Relatos de Madrid (III)

Este es el tercer relato de ficción (repito, nada de lo contado es autobiográfico) que sale por aquí de la serie de ellos que estoy escribiendo sobre tipos y tipas que se mueven en el Madrid actual, con la ciudad como fondo necesario para explicar su identidad. Si alguna editorial se anima, acabarán formando parte de un libro.

Título: El cubo del cuadrado 

Tengo más vecinos, pero tengo dos vecinos: Roncador Tosedor Suspirador y Enfermera Pirada. RTS ronca, tose y suspira en un apartamento del sexto, al otro lado del patio interior. EP es la única otra inquilina de la planta en la que vivo yo, la séptima bis y última, su puerta está enfrente de la mía. Durante dos años me cruzo con EP en el rellano, en la escalera, holadiós. Habla alto, oigo sus conversaciones telefónicas, que muchas veces tienen un punto de no normalidad difícilmente definible, un punto desorbitado. La veo con un tipo, no la oigo con él. Estoy seguro de que oye mi guitarra, y vaya (mal) lo que hago yo con mi guitarra, pobre. Me ve con algunas tipas (con perdón, se ha dado así el tema), no sé si me oye con alguna de ellas, yo diría que con alguna, sí (con perdón).

A RTS solo lo detecto como sí mismo un día que sube a mi casa por una avería, más de un año después de que yo me instalara en el edificio. La reverberación del sonido en el patio me había escondido su voz entre la de otros sospechosos, cuando hablamos queda claro que él es RTS porque tose, sí que tose, y es la tos que vengo oyendo, mientras ponemos en marcha la resolución de la mojadura del techo de, me dice, su cuarto de las cosas, donde solo entra cuando necesita algo de lo que tiene por ahí. Muy bien, suena todo muy bien, la tos invencible y el cuarto de vete a saber qué cosas (y cuántas).

Sigo hasta el final: se decreta el confinamiento, enseguida se me empiezan a caer los proyectos, solo me queda el diseño de una web por terminar, la de una asesoría legal. Le insisto a mis potenciales clientes, pero nada, recibo respuestas dilatorias o negativas a todos los presupuestos que había enviado. En apenas cuatro o cinco días el trabajo pasa al plano de lo irreal, y eso que no dejo de echarle horas, poco productivas, eso sí, a mi único cliente. En el plano de la realidad, vivo que mis padres están bien y mis amigos probablemente coronados no están bien, pero no están fatal. Todos están pasando la enfermedad en casa. Unos han llamado al teléfono de información sobre el coronavirus, otros no. Ninguno recibe más atención médica que la telefónica y la mayoría de los que han llamado, ni eso.

En el plano de la hiperrealidad estoy no sano, algo enfermo, enfermo. O no, es lo que tiene la hiperrealidad. El caso es que empiezo a toser y en unos días toso más que RTS. De hecho, parece que cuanto más toso yo, menos tose él. Cuando sale de su casa, EP se queda un momento entre su puerta y la mía escuchándome, la noto. Mis amigos posiblemente coronados me cuentan la evolución de sus síntomas, unos van mejor que otros, mejor o peor que yo, los síntomas de unos son más similares a los que tengo yo que los de otros. Casi todos mis amigos posiblemente coronados y muchos de mis amigos sanos están desarrollando costumbres neuróticas de manual. Yo estoy ahí, ahí.

Llevo casi dos semanas encerrado y tengo que bajar la basura, he acumulado, he perfumado, ya no puede ser. Algunos de mis amigos que viven cerca de mí, los de Malasaña se ofrecen a echarme una mano, qué va, tranquilos, que no sé si estoy enfermo o no, o de qué si es que sí, no lo veo, no quiero que os arriesguéis con mi mierda ni que traigáis vuestras mierdas a mi edificio. Compro online y la basura la saco yo. Salgo justo después de comer, no quiero dejar nada tocado para el siguiente, no quiero aerosolar, no quiero tocar nada que haya tocado alguien, quiero pensar que hay poco aerosol ajeno en la escalera a esa hora rara. Usar el ascensor, mejor no.

En el corcho que hay junto a los buzones, EP ha dejado una nota para todos los vecinos: se ofrece a traer material médico de su centro de salud para quien lo necesite, diabéticos que pueda haber en el edificio, por ejemplo, y no quiera salir. Lo mismo dice sobre los básicos de supermercado y farmacia. Nos deja su número de teléfono. Me entero de su nombre, lo ha escrito en la nota arriba y abajo, abajo en mayúsculas irregulares. El texto es simpático y como exuberante. Grabo su contacto. Por cierto, también sé cuál es el nombre de RTS, me lo dijo él cuando lo de la avería, pero qué, en mi móvil son EP y RTS, sí.

