Archivo de la etiqueta: Moratalaz

Relatos de Madrid (IV)

Otro para la serie de relatos de ficción, no autobiográficos, ambientados en Madrid que vengo publicando. Aquí tienes más.

Cortical

Marta me mira, sonríe y sigue encajando la bicicleta de BiciMAD en uno de los anclajes de la estación de la calle de Jesús. Transparenta, desde mí, la expresión de su cara casi cuatro años atrás (sobreentendido, expectación, autoconsciencia), cuando tuve que volver a la oficina porque me había dejado el móvil y ella me abrió la puerta, yo no tenía llave. Abrió y, antes de que habláramos (pasaron casi tres segundos, estoy seguro), Marta consiguió encabalgar levemente la rodilla izquierda sobre la derecha (¡de pie!), apoyar el pecho en una inspiración sostenida y poner esa cara (la cara que ahora veo en su cara). A mí, allí, delante de sus gestos, en aquellos casi tres segundos me atravesó un fogonazo de una visión (anticipación mental que no se cumplió) de los dos en la sala de reuniones, al borde de la mesa, decidiendo con las miradas y los cuerpos qué hacer.

Entonces ella era la gaming community manager del horario de tarde en The Life You Make. Yo hacía allí lo mismo que Marta, pero de 10 a 6. Coincidíamos entre las 4 y mi hora de salida, que yo acabé retrasando al menos un par de días a la semana para pasar un rato con ella a solas, los informáticos eran los únicos que tenían también posiciones a turnos en la empresa y no trabajaban en las oficinas de la calle Orense, como nosotros, sino en otras en Alcobendas. Nos sentábamos uno frente al otro y hablábamos del traspaso de la comunidad. Muchos de los usuarios gamers de la plataforma para la que trabajábamos, muy activos y empoderados, siempre demandaban que Marta, en la forma de su avatar Yshe, estuviera al tanto de lo que había pasado antes de su llegada. Hablábamos también de lo atípico de lo típico en cuanto a series y música y de planes atípicos en lo típico para experimentar Madrid.

Marta me mira, sonríe, no mucho, 10 grados por comisura, y avanza hacia mí. Yo podría estar en la acera, pero estoy en la calzada. Podría haberme acercado más a ella mientras aparcaba la bicicleta, pero no lo he hecho. Ella llega hasta mí con unos pasos un poco más largos de los que le recuerdo. Lleva unas medias grises (vibran en mi reojo, me encantan), un vestido recto que es de color negro de pecho a cuello y verde de pecho a rodilla y un gorro de lana de un gris más claro que el de las medias. Creo que está más delgada que la última vez que quedamos los Makers, hace medio año. Es posible que la sensación de mayor delgadez me la genere su vestido, que puede contener menos aire de lo que parece entre las tetas y las caderas.

Enfrente de mí, empina su sonrisa y me dice: Holi no, ¿no? ¿Qué tal? Digo: Holi no, correcto. ¿Cómo vas? Dice: Pues rodando, que he vuelto a la bici y si hay cuesta, como no cuesta con los 250 vatios de las bicis de BiciMAD, ahí voy, toda potente. Digo: ¿Dónde pillas la bici? Dice: Hoy y normalmente en la estación de Batalla del Salado. Y hablando de salado (le da unos golpecitos al culo de su bolsa de tela), vengo a todo anacardo. ¿Pillamos cerve o tienes? Digo: Tengo, tengo, cerve no me falta. Mientras no me chapen Más que Cervezas, ahí en Antón Martín, en mi casa siempre podrás encontrar cerveza atemperada. Dice: Con el biciclismo, últimamente yo las solicito en la webshop de Be Hoppy, y presto me llegan y menos agitadas que si las cargara yo, esa gente funciona muy bien. Digo: ¿Iremos? (Señalo con la cabeza la dirección a mi casa). Dice: Estamos yendo.

