las del centro de Madrid que proceden de divisiones de grandes pisos antiguos. Está desordenada, el baño está a la entrada, la cocina es un cuadrado casi tan grande como el salón y la puerta del dormitorio está en el centro del salón. Y pienso que he disfrutado y he sufrido esta casa porque no es una casa lógica, no es un contenedor de lógica. También pienso que, como autónomo de la multitarea digital, la falta de orden no me conviene nada. Pienso en el desorden a los 32 años. Cierro el ventanal del salón, ya no hace calor, el aire se mueve. Hace viento. Pongo la mano en la rendija, noto cómo me roza una lámina de viento. Me doy la vuelta hacia Marta.

Digo: En eso seguís.

Texto de Adrián P. G.
Coordinador de Microplán Madrid
comunicacion@microplanmadrid.com

La era de trilla de Hortaleza

En los distritos de la periferia de Madrid hay barrios que fueron pueblos hasta mediados del siglo XX y, si te fijas, se nota. Se nota que antiguos pueblos como Villa de Vallecas, los Carabancheles, Vicálvaro, Canillejas u Hortaleza tienen un carácter diferenciado que se hace patente en un patrimonio histórico singular que en general, por desgracia, no se pone en valor y ha sufrido numerosas amputaciones.

El distrito de Hortaleza engloba barrios que pertenecieron a los precedentes municipios de los pueblos de Hortaleza y Canillas. Ambas localidades nacieron en la Edad Media en el contexto de la Reconquista.

Vente, vamos a la periferia sur del pueblo de Hortaleza en un momento concreto, mediados del siglo XVIII. Llegando desde Madrid por el Camino de Hortaleza a esta población se observa una colina a cuyo pie hay arroyuelos. Levantando la vista aparecen quintas de recreo y agropecuarias de nobles que ocupan las laderas y parte de la cima, donde también se arracima el escaso y sencillo caserío del lugar.

La quintas principales del sur de Hortaleza eran entonces la de los duques de Alburquerque, que pasaría enseguida al marquesado de Santa Cruz de Mudela vía matrimonio y que ocupaba el terreno donde hoy se ubica el parque de Clara Eugenia, y la de los Duques de Frías, situada en el actual parque de la Huerta de la Salud.

Como hemos indicado, estas fincas servían para el recreo palaciego de los nobles titulares y sus invitados, pero también contaban con explotaciones agropecuarias. Al oeste de la quinta de los Alburquerque y Santa Cruz, en las calles conocidas hoy como barrio de Orisa, quedan vestigios de aquella función, como restos de una antigua noria o de lo que vas a ver ya mismo, una era de trilla, la única que sobrevive en el municipio de Madrid.

No sé cómo lo ves tú, a nosotros nos parece entre increíble y demencial que se permita la utilización de la era como aparcamiento. Por supuesto, no hay ningún cartel explicativo sobre la era ni la noria ni nada de nada. Si ocurre, lo de la ausencia de relato, con elementos constitutivos de la Historia de Madrid como las Casas a la Malicia, quién iba a esperar otra cosa tan lejos del centro de la ciudad.

¿Qué es una era de trilla? Es un espacio empedrado en el que se separa el grano de la paja de un cereal mediante la utilización de un trillo, que es un instrumento que consiste en un tablón de madera en cuya cara inferior se incrustan piezas de pedernal o de diferentes metales. El arrastre del tablón con un peso encima, normalmente el del propio agricultor, sobre la era con el cereal dispuesto en ella es lo que produce la trilla.

Vamos a subir a nuestras redes sociales un vídeo de la era de trilla de Hortaleza. De la era de la que queda algo, porque ha desaparecido otra cercana a la que aún es visitable. También puedes pedirnos que te la enseñemos, por supuesto.

Era de trilla de Hortaleza, calle Azagra s/n.
Texto y fotos* de Adrián P. G.
Coordinador de Microplán Madrid
comunicacion@microplanmadrid.com

Editor, redactor creativo y SEO, social media manager

*Las fotos del trillo son de Wikipedia.

Un día en el Norte de Madrid

Tienes un día para ti y quieres llenarlo de disfrutes variados. Es un día, no puedes alejarte demasiado. Pues si miras al norte de Madrid, encontrarás mucho que hacer sin recorrer demasiados kilómetros.

Mañaneo serrano

Madruga que hay planes y más planes. Enfila hacia la Sierra Norte de Madrid y en una hora podrás empezar a hacer una de las rutas de senderismo o en bici habilitadas en el valle del Lozoya, la Sierra de la Cabrera, la Sierra del Rincón o el Valle del Jarama. Riqueza paisajística, frescor y bonitos pueblos van a maravillarte los ojos: Bustarviejo, Navalafuente, Rascafría, Navarredonda, Torrelaguna, Patones, Buitrago de Lozoya y sus alrededores merecen el desplazamiento por sí solos.

