Relatos de Madrid (V)

Sumamos un nuevo relato de ficción a la serie que venimos publicando.

Definición

¿Hasta los 18 años? ¿Por qué hasta los 18 años? Vale, vale, lo primero que se me venga a la cabeza y todo seguido, voy. Aunque eso de que a alguien se le venga algo a la cabeza… Pero voy. Espera.

Sí, eso: De niño, mi padre me llevaba en coche a mis partidos de fútbol. Con ocho, nueve años, me sentaba detrás de él y a veces, si el partido que tenía que jugar era importante, me daba por morder el recubrimiento interior del lateral del coche alrededor del tirador de la puerta. Alrededor del gatillo, pensaba yo. Sabor a plástico y goma, el recubrimiento. Sonido plástico y gomoso, el tirador. Sabor relajante, sonido enervante. Mi padre nunca me dijo nada sobre eso que yo hacía, no sé si llegó a verme hacerlo alguna vez o no. Rara costumbre, ¿eh?, la de aquellas dos o tres temporadas, cada una en equipos diferentes. Nunca se la había contado a nadie, pero me viene o la traigo a la cabeza muchas veces cuando me subo a un coche.

La última temporada que jugué una liga en un equipo federado todavía mi padre me llevaba en coche a los partidos de fuera de casa. A los de casa, estaba en el Moratalaz, me acercaba yo solo en metro desde Avenida de América. Fue la temporada que íbamos terceros detrás del Madrid y el Alcalá y yo era el segundo máximo goleador de la Liga en marzo. Una cosa que no tiene nada que ver, o al mejor sí y por eso se me ocurre soltarla ahora: aquel marzo o su abril me conté por enésima vez los lunares y las manchas de mis manos, me dio por aquello desde los 11 años o los 10, quizá, y en esta ocasión lágrimas sobrepasaron mis ojos mientras mi madre hablaba con su hermana por teléfono del cáncer terminal de mi abuelo, de su padre. Una de las últimas veces que recuerdo haber llorado ante alguien. Mi madre suspiró y le dijo a mi tía que tenía que colgar porque me pasaba algo. Le enseñé todos los lunares y manchas que me había encontrado a mi madre, más de 60, la mayoría diminutos. Tenía que ser cáncer, aunque mi madre dijera que no. Mi madre, paradójica ama de casa totalitaria sin vocación de ama de casa, siempre se ocupaba demasiado de lo mío, pero para ella lo mío nunca era nada, finalmente. Madre antigua, madre moderna. Aquel marzo o aquel abril tapé con trozos de palillos las rendijas del zócalo de mi habitación por donde creía que salían o mejor dicho entraban bichos. Lío con mi madre cuando descubrió los palillos. Esa primavera pasé mucho tiempo solo en casa con mi madre de fondo y conocí mucho el suelo de mi habitación y el de la terraza de la cocina, esas baldosas de terrazo de dibujos infinitos en sí mismos que me recordaban a los lunares y las manchas de mis manos. Cuando volvía mi padre de la oficina me miraba y me miraba y me miraba mirar todo lo que yo miraba o no me miraba en absoluto. Padre antiguo, padre moderno. Yo entonces pensaba mucho en mi muerte, recuerdo que me parecía raro no morirse todo el rato, con lo fácil que era.

Este tipo de cosas son las que quieres que vayan saliendo, ¿a que sí?