Vuelvo a casa, oigo a RTS ajusticiar a una flema y deshacerse de su cadáver otra vez. Siento esto, siento lo otro, me pongo el termómetro de nuevo. Irremediablemente, algunas cosas pasan muy a menudo en la cuarentena. No tengo fiebre, no he tenido fiebre ningún día, pero sí tostostostós, dolores musculoesqueléticos moderados, diarrea moderada, dolor de cabeza moderado y extraño, como en mala postura (un dolor que adopta una mala postura, me voy gustando en esto de escribir), y lo que parece ser conjuntivitis. EP abre la puerta de su casa alrededor de las 20:00, como todos los días. He salido, he vuelto y todo sigue igual, vale.

EP tiene unos ojos muy grandes de color miel que se llenan y se vacían muy rápido o al menos yo los recreo así. Tiene mirada de loca, y no digo que eso sea ni bueno ni malo. Yo tengo mirada de loco sobre mueca de loco cuando estoy voluntariamente enajenado, cuando estoy cansado y cuando se me amontona la misantropía. RTS tiene mirada de loco, vertiente hombre exaltado con barba (obviamente, la mirada de loco con barba es muy distinta a la de loco sin barba). Su mirada incluye como feature un matiz de insomne. Solo le he visto dos veces, cuando lo de la avería y unos meses después, un día que él salía del Padrón, uno de los bares de viejos (ya no se les llama así, ¿cómo se les llama ahora?) de la parte baja de San Bernardo. Nada de extrañar lo del mate (por contraposición a brillo. Yo, aquí, gustándome otra vez) de insomnio en los ojos de RTS, porque RTS todas las noches se duerme, ronca, se despierta tosiendo, tosetosetose, suspira, se duerme, ronca, tosetosetose, suspira, todo a un volumen de me da igual que se me oiga. Me lo tomo crecientemente como un volumen de se la suda que yo le oiga.

Esto ocurre todas las noches, digo. Así que le oigo, duermo mal, no me ahogo pero siento una opresión extraña en el pecho, como de exfumador reciente y al mismo tiempo como de persona que tuviera un gran pedazo de madera encima de los pulmones, madera tratada, industrial, pero no del todo lisa, con alguna astilla en ocasiones punzante (y punzante de la hostia, también).

Hay un par de noches malas, malas (¡y ya estamos casi a mediados de abril!) en las que estoy a punto de levantarme y preparar una mochila con ropa interior (hola, madre de pueblo) y el cargador del móvil por si no puedo respirar y me tengo que ir a urgencias y me ingresan. Miles de contagiados diarios, cientos de nuevos ingresos hospitalarios, pero ya es casi seguro que a ninguno de mis amigos les va a tocar lo peor, unos han superado la enfermedad o pseudoenfermedad (recuerda, probables y posibles coronados), otros arrastran todavía molestias más o menos leves. A mí a la UCI que no me lleven, joder, con 37 años no me puedo poner tan mal, por favor.

Me tranquiliza mirar el contacto de EP en mi móvil, lo cierto es que más que mirar el de mis padres o mis amigos. Si su casa es un reflejo de la mía, que vete a saber porque nuestras casas del séptimo bis o séptimo inventado sobre el séptimo real fueron trasteros o algo así (a RTS le mojé el cuarto de las cosas desde el baño, está todo descabalado aquí arriba), nos separan unos 25 metros de cama a cama. Deduzco de las toses de RTS, que ha vuelto por sus fueros, que su tos es la que siempre le he escuchado. Fantaseo con otra tos para él, una más de moda, como fantaseaba con mis padres sufriendo definitivos accidentes de tráfico en momentos de mi adolescencia de muchacho regular de barrio frecuentemente castigado. Del mismísimo barrio de La Elipa, eh. De la calle San Vidal. Antes de venirme al centro (a ver, dos años solo en el peor agujero del final de la calle Atocha, tres años en un piso compartido bastante apañado de Lavapiés, cuatro años con Laura en una casa de padres en Arganzuela, y eso, dos años de neosoltero en Malasaña), pasé 26 años con el ruido de fondo de la M-30 y mis padres ni un rasguño en ella. Que me alegro, que me alegro, ser un fantasista no es ser un desalmado.