Es verdaderamente impresionante el desglose del patrimonio natural e histórico artístico de la Sierra Norte de Madrid. Para no cansarte a base de exhaustividad, citaremos tan solo que aquí puedes visitar el abedular de Canencia, el bosque mixto de hayas y robles del monte de El Chaparral, el Monasterio del Paular, el Pontón de la Oliva… Por supuesto, todo ello es inabarcable en una sola visita. Te recomendamos que selecciones una ruta guiada por tu tipo de campo preferido y un pueblo cercano para la mañana de tu día norteño.

Sierra norte madrid

De comer, arroz

En el camino de vuelta a Madrid capital, te proponemos degustar un arroz de los buenos. Hay una arrocería en Alcobendas, con sedes también en Montecarmelo y Tres Cantos, que es parada obligatoria en el Norte de Madrid. Te hablamos de Arrocería Formentera, donde es imprescindible pedirse un arroz, por supuesto, y donde también clavan platos de pescado como el atún de almadraba o la fritura variada y carnes como el solomillo de vaca vieja o el Rib Eye de lomo alto.

Pero dale al arroz, haznos caso, hay muchas opciones como el arroz negro con chipirones, el arroz a banda, el meloso de boletus y rape o el meloso de carabineros que vas a gozar hasta el último grano. También disponen de servicio a domicilio, por cierto.

Bajar la comida en un parque forestal

Se impone un paseo para favorecer la digestión, y para ello te señalamos el parque forestal de Valdebebas-Felipe VI, en el distrito de Hortaleza. Es muy curiosa su silueta, que representa a un gran árbol. Su extensión aproximada es de 470 hectáreas, divididas es diferentes áreas mayoritariamente forestales.

La zona central es el corazón del entorno. Se subdivide en los denominados espacios de Copa y Campo Abierto, que representan la mayor superficie del parque forestal. Incluye ámbitos de carácter jardinero que tienen una finalidad vertebradora, al servir de orientación dentro del mismo, y que aportan carácter debido a su singularidad. Se trata del Laberinto (con una estructura central de madera en forma de espiral ascendente y un mirador), del Arboreto (donde de cinco cubetas afloran islas con formaciones vegetales) y de las Terrazas (superficie compuesta por una serie de plataformas ajardinadas con desarrollo en cascada descendente hacia el río).

El Parque El Capricho

Avanzada la tarde, hay tiempo todavía para pasarse por el barrio de la Alameda de Osuna, en el distrito de Barajas. En él hay dos hitos monumentales a no perderse. El más conocido es el Parque El Capricho, uno de los más bonitos e interesantes de todo Madrid. Es un parque histórico, construido entre 1787 y 1839 por encargo de la duquesa de Osuna. Tiene los aires neoclásico y romántico que le corresponden por la época en la que se creó, si bien es este segundo estilo el más presente por ser quizá más acorde a la personalidad de la duquesa. La noble quiso tener un espacio de recreo a las afueras de Madrid y para ello ordenó la edificación de un palacio en la Alameda con su ajardinamiento correspondiente. El conjunto abarca una extensión de 14 hectáreas en los cuales se suceden placeres estéticos como los que procuran el Casino de Baile, el Laberinto, el estatuario y las fuentes y la propia naturaleza, a la que desde el proyecto original se le permitió expresarse en grandes espacios sin una excesiva intervención del hombre para encarrilarla.

En el Parque El Capricho, cerca del Palacio, hay un búnker de la Guerra Civil que albergó durante la contienda el Cuartel General de la Defensa de Madrid. Es visitable, pero hay que reservar plaza con mucha antelación.

¿Un castillo en Madrid, Madrid?

Por último, queremos hablarte de un secreto de Madrid que te va a sorprender: en el municipio capitalino hay un castillo del siglo XV, el castillo de la Alameda.

Construido como castillo señorial, ha sufrido diferentes transformaciones a lo largo de los siglos.  Originalmente se ubicaba entre las aldeas medievales de la Alameda y Barajas. Su primer propietario fue el Señor de Barajas, Juan Zapata, para quien tenía una función militar además de residencial. En el XVI se convierte en un palacio renacentista de recreo de diferentes aristócratas madrileños. También le afectó la Guerra Civil, periodo en el que fue empleado como fortín del bando republicano. En el entorno se conserva un nido de ametralladoras.

Un día bien completo, ¿no? Próximamente, más madrileñadas.

Gandia: una ciudad con historias

Más allá de los atractivos turísticos de Gandia (es el nombre oficial, olvídate de la tilde) y de esa playa que hace las delicias de los bañistas, Gandia es una ciudad con historias. Las que tú escribes cuando disfrutas de esos baños en el Mediterráneo, de los momentos compartidos con tus familiares o amigos, de los paseos por la ciudad y, en definitiva, de tus vivencias en Gandia mientras disfrutas de tus merecidas vacaciones. Pero también las que hablan de familias influyentes, de personas delicadas y de un pasado que se remonta al paleolítico.