Cuando estaba a punto de terminar mi última temporada como futbolista federado no marqué el gol de Maradona y no marqué el gol de Butragueño en el mismo gol. Lo que recuerdo: el balón rebota en un central de mi equipo, Vicente, creo, y va hacia mi banda, la derecha. Lo controlo, no es que lo recuerde, pero siento ahora el balón girando en mi bota derecha, perdiendo su carácter y cargándose de mí, miro hacia el centro, hago un amago de pase e inmediatamente regateo hacia la derecha. Conduzco el balón con varios toques cortos y regateo hacia la izquierda con un cambio de ritmo y un salto (siempre Maradona), todavía cerca de la banda. Doy un toque vertical y largo (Maradona) y miro al área, los dos delanteros están buscando su posición, me la está pidiendo Ángel en el segundo palo, Miguel está cubierto en el centro. Piso el balón hacia la izquierda y hago un recorte seco hacia la derecha. Voy en diagonal hacia la portería, el balón levanta un poco de cal del área grande y tengo una intuición de gol, me vuelve ahora un silencio de gente que se acaba de callar a la vez, expectante. Ángel cruza hacia la derecha entre un central y el lateral derecho del equipo contrario y se queda en una posición en la que no le puedo pasar. Miguel está en algún punto a mi derecha, se ha ido desplazando para abrirme espacios y la jugada ya no va hacia él. Encaro a un central y lo sorteo con un amago y un toque de la bota derecha hacia la izquierda y entro en el área pequeña. El otro central ha conseguido colocarse delante de mí, me paro (Butragueño) y, esto lo recuerdo con una intensidad de evidencia, el central mira al balón y a mis pies con miedo reconcentrado, agachado y con las piernas a punto de venderle. Recreo la percepción de no distinguir mis piernas del balón, de saber lo que iba a hacer sin querer ni poder pensarlo, hago el uno-dos otra vez y el central se desploma, aparece otro jugador rival y repito el mismo regate (Buitre, Buitre), he mantenido la cabeza abajo, la levanto levemente para ubicar al portero y tirar. Y entonces, en mitad de mi gesto de disparo con la derecha, aparece la bota izquierda de Miguel que roza mi bota antes de pegarle al balón para meterlo en la portería, pegado al poste izquierdo. Nos miramos. Uno, dos segundos. Miguel dice: Perdona, Marcos. Y no celebramos el gol. El silencio de antes sigue presente en el campo y la grada. Tres, cuatro segundos y empiezan los aplausos.

Clasificación final: Quedamos terceros detrás del Madrid y del Torrejón, el Alcalá acabó cuarto y su entrenador habló con mi padre, quería ficharme. Me lo contó, mi padre, como de pasada, ni él ni yo nos planteamos ese nuevo cambio de equipo, cada uno por sus razones. Hubo un acto, a todos los jugadores del Moratalaz nos dieron una medalla con baño de bronce. A mí me entregaron otra porque terminé como tercer máximo goleador del campeonato. El máximo goleador que no ha jugado de delantero, me dijo mi padre, e insistió en que me presentara a las pruebas del Madrid, como el año anterior. Lo dicho, no volví a jugar al fútbol federado. Tenía 12 años. Mi padre, uno de los supervisores de logística de una empresa importadora y fabricante de maquinaria de construcción, se dedicó durante meses a supervisarme con las cejas arqueadas al máximo cada vez que veíamos un partido de fútbol juntos por la tele. Ese recurso expresivo con las cejas se ha convertido en uno de sus tics con el tiempo.

¿Qué más? A ver qué veo.

Vacaciones de verano de dos años después, agosto. Nos fuimos de vacaciones mis padres, mi hermano, un primo de mi edad y yo a Miraflores de la Sierra. En el viaje de ida discutimos mucho sobre por qué no estábamos yendo a la playa, como todos los años. Mi padre se había comprado un coche nuevo unos meses atrás, un Opel Kadett con alerón, e íbamos montados en el dinero de las vacaciones costeras. La cosa no prometía. Sin embargo, seguramente son las vacaciones de las que más recuerdos tengo. El hotel se llama El Refugio y está a las afueras del pueblo. Tiene una piscina con animación nocturna. La animadora es una francesa rubia de una edad que se me escapa entonces. Pienso ahora que podía tener unos 22 años. Desayunamos y comemos en el hotel y todas las noches cenamos en el pueblo, casi siempre en el mismo restaurante, donde vamos mejorando de estatus. Pasamos de los manteles y servilletas de papel a los manteles y servilletas de tela. Las primeras noches sin aperitivo de la casa, luego con aperitivo de la casa. Sin chupito, con chupito. Mi primo y yo, chupito de granadina hasta que el dueño del restaurante convence a mis padres de que nos dejen beber chupitos de Martini rebajado con agua. Nos sabe fatal, a mi primo y a mí, pero algo es algo.