Giramos en Lope de Vega y hago que bajemos por la acera de Comisiones Obreras y el Ministerio de Sanidad para que Marta vea con perspectiva la fachada de mi edificio. Y, como hago siempre que alguien se acerca a mi casa por primera vez, me fijo muy mucho en su reacción cuando ve aparecer la fachada con la verja, el paso de carruajes, el portón, los invernaderos. Marta hace un par de movimientos de pájaro con su cabeza hacia mí y hacia el edificio y dice: Pero, por favor, Samu, qué maravilla es esta… Cruzamos la calle y ella estira todo el brazo derecho hacia el número 47 del edificio. Dice: Es un número art déco. Digo: Creo que sí. Venga, te voy a hacer el tour de las escaleras principales y el patio, que es lo mejor que vas a ver por aquí.

Entramos y le enseño la escalera principal derecha. Dice: Wow (Guouuu), qué bonito ajedrezado y qué abierta la espiral. Maravilla. Yo ronroneo. Salimos al patio, voy a decir algo sobre la fuente y los bancos de piedra, pero ella se sienta en el pozo y dice: ¿Fumamos? Se sienta en el brocal y percibo que ha tomado posesión del patio y ya no cabe que se lo explique. Digo: Líate lo tuyo, yo igual me fumo uno luego. Dice: Para que digan que solo hay pesadeces en los grupos de WhatsApp, ¿eh? Cómo te vino que la tía de Sandra quisiera alquilarle su apartamento a alguien con referencias, maldito, cazaste esta bicoca al vuelo. Digo: El grupo Makers siempre ha sido el colmo de la utilidad. Entre las subastas de vino ecológico de Villi y el reparto de fruta… Y que nos seguís convocando a los alumni a las cañas, claro. La casa no sé hasta cuándo la voy a poder pagar, eso sí. La poscrisis o crisis permanente o lo que sea lo que estamos viviendo se me puede llevar por delante cualquier día de estos. Dice: Si te puedo ayudar…

Estamos un buen rato callados. Marta es una de las personas que mejor se calla de galaxia. Es pura tranquilidad intensa. Mientras calla, me balanceo levemente en mis Sketchers, con las manos en los bolsillos de mis pantalones de camuflaje. Me fijo en que lleva unas New Balance de un gris muy parecido al de su gorro. Parpadea y dice: ¿Lo apago en tu casa? Digo: Venga, subimos. Ahora viene la decepción, ¿eh? Para empezar, a mi casa se llega por la antigua escalera de servicio del edificio. Y eso, que el apartamento no es nada. Dice: No ni nada. Las fotillos que he visto, con esos ventanales, barbaridad.

[Aperitivo: Anacardos y coquitos comprados por Marta en Granel Madrid y maridados con IPA comprada por Samuel en Más que Cervezas. Cena: Tofu al curry cocinado por Samuel. Ensalada de lentejas y arroz con verduras cocinada por Samuel y completada con kimchi comprado por Samuel en Nan-Yea Market, platos maridados con vino ecológico comprado por Samuel a la cooperativa Vino de Tierra].

Dice: 32 años tienes tú, ¿no? Y ¿hace cuánto que no bebes copas? Digo: Diría que hubo una línea como por otoño de 2015. Sí, eso, tres años y medio o así. Con excepciones, claro. Dice: Pues yo, más o menos. Mi línea fueron mis 25 y soy del 90. En fin, nací vieja en la vejez del siglo. Digo: También te digo, que a cervezas y vinos se llega perfectamente al pedo máximo. Dice: Yo pocas veces ya, la verdad, al final tampoco bebo mucho de nada, creo.