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Conociendo a la familia de los Borja

La historia de Gandia alcanza su relevancia en el siglo XIV, cuando Alfons el Vell eleva la villa de Gandia a la categoría de Ducado, comenzando la construcción del Plan Ducal que en parte ha llegado hasta nosotros. Es precisamente en el Palau Ducal donde los duques Borja residieron y en tu visita descubrirás donde nacieron y vivieron muchos de sus descendientes. Nada más entrar te sorprenderá su patio pero no te quedes ahí y sube esas escaleras que te llevarán a estancias tan interesantes como la Galería Dorada o el salón de las Coronas. Una visita más especial si realizas la visita guiada nocturna (20:30 horas).

Una opción muy interesante es disfrutar de actividades tan singulares como El Tast de la Duquessa, unas jornadas gastronómicas maridadas con cerveza artesanal, ver una película en el patio del Palacio Ducal, o cenas borgianas a ritmo de jazz en directo (24 de julio y 21 de agosto).

Guarda fuerzas porque debes también pasear por el casco antiguo para admirar monumentos tan importantes como La Colegiata de Santa María, el convento de las Esclavas o el Convento de Santa Clara… Un paseo que te hará recordar aquellos tiempos en los que la familia de los Borja paseaba por estas calles.

La joven más delicada de Gandia

Eres más delicada que La Delicà de Gandia”. Esta frase hoy no te suena pero Gandia es una ciudad con historias y la Delicà de Gandia es una de ellas, como demuestra esa frase que se suele decir en la zona para criticar a personas que son demasiado escrupulosas o tiquismiquis.

Según la leyenda, a esta mujer que vivía en Gandia le cayó un pétalo de jazmín en la cabeza y se murió. Esa es la historia que circuló por la ciudad pero, en realidad, ese pétalo del jazmín que le había caído pertenecía a uno de los ornamentos del rosetón de la Colegiata de Gandia. Este pétalo de “jazmín” que impactó en su cabeza pesaba más de 400 kilos. Desde este momento, se empezó a extender la leyenda sobre esta joven que era tan delicada que le mató un sólo pétalo de una flor.

La cueva donde empezó todo

En tus días en Gandia encontrarás la ‘Capilla Sixtinadel paleolítico: la cueva del Parpalló. Se trata de uno de los yacimientos arqueológicos más importantes de Europa porque allí habitaron algunos de los primeros Homo sapiens que llegaron a la zona. Además, es el santuario prehistórico más importante de la religión mediterránea peninsular. Su importancia es tal que no debes perderte su visita, y más si te apetece respirar aire puro de la montaña.

El castillo de Bairen, el origen de Gandia

Situado en lo alto de una colina, el castillo de Bairen es el primer edificio relevante de la ciudad y, alrededor de esos muros ocurrieron muchas historias. La más significativa es que la crónica de Jaume I relata como, tras pactar con el alcaide de esta plaza la rendición del castillo en un plazo de siete meses, el rey exigió como prueba de confianza que el musulmán le entregara como rehenes a su hijo y dos sobrinos.

El alcaide no cedió en este punto, pero ofreció al monarca cristiano una declaración jurada del pacto y la cesión de la torre albarrana, por lo que Jaume I decidió aceptar el trato. Una vez finalizado el plazo el rey volvió al lugar y el alcaide cumplió con su palabra entregándole el castillo.

Su visita no es solo interesante por la historia que encierra sino también porque las vistas son increíbles.

Gandia es una ciudad con historias y tú también debes dejar la tuya mientras disfrutas de esas tan merecidas vacaciones.

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El Renacimiento de La Tristura

Ha sido estremecedor en el mejor sentido volver al teatro. Ver la Sala Verde de los Teatros del Canal con aforo reducido y los palcos sin ocupar es descorazonador, pero aun así.

Muy interesante la obra Renacimiento de la compañía La Tristura. Es metateatro diferente (más bien metatramoya), y te lleva a momentos destacados de los últimos 45 años, los del último periodo democrático de España, sin moverte del presente más presente. Se muestra en el escenario reflexiones sobre el fluir de la sociedad desde la intrahistoria de un grupo de técnicos de un teatro. Identidad y crisis, construcción individual y colectiva son los vectores de la función. Encontramos en el texto y la dirección varios y variados aciertos y algún problema de ritmo.

Aplauso fuerte para l@s imbéciles (poc@s, pero l@s ha habido) que se quitaron la mascarilla durante el espectáculo. Sí, es obligatorio llevarlas puestas. Y si queremos que sigan subiéndose telones y que no se bajen los que ya se han subido, hay que hacer las cosas bien.

Hasta el 12 de julio.
Entradas: entre 7,50 € y 15,50 €.
Horario: Consultar sala.
Teatros del Canal, calle Cea Bermúdez, 1.