Después de cenar vamos a la terraza de la piscina. Nunca llegamos al comienzo de las actividades de animación. Nunca oímos la presentación de sí misma que hace la animadora, si es que la hace. No le pregunto a nadie su nombre, recuerdo que tenía mis razones, pero no puedo asegurar cuáles eran. Para los huéspedes españoles era la francesa. La mayoría de los turistas extranjeros alojados en el hotel, no hay muchos, son alemanes o me parece a mí que son alemanes. La animadora organiza juegos, hace preguntas y presenta canciones intercambiando el español, el alemán y el inglés. Mi impresión es que no domina ninguno de los tres idiomas, el español seguro que no. Sin embargo, muchos huéspedes participan, le siguen el juego, responden, bailan. La animadora lleva siempre unas mallas negras cortas, una camiseta blanca con el logo del hotel y chanclas. Me fascina que tenga las piernas de una pieza, el culo de una pieza y las tetas de una pieza. El pelo no lo tiene de una pieza, le cae irregularmente por los dos lados de la cara, se hace coleta, moño, nunca acaba de ser de ninguna manera.

Por el día hacemos excursiones mi padre, mi madre, mi hermano, mi primo y yo. O mi hermano, mi primo y yo nos bañamos y hacemos mortales en la piscina, le salen bastante mejor a mi hermano, que nos saca cuatro años. O mi primo y yo jugamos al fútbol en un campo de tierra destartalado que hay detrás del hotel. O yo escribo un relato en el césped de la piscina. En el relato hay un muerto, su cadáver aparece flotando en la piscina de un hotel. El muerto del relato tenía unos 20 años y no era huésped del hotel, pero su novia, que es más o menos de la misma edad, sí. La policía descubre que el veinteañero ha sido envenenado, ha bebido un cóctel con estricnina (debía sonarme entonces a veneno especialmente letal), y ha sido lanzado ya muerto a la piscina. Su novia ha desaparecido. Hay sospechosos entre los huéspedes del hotel, entre los vecinos del pueblo de costa en el que se ubica el hotel y entre los trabajadores del hotel. No recuerdo demasiado del desarrollo del relato. Mis padres insistieron después de aquellas vacaciones en que había que guardarlo bien y así lo hicimos. Y todavía lo conservo. A lo largo de los años, a veces he leído algunas frases sueltas de ese relato, nunca lo he leído entero. Se lo he enseñado y se lo he quitado de las manos enseguida a alguna pareja de cama, se trataba únicamente de que supieran que había escrito un relato de 20 páginas de cuaderno grande en las vacaciones de verano familiares de mis 14 años, supongo. No recuerdo el final del relato, solo sé que la novia del muerto no era su asesina, pero sí sabía que en el asunto estaba implicado el adolescente con el que se había fugado, un camello de hachís y marihuana. En realidad, me parece que podría decirse que el relato no tenía (no tiene) un auténtico final.

Una noche mi primo y yo conseguimos un permiso inédito para salir a los bares del pueblo con mi hermano y otros adolescentes del hotel. Mi primo y yo bebemos cerveza y Martini con limón y en un par de horas estamos muy borrachos. Nadie nos hace mucho caso, pero queremos aguantar, ver qué pasa. Nos recuerdo sentados en un banco de piedra corrido que cubre la parte baja de las tres paredes del patio interior de un bar junto al grupo con el que hemos venido. Intento concentrarme en recorrer con la mirada todo el banco sin que se me difumine la cara de ninguna de las personas que están sentadas, todas adolescentes o jóvenes, estoy poniendo a prueba mi borrachera. Lo intento de izquierda a derecha y no lo consigo, me río, apoyo la cabeza en la pared. Lo intento de derecha a izquierda y entonces veo a la animadora del hotel en el tramo de banco paralelo al mío, casi enfrente. Enfoco. Lleva un vestido negro con lunares blancos y unas zapatillas rojas. Las zapatillas rojas me resultan inauditas, las miro fijamente unos segundos y luego subo por sus piernas cruzadas y sus brazos al aire hasta sus ojos. Me encuentro con una mirada de prima maternal y bajo hasta una sonrisa burlona de aquí estamos, en el mismo bar y en distintas galaxias. Entonces le miro las tetas, el vestido que lleva tiene un escote poco pronunciado, pero se ve nítido un arco breve de cada teta. Ya no levanto la vista hacia sus ojos, cierro los míos, no quiero saber si me ha pillado mirándole las tetas o no, apoyo la cabeza en la pared, intento digerir lo vivido en los últimos segundos y en toda lo noche. Después miro al grupo de adolescentes del hotel, están atentos a la animadora y sus amigas, hablan de ellas, hacen amagos de cruzar el patio. Mi primo intenta meter baza y siguen sin hacerle caso. Me fijo en que mi hermano mira con la cabeza ladeada, con un gesto que me recuerda alarmantemente a mí, a la animadora. Mirando a los ojos de mi hermano, imagino lo que está haciendo ella, en qué y en quién se fija, cómo y por qué. De madrugada, en la habitación del hotel que compartimos mi hermano, mi primo y yo, me levanto, no he conseguido dormirme en ningún momento o eso creo, y me encierro en el baño. Empiezo a masturbarme, estoy sobreexcitado pero enervado y todavía borracho. No consigo una erección suficiente, noto que me estoy quedando dormido de pie, apoyado en el lavabo. Vuelvo a la cama.