Está sentada en mi sofá, que es su sofá desde que se ha acomodado en él. Supongo que está cómoda en esa postura, sentada sobre sus rodillas e inclinada hacia mí. A veces, cuando sostiene la copa en la mano derecha, apoya la cabeza en su hombro izquierdo. Me doy cuenta de que esa combinación, rodillas en el sofá, vaso en la mano y cabeza en el hombro, me irrita, supera una barrera. Quiero a Marta a este lado de la barrera o en la barrera, no sé dónde estoy yo, pero quiero que esté a mi lado. Digo: Entonces, ¿estás contenta en Arganzuela? ¿Seguro que es el nuevo Tribunal? (Sonrío y noto que enarco las cejas). Dice: Lo de que Arganzuela es el nuevo Tribu lo dice Sara, ¿eh? Yo no. Pero sí, hay aliento por allí, están los teatritos y eso. Digo: Al final, sigue siendo un barrio, que eso se echa de menos a veces, yo aquí estoy a gusto y, cómo comentarte, inspirado, con perdón. Cuando voy al Gredos, que todavía es mi bar de mi Moratalaz, pues estoy a gusto y nostálgico. El barrio importa. Dice: El barrio importa, en negativo y en positivo. Mi Carabanchel, el de la colonia de la Prensa, el Domínguez, y mira, hasta el del parque de Pan Bendito, me lo das o te lo quito, todavía me llega. Sin embargo, no volvería ni de broma final. La misma conversación que tenía con 17 años no la quiero ya. Digo: Vale… Solo que en la conversación de antes hay verdad. Ni de lejos toda la verdad, por supuesto. ¿Seguimos con el pseudocopeo con vino? Dice: Vamos con la penul, que este viernes tan guay pide una más.

[Samuel toma dos copas más y Marta una. Samuel va al servicio mea y se mira en el espejo. Marta entra en Instagram, contesta dos mensajes directos y deja otros dos sin contestar. Entra en Spotify y busca una lista de reproducción para la vuelta en bicicleta].

Sí, espejito, estoy demasiado blanco y mi pelo es incoherente respecto a cualquier coherencia. Vuelvo al salón midiendo mis pasos por el pasillo. Entonces, recuento de elefantes en la habitación que aparecen por aquí y por allá cuando veo a Marta: tensión sexual, mi salida de la empresa, su ascenso en la empresa, valga la redundancia, y las razones por las que nos seguimos viendo. Y no soy capaz de resolver una mierda, la manada de elefantes me pasa por encima todas las veces. Dice: Me voy a tener que ir marchando, señor Crono. Digo: Hostia, Crono, hacía mogollón no me llamaban por mi nombre Maker, ni en el grupo. Tenías que ser tú… Dice: En mis contactos eres Samu Crono desde el principio de los tiempos. ¿Qué quieres decir con que tenía que ser yo? Digo: No, pues que… Mira… Al final no es tan cómodo el sillón, ¿eh? Ya te has sentado normal. Dice: Normal que cambie de postura, mi espalda ya no me da para hacer mortales. Digo: Con lo de Crono me refiero a… Bah, yo qué sé. En la ofi todo bien, ¿no? Dice: Ya sabes, siempre te lo digo, no es la de hace unos años, no es la nuestra. Desde la última compraventa seguir trabajando alrededor de lo humano dentro de la lógica del negocio es cada día más difícil. Y lo de tener un equipo volátil, no es lo mejor, desde luego. En eso estamos.

Nos callamos. Marta llevaba un rato con las piernas cruzadas. Ahora las coloca en paralelo y apoya las manos en las rodillas. Pienso que mi casa, o mejor, la casa, ya es hora de que me vaya despidiendo de ella, tiene, sí, grandes ventanales en la cocina, el salón y el dormitorio. Es rara, esta casa, como muchas de las del centro de Madrid que proceden de divisiones de grandes pisos antiguos. Está desordenada, el baño está a la entrada, la cocina es un cuadrado casi tan grande como el salón y la puerta del dormitorio está en el centro del salón. Y pienso que he disfrutado y he sufrido esta casa porque no es una casa lógica, no es un contenedor de lógica. También pienso que, como autónomo de la multitarea digital, la falta de orden no me conviene nada. Pienso en el desorden a los 32 años. Cierro el ventanal del salón, ya no hace calor, el aire se mueve. Hace viento. Pongo la mano en la rendija, noto cómo me roza una lámina de viento. Me doy la vuelta hacia Marta.

Digo: En eso seguís.

Texto de Adrián P. G.
Coordinador de Microplán Madrid
comunicacion@microplanmadrid.com