Ya se ve Cádiz desde Madrid

Y entonces pudimos salir de Madrid… Los habitantes de la capital ya nos movemos más allá de los límites de nuestra comunidad autónoma. La evolución de la epidemia de Covid-19, según los datos recogidos por las autoridades sanitarias autonómicas y difundidos por las autoridades sanitarias estatales, así lo permite.

Nosotros vamos a seguir trabajando en nuestras cosas madrileñas por el momento, pero ya tenemos destino para la primera escapa veraniega: ¡Cádiz, espéranos! Es una de las provincias españolas que más ofrece al visitante, hemos ido, vuelto y revuelto. En este verano tan especial, toca pasarse por allí otra vez.

Mira, cuando se habla de Cádiz como lugar de vacaciones, enseguida salen a relucir playas como las de Bolonia en Tarifa, Zahara de los Atunes o Costa Ballena en Rota. Son una maravilla, lo sabemos por experiencia. Pero las vacaciones gaditanas de las que tenemos mejor recuerdo son las que pasamos en la propia capital de la provincia, en ese Cádiz puro y duro que muchos turistas pasan por alto. Vamos a compartir nuestras vivencias de la Tacita de Plata, apodo de una ciudad que fue fundada por los fenicios en el 1100 a. C. aproximadamente con el nombre de Gadir.

Muy recomendable antes de empezar el callejeo por la ciudad es subir a la Torre Tavira. Desde este punto hay unas vistas excelentes del casco histórico de Cádiz. La Torre Tavira se construyó a mediados del s. XVIII y fue designada torre vigía oficial del puerto de Cádiz en 1778 por estar situada en la cota más alta de la ciudad (45 m sobre el nivel del mar. En Cádiz no hay cuestas. Se encuentra situada en la Casa-Palacio de los Marqueses de Recaño (actual Conservatorio de Música) y es de estilo Barroco. Su nombre es el del primer vigía que la gestionó, el teniente de fragata D. Antonio Tavira. La Torre Tavira dispone desde 1994 de una cámara oscura para ver más lejos y mejor.

El barrio más antiguo, que no el más conocido y transitado de la ciudad, es el de Pópulo. Conserva tres arcos que fueron puertas de entrada al Cádiz medieval, heredero del romano, que tenía Gades por nombre, y del musulmán. En el barrio del Pópulo está la catedral barroca de Cádiz y los restos del Teatro Romano. Y calles, calles y más calles con algo especial. El cercano barrio de la Viña sí esel que cualquiera que haya puesto los pies en Cádiz ha vivido con más intensidad. Es el núcleo de los Carnavales y todo el año sus calles son las del tapeo, el bullicio y la alegría.

Malecón_de_La_Caleta,_Cádiz

La playa de la Caleta concentra las miradas de gaditanos y visitantes al atardecer. Es la mejor playa urbana de la que hemos disfrutado, así de claro, por su belleza natural y la del entorno arquitectónico. Destaca por su limpieza, tema crucial en una playa urbana.

Para finalizar, que en estos repasos es mejor no ser exhaustivo y robarle capacidad de sorpresa al lector y posible visitante, hablaremos de la gastronomía gaditana, que es excelente. Insoslayable el atún rojo en temporada. Las tortillas de camarones es en Cádiz donde hay que comerlas. La caballa con piriñaca, por favor, no te la pierdas, qué cosa tan buena. Y pescaíto frito, que no te falte.

La mayoría de madrileños llegan a Cádiz en coche para poder moverse con él por la provincia. Si quieres quedarte en Cádiz, te recomendamos que viajes en tren, vas a tardar solo algo más y la paliza va a ser mucho menor. Cádiz está a más de 650 km de Madrid.

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Relatos de Madrid (III)

Este es el tercer relato de ficción (repito, nada de lo contado es autobiográfico) que sale por aquí de la serie de ellos que estoy escribiendo sobre tipos y tipas que se mueven en el Madrid actual, con la ciudad como fondo necesario para explicar su identidad. Si alguna editorial se anima, acabarán formando parte de un libro.

Título: El cubo del cuadrado 

Tengo más vecinos, pero tengo dos vecinos: Roncador Tosedor Suspirador y Enfermera Pirada. RTS ronca, tose y suspira en un apartamento del sexto, al otro lado del patio interior. EP es la única otra inquilina de la planta en la que vivo yo, la séptima bis y última, su puerta está enfrente de la mía. Durante dos años me cruzo con EP en el rellano, en la escalera, holadiós. Habla alto, oigo sus conversaciones telefónicas, que muchas veces tienen un punto de no normalidad difícilmente definible, un punto desorbitado. La veo con un tipo, no la oigo con él. Estoy seguro de que oye mi guitarra, y vaya (mal) lo que hago yo con mi guitarra, pobre. Me ve con algunas tipas (con perdón, se ha dado así el tema), no sé si me oye con alguna de ellas, yo diría que con alguna, sí (con perdón).