Dame un momento, ¿vale?

[<———————————————>]

Venga, me voy al instituto, al que todos nos referíamos como el colegio.

Al colegio Claret, donde estudié la E. G. B., iba andando, tardaba en llegar menos de 5 min desde mi casa de la calle Zabaleta, corazón de la Prospe. Para ir a los Paúles tenía que coger el autobús, el 72, y cruzar con él la frontera entre Prosperidad y Hortaleza. Pienso en la Hortaleza de principios de los 90 y se me ocurre que estaba muy parqueada y muy descampada. Y algunos parques eran primos de los descampados. Para que los Paúles te concedieran una plaza en su colegio tenías que haber obtenido una buena nota media en los últimos tres cursos de E. G. B. y además debías superar un test de inteligencia y personalidad, por llamarlo de alguna manera. Te voy a contar algo relacionado con ese test que sucedió cuando terminé 2º de B. U. P. En julio, por sorpresa, llegó una carta a Zabaleta anunciando mi expulsión de los Paúles. Argumentos, dos (traduzco del lenguaje administrativo del colegio al mío): uno, mi manera de pensar y actuar no era compatible con los valores de la institución. No se especificaba nada al respecto. Otro: el tipo de inteligencia que yo tenía me hacía daño a mí mismo y a los demás, y un cambio de aires, es decir, que yo cambiara de aires, iba a beneficiarnos a todos. Tampoco había una definición o descripción de esa inteligencia dañina. La expulsión no se consumó. Fui con mi madre a hablar con el director de los Paúles y me readmitió. Este es Marcos, le dijo el director a mi madre, apoyando las manos en mi test de inteligencia y personalidad, desplegado en la mesa de su despacho. El director era un cura que parecía un bibliotecario de pueblo. Un robot bibliotecario de pueblo. Un robot de los 90. Era calvo, usaba gafas, camisas de cuadros pequeños y pantalones de pinzas. Marcos es uno de nuestros alumnos con mayor potencial, siguió el director. Sin embargo, pasa académicamente desapercibido. Y parece que no se siente cómodo con nosotros. Usted me garantiza que él quiere estar aquí y por eso va a seguir en nuestra comunidad. Pero que sepa que hasta ahora cada vez que un profesor ha fijado su atención en él, Marcos estaba realizando algún pequeño acto de sabotaje contra la clase, contra algún compañero o contra sí mismo. Su test y lo que sabemos de él después de los dos años que lleva entre nosotros indican que podría obtener unas calificaciones extraordinarias, las que se propusiera, y que no carece de habilidades sociales. Así que él puede, pero ¿quiere?

No sé si yo no quería o no podía ni lo que sabían o sabíamos o yo mismo sabía de mí. De todas formas, ¿cuántas veces le habría soltado el director ese mismo discurso o uno parecido a una madre o a un padre?

Y llegaríamos a lo fundamental de lo fundamental, ¿no? El centro de la adolescencia. Es a lo que se le suele dar una importancia definitiva, o se suele decir que se le da una importancia definitiva, lo otro en el fondo se considera arqueología sentimental no concluyente. ¿Tú también piensas eso? Los dos últimos años del instituto o colegio, te doy detalles.

Voy en el 72 en dirección a los Paúles después de comer en casa. Me paso de parada aposta, me bajo en la última parada, en el barrio de San Lorenzo, y me meto en un bar. Juego a una máquina de fútbol. Bebo solo, no he quedado con nadie, no me encuentro con nadie. Me bebo cuatro copas. O tres copas, tres vodkas con naranja. Algún parroquiano le dice al camarero que igual soy muy joven para beber así. Creo que se refiere a beber solo. Es un tío como un castillo, dice el camarero. Bueno, mido 1,78 m y peso 67 kg, ni soy ni dejo de ser. No entro a ninguna clase, tenía dos regulares y una extraescolar. Vuelvo en el 72, me paso de parada aposta, me bajo en la primera parada de la línea, en Diego de León. Me meto en el cine Victoria. Me quedo dormido. Llego a casa. No es demasiado tarde y nadie me dice nada concreto, pero todos me dicen algo, cada uno a su manera: ironía nerviosa de cejas de mi padre, desaprobación hiperactiva de ceño de mi madre, burlas de palabra de mi hermano sobre cualquier cosa, quiere que hable.

Más: Hace un par de fines de semana que no salgo de casa, estoy aburrido de repetir planes y del juego de humillaciones infligidas y recibidas en mis grupos de amigos del colegio y del barrio. Creo que pienso que voy empate en ese juego y no quiero empezar una nueva partida de momento. Estoy en el sofá viendo la tele. Mi madre me pregunta que por qué no salgo. Le digo en tono de broma que me ha convencido de lo de que Prosperidad y Hortaleza están hasta arriba de yonkies que me pueden robar. Me dice en tono serio que salga, que a mí no me va a pasar nada. En la tele están hablando del SIDA. Mi madre me dice: cuando salgas, ten mucho cuidado, que en el barrio hay unos cuantos que tienen la enfermedad. Entonces sí me va a pasar algo, mejor me quedo, ¿no?, le digo ya enfadado. Tres, cuatro segundos de silencio. Te estás equivocando, me dice. Y noto cómo me cubre una de las mayores olas de indignación que recuerdo haber sufrido, sí, en ese momento.

Otra: Estoy en el Bernabéu con mi padre viendo el partido de despedida de Butragueño del Madrid. No puedo hablar, no puedo llorar, estoy sobrepasado de verdad. Casi no me entero del partido. Miro continuamente de reojo a mi padre. Está rígido, más blanco y más delgado que nunca, más viejo. Me veo en él más que nunca. A la salida del campo nos vamos a un bar, como siempre que venimos al estadio. Apenas hablamos. En la tele del bar tienen puesto el Canal +. Nos vamos a abonar para ver todo el fútbol en casa, me dice mi padre mirando a la tele. Y añade en un susurro: En el Bernabéu no nos conocen. Ola de extrañamiento, muy intensa. ¿Cómo que no nos conocen?, consigo murmurar. ¿Qué?, me pregunta mi padre, sin mirarme. Ninguno de los dos dice nada más.

Mira, esta ya va a ser la última. Te va a encantar, aunque me va a quedar más larga.

Es el mayo de C. O. U. Desde principios de año salgo con Patricia, que es una de las chicas más guapas de mi clase, quizá la más guapa, y no es una de las chicas más guapas del colegio. O sí. Es viernes por la tarde y estamos sentados en el césped, enfrente de los Paúles. Pronto nos iremos con más gente al Tótem, uno de los bares de copas de referencia de la Hortaleza de entonces. Mi reojo se fija en una chica muy guapa que está cruzando el césped. La miro mejor. No es tan guapa, pero tiene una melena pelirroja muy llamativa. Se acerca, toca en el hombro a Patricia, que todavía no la había visto y dice: ¡Patri, tía! ¿Dónde te metes? Patricia se levanta. ¡Nuri! Se abrazan y empiezan a ponerse al día. A la tal Nuria no la conozco, no es de los Páules, dan dos o tres pasos cogidas de la mano y no puedo escuchar bien lo que se dicen. Por lo que me llega, deduzco que Nuria y Patricia son viejas amigas del barrio. Patricia vive cerca de los Paúles, después sabré que los padres de Nuria se mudaron hace unos meses a otra parte de Hortaleza y Patricia y Nuria ya casi no se ven. Vamos entrando en materia: hay un momento en que Nuria me mira callada tres, cuatro segundos. Vuelve a mirar a Patricia y le dice, lo leo en sus labios, lo entreoigo: ¿No has encontrado algo mejor? Otras conversaciones de ese día me van a salir aproximadas, recreadas, pero esa frase, esa frase fue la que fue, disfrútala, jajaja. Patricia se mueve lo justo para darme la espalda del todo y no me entero de lo que le responde.