A RTS solo lo detecto como sí mismo un día que sube a mi casa por una avería, más de un año después de que yo me instalara en el edificio. La reverberación del sonido en el patio me había escondido su voz entre la de otros sospechosos, cuando hablamos queda claro que él es RTS porque tose, sí que tose, y es la tos que vengo oyendo, mientras ponemos en marcha la resolución de la mojadura del techo de, me dice, su cuarto de las cosas, donde solo entra cuando necesita algo de lo que tiene por ahí. Muy bien, suena todo muy bien, la tos invencible y el cuarto de vete a saber qué cosas (y cuántas).

Sigo hasta el final: se decreta el confinamiento, enseguida se me empiezan a caer los proyectos, solo me queda el diseño de una web por terminar, la de una asesoría legal. Le insisto a mis potenciales clientes, pero nada, recibo respuestas dilatorias o negativas a todos los presupuestos que había enviado. En apenas cuatro o cinco días el trabajo pasa al plano de lo irreal, y eso que no dejo de echarle horas, poco productivas, eso sí, a mi único cliente. En el plano de la realidad, vivo que mis padres están bien y mis amigos probablemente coronados no están bien, pero no están fatal. Todos están pasando la enfermedad en casa. Unos han llamado al teléfono de información sobre el coronavirus, otros no. Ninguno recibe más atención médica que la telefónica y la mayoría de los que han llamado, ni eso.

En el plano de la hiperrealidad estoy no sano, algo enfermo, enfermo. O no, es lo que tiene la hiperrealidad. El caso es que empiezo a toser y en unos días toso más que RTS. De hecho, parece que cuanto más toso yo, menos tose él. Cuando sale de su casa, EP se queda un momento entre su puerta y la mía escuchándome, la noto. Mis amigos posiblemente coronados me cuentan la evolución de sus síntomas, unos van mejor que otros, mejor o peor que yo, los síntomas de unos son más similares a los que tengo yo que los de otros. Casi todos mis amigos posiblemente coronados y muchos de mis amigos sanos están desarrollando costumbres neuróticas de manual. Yo estoy ahí, ahí.

Llevo casi dos semanas encerrado y tengo que bajar la basura, he acumulado, he perfumado, ya no puede ser. Algunos de mis amigos que viven cerca de mí, los de Malasaña se ofrecen a echarme una mano, qué va, tranquilos, que no sé si estoy enfermo o no, o de qué si es que sí, no lo veo, no quiero que os arriesguéis con mi mierda ni que traigáis vuestras mierdas a mi edificio. Compro online y la basura la saco yo. Salgo justo después de comer, no quiero dejar nada tocado para el siguiente, no quiero aerosolar, no quiero tocar nada que haya tocado alguien, quiero pensar que hay poco aerosol ajeno en la escalera a esa hora rara. Usar el ascensor, mejor no.

En el corcho que hay junto a los buzones, EP ha dejado una nota para todos los vecinos: se ofrece a traer material médico de su centro de salud para quien lo necesite, diabéticos que pueda haber en el edificio, por ejemplo, y no quiera salir. Lo mismo dice sobre los básicos de supermercado y farmacia. Nos deja su número de teléfono. Me entero de su nombre, lo ha escrito en la nota arriba y abajo, abajo en mayúsculas irregulares. El texto es simpático y como exuberante. Grabo su contacto. Por cierto, también sé cuál es el nombre de RTS, me lo dijo él cuando lo de la avería, pero qué, en mi móvil son EP y RTS, sí.

Vuelvo a casa, oigo a RTS ajusticiar a una flema y deshacerse de su cadáver otra vez. Siento esto, siento lo otro, me pongo el termómetro de nuevo. Irremediablemente, algunas cosas pasan muy a menudo en la cuarentena. No tengo fiebre, no he tenido fiebre ningún día, pero sí tostostostós, dolores musculoesqueléticos moderados, diarrea moderada, dolor de cabeza moderado y extraño, como en mala postura (un dolor que adopta una mala postura, me voy gustando en esto de escribir), y lo que parece ser conjuntivitis. EP abre la puerta de su casa alrededor de las 20:00, como todos los días. He salido, he vuelto y todo sigue igual, vale.

EP tiene unos ojos muy grandes de color miel que se llenan y se vacían muy rápido o al menos yo los recreo así. Tiene mirada de loca, y no digo que eso sea ni bueno ni malo. Yo tengo mirada de loco sobre mueca de loco cuando estoy voluntariamente enajenado, cuando estoy cansado y cuando se me amontona la misantropía. RTS tiene mirada de loco, vertiente hombre exaltado con barba (obviamente, la mirada de loco con barba es muy distinta a la de loco sin barba). Su mirada incluye como feature un matiz de insomne. Solo le he visto dos veces, cuando lo de la avería y unos meses después, un día que él salía del Padrón, uno de los bares de viejos (ya no se les llama así, ¿cómo se les llama ahora?) de la parte baja de San Bernardo. Nada de extrañar lo del mate (por contraposición a brillo. Yo, aquí, gustándome otra vez) de insomnio en los ojos de RTS, porque RTS todas las noches se duerme, ronca, se despierta tosiendo, tosetosetose, suspira, se duerme, ronca, tosetosetose, suspira, todo a un volumen de me da igual que se me oiga. Me lo tomo crecientemente como un volumen de se la suda que yo le oiga.

Esto ocurre todas las noches, digo. Así que le oigo, duermo mal, no me ahogo pero siento una opresión extraña en el pecho, como de exfumador reciente y al mismo tiempo como de persona que tuviera un gran pedazo de madera encima de los pulmones, madera tratada, industrial, pero no del todo lisa, con alguna astilla en ocasiones punzante (y punzante de la hostia, también).

Hay un par de noches malas, malas (¡y ya estamos casi a mediados de abril!) en las que estoy a punto de levantarme y preparar una mochila con ropa interior (hola, madre de pueblo) y el cargador del móvil por si no puedo respirar y me tengo que ir a urgencias y me ingresan. Miles de contagiados diarios, cientos de nuevos ingresos hospitalarios, pero ya es casi seguro que a ninguno de mis amigos les va a tocar lo peor, unos han superado la enfermedad o pseudoenfermedad (recuerda, probables y posibles coronados), otros arrastran todavía molestias más o menos leves. A mí a la UCI que no me lleven, joder, con 37 años no me puedo poner tan mal, por favor.

Me tranquiliza mirar el contacto de EP en mi móvil, lo cierto es que más que mirar el de mis padres o mis amigos. Si su casa es un reflejo de la mía, que vete a saber porque nuestras casas del séptimo bis o séptimo inventado sobre el séptimo real fueron trasteros o algo así (a RTS le mojé el cuarto de las cosas desde el baño, está todo descabalado aquí arriba), nos separan unos 25 metros de cama a cama. Deduzco de las toses de RTS, que ha vuelto por sus fueros, que su tos es la que siempre le he escuchado. Fantaseo con otra tos para él, una más de moda, como fantaseaba con mis padres sufriendo definitivos accidentes de tráfico en momentos de mi adolescencia de muchacho regular de barrio frecuentemente castigado. Del mismísimo barrio de La Elipa, eh. De la calle San Vidal. Antes de venirme al centro (a ver, dos años solo en el peor agujero del final de la calle Atocha, tres años en un piso compartido bastante apañado de Lavapiés, cuatro años con Laura en una casa de padres en Arganzuela, y eso, dos años de neosoltero en Malasaña), pasé 26 años con el ruido de fondo de la M-30 y mis padres ni un rasguño en ella. Que me alegro, que me alegro, ser un fantasista no es ser un desalmado.

Hola, soy Migue, tu vecino de enfrente, perdona por haber sido tan torpe de no presentarme antes, en tiempos menos pandémicos. Pero en este siglo lo normal es no amigarse con los vecinos, ya sabes, qué tontería. EP y yo cogemos el hábito de escribirnos por WhatsApp un par de veces por semana. En la primera conversación me pregunta si tengo o he tenido el bicho, sí que me había oído toser. No lo sé, he podido tenerlo, puedo tenerlo, puedo tener bronquitis, por ejemplo, en el coworking y en casa he pasado bastante frío trabajando este invierno y he estado regular a menudo. Soy autónomo, hago páginas web, vale, te paso algunas (no le paso las que he hecho para cerrajeros y dentistas ni la de los asesores, no, le paso las guais, las de restaurantes, librerías, agencias de marketing). Me da consejos enfermeriles, se ofrece para facilitarme una consulta con una doctora en su centro de salud, que no es el mío, porque sigo empadronado en Arganzuela y ella trabaja en el de Lavapiés. Ella probablemente no estaría, me dice, realiza mucha atención domiciliaria en las últimas semanas. No la han enviado a ningún hospital y aun así, ha visto mucho y está muy cansada y harta. Me lo cuenta con humor, con fuerza.

Mi tos se convierte en un animal doméstico perezoso, aburrido (qué dominio de la analogía de andar por casa, de verdad), empieza a olvidárseme que tengo que toser, la tos de RTS vuelve a imponerse en el patio interior y en mi casa. Mis dolores de cabeza de ahora, estamos a finales de abril, los causan las pantallas. Mis ojos no enfocan bien. Todas las ventanas de mi casa dan al patio interior, veo mucho cielo pero no el horizonte. El aplauso a los sanitarios suena aquí a efectos especiales baratos y genéricos. Suena metálico, hasta como a cacerolada. Aquí no hay caceroladas, por cierto. Cuando salgo a comprar miro a lo lejos y es que no, no veo bien. Pero retomo lo de RTS y el enseñoramiento de su tos para añadir que la tos manda y vuela entre vapores de cagada y purito, el hombre tiene la costumbre de fumar en el trono, desde las 6 de la mañana está en esas. Hacía muchos años que no me despertaba tan pronto de forma habitual. Desde que se puede, antes de las 7 ya estoy en la calle de paseíto hacia el templo de Debod o hacia Chamberí o Argüelles. No intento quedar con nadie, no me apetece, sí me doy paseos más largos de lo reglamentado. Y cojo la costumbre de sentarme en uno de los bancos individuales de la plaza de Guardias de Corps, en Conde Duque. Hay suelo de tierra, como en la plaza de las Comendadoras, como en la plaza del Dos de Mayo. Eso me gusta.