Nos movemos hacia el Tótem. Somos seis o siete, allí nos encontramos con más compañeros y amigos de amigos. Bebemos, yo bebo mucho, no suelto los minis de cerveza. Entra mi hermano con unos amigos suyos, él también estudió en los Paúles y sigue viniendo al Tótem. Le pierdo de vista. Pierdo de vista a Patricia. Bebo, bebo, bebo más y hablo menos. Coincido en la barra con una amiga de mi hermano que me conoce. Rubi, vaya pedo llevas, ¿eh?, me dice. ¿Estás bien? Se llama Mónica y es increíblemente guapa, morena con el pelo rizado, unos ojos negros enormes y la boca y la nariz limpiamente dibujadas, perfectas. Hace unos dos años estuvo en una fiesta que montó mi hermano en casa un fin de semana que mis padres se fueron a Sevilla. Fue quien más me habló en la fiesta y casi la única invitada o invitado de mi hermano que no se dirigía a mí de una forma u otra como a una mascota. ¿Por qué iba a estar mal?, le digo apoyando dubitativamente mi codo derecho en la barra del Tótem. Respiro hondo, miro dentro de los ojos de Mónica en la medida de mis posibilidades. Nadie me llama Rubi, ¿eh?, no hagas caso al capullo de mi hermano. Jajajaja, tranqui, no quiero molestarte. Siempre me has parecido muy guapete y los años te están cayendo muy bien, me dice. Le digo: ¿Muy guapete? ¿Muy y guapete no se contradicen? Jajajaja, ¿qué dices?, me contesta. Digo esto, le respondo, y me acerco más a ella, que no se mueve hasta que intento besarla. Entonces, echa la cabeza hacia atrás, se ríe, apoya sus manos en mi pecho. Nooo, no, no, Marcos, eso no, me dice con una gran sonrisa, grande en todos los sentidos. Recuerdo cómo mi pecho me resulta más escuálido de lo habitual porque Mónica tiene sus manos en él. Me giro para apoyar los dos codos en la barra. Me sujeto la cabeza con las manos. Miro al suelo. Está lleno de colillas. Intento enfocar y contarlas.

Pido un tercio, quiero dejar claro que esta cerveza es solo para mí. Busco. La mayoría de mis amigos está en una esquina, cerca de los baños, no lejos de mí. Patricia no está. Nuria sí está, lejos. Mónica se ha alejado unos pasos y está de espaldas a mí hablando con una amiga suya. Me voy con mi tercio donde mis amigos. Núñez, ¿salimos?, le digo al amigo con el que he pillado hachís. Escondo el tercio entre los pantalones y la camiseta. Fuera está mi hermano en un grupo con amigos suyos y gente de otras generaciones de los Paúles. Patricia está con otro grupo intergeneracional. Núñez y yo rodeamos a los dos grupos y saludo con la cabeza a Patricia, saludo con la cabeza a mi hermano, no me hacen ni mucho ni poco caso ninguno de los dos. Me siento con Núñez en unos escalones que hay en una perpendicular a la calle del Tótem. Nos fumamos un porro a pachas, hablamos poco, nos reímos con cierta pereza. Final de etapa, hay personas y circunstancias de las que nos estamos despidiendo, Núñez y yo nos estábamos despidiendo, luego se confirmó. Y no hemos sido Historia.

Volvemos al Tótem. El grupo de Patricia y el de mi hermano, que ya no están fuera, se han combinado, es decir, sigue habiendo dos grupos, pero con diferentes miembros. Dentro hay más gente que antes. Voy delante de Núñez abriendo hueco. Me parece que me miran, sí que voy bastante mal, pienso, me agarro a ese pensamiento, creo que no quería pensar que me miraban a mí y no a mi borrachera. Cuando llego a la esquina de mis amigos estoy exhausto. Llega alguien y me pone un mini en la mano. Los tragos me vuelven a animar, echo otra ojeada general al Tótem. Mónica está a mi derecha y me está mirando, Nuria está cerca de la puerta del bar y me está mirando. Malas sensaciones, muy malas, mareas de pedo. Mi hermano entra en el Tótem, ¿dónde estaba?, y va hacia Mónica y su grupo. Patricia sale del baño. ¿Del baño? ¿Cuándo ha entrado? Le pregunto: ¿Dónde estabas? Me mira con una cara que solo puedo definir como de expectación aburrida. Pues en el baño, me contesta. No, me refiero… Bah, articulo. Sin más, la rodeo por la cintura con mi brazo izquierdo, la atraigo hacia mí y empiezo a besarla fuerte. Estiro el brazo derecho para soltar el mini sin mirar a quién se lo doy. Estamos enganchados un buen rato, a veces abro los ojos y a nuestro alrededor hay un borrón de luces, qué paradójicamente nítido me vuelve, aunque sé que en aquel instante percibía con claridad que Patricia y yo estábamos en miradas y comentarios. Nos damos aire, la cara de Patricia es de expectación curiosa ahora.

La llevo de la mano hasta la puerta sin sentir el pasillo que tengo que crear otra vez, solo la puerta, la puerta, la puerta, salimos y vamos a los escalones donde he estado fumando antes. Magreo fuerte, emociones un nivel por encima que otras veces, va a ser hoy, va a ser hoy, va a ser hoy. Patricia lleva una falda corta que se levanta un poco para sentarse encima de mí. Mueve las caderas con tensión. Está todo bien, me noto erecto, solo ligeramente entumecido por la borrachera. Necesito comprobar cómo está ella de verdad. Meto como puedo la mano entre sus bragas y sí, Patricia está muy mojada, su humedad es templada o casí fría, se me ocurre que es una humedad de calle y no de casa o algo así, pienso de pronto que se mueve demasiado espasmódicamente, con espasmos ensayados, pienso que no conozco ninguna calle de Prosperidad en la que la acera sea como la que hay encima y debajo de los escalones.

A la izquierda de los escalones hay una verja y un seto que enmarcan un pequeño jardín con cuatro árboles incongruentes y un césped descuidado. Saltamos al jardín entre risas nerviosas y risas (Patricia) y risas nerviosas y torpezas (yo). Pegados al seto no se nos ve desde la calle. Desde los edificios de alrededor nos pueden ver claramente, nos da igual. Nos tumbamos, nos medio desnudamos, me coloco encima de ella, veo que no estoy al máximo, pero casi. Penetro a Patricia, empiezo a empujar y hay choques de huesos, ella también es muy delgada. El encaje no es perfecto en las primeras embestidas, es como si yo me fuera o Patricia me echara hacia los lados, dentro de ella, me refiero, hasta que ella o yo o los dos cambiamos, mejoramos, nos acoplamos realmente. Va bien, vamos bien, no pienso mucho en nada hasta que la muerdo en el cuello y me sabe a su perfume y a su sudor. Imagino sin poderlo evitar las bacterias de nuestros genitales, nuestros vellos púbicos, nuestra piel follando o peleando, follando y peleando, comiéndose. Noto la humedad de Patricia más fría en mi pene, será que ya es más de la una y no hace tanto calor, será que está más húmeda, me fundo más, pienso menos, Patricia gime y gime más, me aprisiona fuerte por la espalda y los hombros con los dos brazos, creo que intenta hacer lo mismo con sus piernas y mis piernas, pero no lo consigue, abro un poco las piernas y ahora sí me rodea también con sus tobillos. Esos movimientos me devuelven consciencia, pienso que Patricia le está pillando el tranquillo, pienso en la palabra tranquillo, que me resulta totalmente absurda y vieja, el pensamiento se va enseguida, así tiene que ser, vamos, vamos, vamos, me empiezan a superar las sensaciones, me nublo, voy a correrme o voy a vomitar o las dos cosas, noto un desbordamiento total y abstracto, me salgo y llevo su mano derecha a mi pene para terminar así, Patricia me agarra fuerte, le da con todo y no pasa nada, estoy acorchado, me voy aflojando, paramos. ¿No te habrás corrido dentro antes?, me pregunta con más cara de decepción que de susto. Creo que no, a ver, ha habido un momento raro, en el que era todo demasiado, pero, balbuceo. Patricia se toca el vientre, los muslos, tiene grumos amarillentos y amarronados. Esto puede ser tuyo o mío. Marcos, tú siempre, me dice. Joder, yo siempre. Yo, siempre, nada. Nada de yo siempre, le digo. En silencio, saca un kleenex del bolso, se limpia, nos vestimos, nos ponemos de pie. Antes de saltar la verja, le pregunto: ¿Tú te has corrido? Me mira de lado y me dice: No lo sé.

Texto de Adrián P. G.
Coordinador de Microplán Madrid
comunicacion@microplanmadrid.com

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