Día de mensajitos acerca de la azotea entre EP y yo. El espacio común de la azotea del edificio (los del séptimo, séptimo, tienen zonas privadas de la azotea a su disposición, el edificio es rarísimo para no ser tan antiguo como la mayoría de los de Malasaña) está en nuestra planta, la puerta de la azotea está a tres metros de las de nuestras casas. En los últimos días han empezado a salir más vecinos a incordiar en ella, no les debe convencer lo de que ya puedan irse a la (puta) calle, en la práctica, más o menos cuando quieran. La puerta de la azotea abre con ruido y cierra con estruendo, a ver si la gente se encuentra la empatía y tiene cuidado, cabrones, que nosotros nos comemos todos los portazos. Hemos oído a una pareja a la que ninguno de los dos tenemos fichada. ¿Se habrán mudado al edificio en estas semanas? Una señora sube a la azotea todos los días a la misma hora a hablar por teléfono para decirle a su interlocutor o interlocutores básicamente lo mismo: que no se aburre. Que no se aburre siempre de la misma forma, nos parece a EP y a mí. Mientras wasapeamos, sube a la azotea RTS. Lo hace una o dos veces por semana. Le pregunto a EP por él. Resulta que son amigos, EP lleva más de 10 años en el edificio, han tomado cafés y cervezas en sus respectivas casas y por San Bernardo, Gran Vía y Plaza de España. Por Malasaña y Conde Duque no, me dice EP, porque RTS piensa que Malasaña y Conde Duque se han convertido en una gilipollez en los últimos 15 años. EP piensa que RTS es un grande, un tipo especial. ¿Un grande o un tipo especial? Jajaja. Las dos, las dos. Es exmarinero y exferroviario. Estás de coña, ¿no? Exferroviario, todavía, pero ¿exmarinero? Que sí, que sí. Ha visto todo, sabe mucho. A la radioelectrónica naval se dedicó en los 60 y 70, en barcos y en tierra, y en los trenes o desde las oficinas de RENFE estuvo también en el tema técnico de las comunicaciones en los 80 y 90.

Voy andando a La Elipa a ver a mis padres desde mi casa. Desde San Bernardo o La Palma (que mi portal está en San Bernardo y mi casa ni siquiera da a la fachada del edificio a La Palma, pero sí, ni una ni dos ni tres veces me he oído diciendo que vivo en la calle de la Palma, así ha sido) tardo una hora en llegar. Veo Alonso Martínez, Chueca, el Barrio de Salamanca, sudo un poco la mascarilla pero disfruto. Pienso en el cuarto de las cosas de RTS, lógicamente ahora lo imagino más de geniecillo que de loco. Sobre todo porque EP me ha comentado que a lo largo de los años RTS le ha arreglado algunos electrodomésticos e incluso se ha inventado uno para ella, se lo regaló unas Navidades, se trata de la batidora suiza, que no solo bate, pica o amasa como una batidora multiusos, sino que tiene gadgets para cortar carne, abrir botellas, abrir botes de tapa difícil. Este tipo de cosas extravagantes, qué bien las cuenta EP. Nadie inventa, todos combinamos, que me lo digan a mí con las webs, y joder, qué buen combinador nos ha salido RTS.

calle san bernardo calle la palma

 

la elipa

Yo no sé hacer nada, no puedo hacer nada con las manos, con mención especial a pintar, que es algo que me gustaría aprender a hacer, soy nefasto pintor (Nefasto Pintor, suena a nombre de personaje de tebeo). Mis padres mencionarían más bien todo. O sea, que están de acuerdo conmigo en que no sé hacer nada. Y, en particular, hablarían de mi lerdez para lo relacionado con el mundo de la imprenta, porque cuando les he ayudado en la suya he demostrado ser, en palabras de mi padre provinciano (atención, hay gente que se ha ganado la vida en el mar, como RTS, y hay gente que ha nacido en Palencia, como mi señor padre), el trabajador más lento del sector desde los tiempos de Gutenberg y, según mi madre (nacida en un pueblo de los pequeños, pequeños de Segovia), un inútil, sin más. Cuanto más pequeña es la unidad poblacional, más clarito se es, comprobado. Hijo, eres lento, hijo, eres un inútil. Y esos padres, cero accidentes en la M-30 o yendo o volviendo a o de Palencia o Segovia. Mis padres me quieren, eh, nos queremos, nos queremos, y la web que les hice para la imprenta hasta les emocionó.

Todas las cosas que he ido descubriendo en el confinamiento sobre mi casa se van diluyendo, como dicen que le pasa al virus en el aire. Los horarios de sol y sombra o el extrarradio doméstico, no los enfoco del todo (y eso que ya veo), dudo, hay detalles que pierden corporeidad. He recuperado clientes, tienen prisa, quieren una presencia digital efectiva ya mismo por si lo presencial tarda en consolidarse de nuevo, menos mal porque las ayudas estatales se acaban o es posible que se acaben pronto y las autonómicas, a mí no me han llegado. Paseos y terraceo con Fali, con Paula, con Stevenson, con Ballesteros, con Laura, con Mario, con Irene, con Langas y más. Hablamos y hablamos, pero tengo la sensación de que a todos nos cuesta concretar, decir algo específico, absolutamente real, que estemos pensando o sintiendo justo ahora y se corresponda solo con el momento presente, no con nuestro yo de siempre. Es extraño, porque venimos de concretar mucho cada cosa que pensábamos o sentíamos. A lo mejor es por eso, estamos saturados de lo concreto o de lo real. Curioso, por otra o por la misma parte, cómo la mayoría de mis amigos parecen haber olvidado sus neuras inmediatamente pasadas. Digo que no es que las hayan superado, es que parece que nunca estuvieron en ellos. Los probables exCovid-19 se mueven entre la depresión y la exaltación, es a los que veo más acordes con la desescalada.

Hay quórum: estamos en la calle, en la calle no nos vamos a contagiar, no pasa nada. Malasaña sin turistas, el único sitio que deberíamos evitar es la plaza del Dos de Mayo, pero vamos, vamos, hasta caen unas latas de cerveza. En La Elipa tengo gente, la que no se ha ido nunca del barrio y la que regresó después de unos años intentando sin éxito salir de la crisis de 2008. Algunos regresaron a casa de sus padres y otros viven en casas que les alquilan familiares o amigos a precio de familiar o amigo. Hemos vuelto a nuestros parques y casi parques del barrio, un salto hacia atrás de 20 años. O de más, cuando nos da por juntarnos en el parque del Dragón, aquí algunos jugábamos y merendábamos de niños después del cole. Y en junio, a los bares, dentro, dentro, que no pasa nada, tampoco. Le enseño a Paula mis notas de marzo, abril, mayo y junio, el archivo C-19. Me dice que las utilice para escribir algo como esto que estoy escribiendo. Para ti va, Paula. Eres la única que no me ha dicho que estoy todavía más delgado, te mereces todo. Espero que cuando lo leas, me digas que es y no es un diario de cuarentena y poscuarentena.

Plaza del Dos de Mayo

parque del dragon de la elipa

Mis vecinos están ahí, aunque menos, menos. Apenas hablo con EP, aunque sí pienso en ella. Un día me cuenta que le han hecho la PCR y el test de anticuerpos, el bueno. Ni tiene ni ha pasado la enfermedad. Dice que no se libra de trabajar a saco hasta finales de julio. ¿De dónde será EP? ¿Es extremeña? ¿Es madrileña del sureste? Algunos de mis amigos me han hablado mucho de sus vecinos en las videollamadas del confinamiento y casi nada cuando nos hemos visto. Aplaudidores, cacerolos, solidarios, sobrados, todos diluidos en el nuevo aire. Yo en las videollamadas apenas he hablado de mis vecinos. Ahora que no los tengo tan presentes en el día a día, sí hablo de ellos, con Paula, con Mario, aunque sigo dándole vueltas, ¿con quién hablar sobre qué? ¿Han cambiado mis amigos? Si han cambiado, ¿han cambiado más los barriales o los pihippies de Malasaña y Lavapiés? Puede que de alguna forma cada cual se haya reafirmado en lo que es o en cómo actúa.

Lo último: hoy es hoy y hoy es lunes, 15 de junio. He quedado el sábado de esta semana en la azotea con EP, con Bea, se llama Bea y es Bea, se acabó la tontería, para echarnos unas cervezas, habíamos hablado de ello hace tiempo, hemos vuelto a hablarlo y ha llegado el momento. El hombre con el que la veía, estoy casi seguro, no ha vuelto a nuestro edificio. Pues mira, vamos a ver qué pasa. Por mi parte, tengo unas muy serias ganas de follar. Y de follar con ella. Me encantaría que ocurriera y que fuera demasiado. No he buscado a las de antes. Tampoco ellas a mí. Creo que no hemos encontrado, ni ellas ni yo, ninguna razón especialmente buena para buscarnos. Otra cosa es que nos encontremos, porque hablar, hablamos. También quiero pedirle a Bea que me presente a RTS, a Eladio. Me apetece que Eladio me hable de sus cosas, de las del cuarto y de las otras. Sí, se llama Eladio. Tiene nombre de ferroviario. Y hasta de marinero.

Adrián P. G.
Coordinador de Microplán Madrid
comunicacion@microplanmadrid.com