Hola, soy Migue, tu vecino de enfrente, perdona por haber sido tan torpe de no presentarme antes, en tiempos menos pandémicos. Pero en este siglo lo normal es no amigarse con los vecinos, ya sabes, qué tontería. EP y yo cogemos el hábito de escribirnos por WhatsApp un par de veces por semana. En la primera conversación me pregunta si tengo o he tenido el bicho, sí que me había oído toser. No lo sé, he podido tenerlo, puedo tenerlo, puedo tener bronquitis, por ejemplo, en el coworking y en casa he pasado bastante frío trabajando este invierno y he estado regular a menudo. Soy autónomo, hago páginas web, vale, te paso algunas (no le paso las que he hecho para cerrajeros y dentistas ni la de los asesores, no, le paso las guais, las de restaurantes, librerías, agencias de marketing). Me da consejos enfermeriles, se ofrece para facilitarme una consulta con una doctora en su centro de salud, que no es el mío, porque sigo empadronado en Arganzuela y ella trabaja en el de Lavapiés. Ella probablemente no estaría, me dice, realiza mucha atención domiciliaria en las últimas semanas. No la han enviado a ningún hospital y aun así, ha visto mucho y está muy cansada y harta. Me lo cuenta con humor, con fuerza.

Mi tos se convierte en un animal doméstico perezoso, aburrido (qué dominio de la analogía de andar por casa, de verdad), empieza a olvidárseme que tengo que toser, la tos de RTS vuelve a imponerse en el patio interior y en mi casa. Mis dolores de cabeza de ahora, estamos a finales de abril, los causan las pantallas. Mis ojos no enfocan bien. Todas las ventanas de mi casa dan al patio interior, veo mucho cielo pero no el horizonte. El aplauso a los sanitarios suena aquí a efectos especiales baratos y genéricos. Suena metálico, hasta como a cacerolada. Aquí no hay caceroladas, por cierto. Cuando salgo a comprar miro a lo lejos y es que no, no veo bien. Pero retomo lo de RTS y el enseñoramiento de su tos para añadir que la tos manda y vuela entre vapores de cagada y purito, el hombre tiene la costumbre de fumar en el trono, desde las 6 de la mañana está en esas. Hacía muchos años que no me despertaba tan pronto de forma habitual. Desde que se puede, antes de las 7 ya estoy en la calle de paseíto hacia el templo de Debod o hacia Chamberí o Argüelles. No intento quedar con nadie, no me apetece, sí me doy paseos más largos de lo reglamentado. Y cojo la costumbre de sentarme en uno de los bancos individuales de la plaza de Guardias de Corps, en Conde Duque. Hay suelo de tierra, como en la plaza de las Comendadoras, como en la plaza del Dos de Mayo. Eso me gusta.

Día de mensajitos acerca de la azotea entre EP y yo. El espacio común de la azotea del edificio (los del séptimo, séptimo, tienen zonas privadas de la azotea a su disposición, el edificio es rarísimo para no ser tan antiguo como la mayoría de los de Malasaña) está en nuestra planta, la puerta de la azotea está a tres metros de las de nuestras casas. En los últimos días han empezado a salir más vecinos a incordiar en ella, no les debe convencer lo de que ya puedan irse a la (puta) calle, en la práctica, más o menos cuando quieran. La puerta de la azotea abre con ruido y cierra con estruendo, a ver si la gente se encuentra la empatía y tiene cuidado, cabrones, que nosotros nos comemos todos los portazos. Hemos oído a una pareja a la que ninguno de los dos tenemos fichada. ¿Se habrán mudado al edificio en estas semanas? Una señora sube a la azotea todos los días a la misma hora a hablar por teléfono para decirle a su interlocutor o interlocutores básicamente lo mismo: que no se aburre. Que no se aburre siempre de la misma forma, nos parece a EP y a mí. Mientras wasapeamos, sube a la azotea RTS. Lo hace una o dos veces por semana. Le pregunto a EP por él. Resulta que son amigos, EP lleva más de 10 años en el edificio, han tomado cafés y cervezas en sus respectivas casas y por San Bernardo, Gran Vía y Plaza de España. Por Malasaña y Conde Duque no, me dice EP, porque RTS piensa que Malasaña y Conde Duque se han convertido en una gilipollez en los últimos 15 años. EP piensa que RTS es un grande, un tipo especial. ¿Un grande o un tipo especial? Jajaja. Las dos, las dos. Es exmarinero y exferroviario. Estás de coña, ¿no? Exferroviario, todavía, pero ¿exmarinero? Que sí, que sí. Ha visto todo, sabe mucho. A la radioelectrónica naval se dedicó en los 60 y 70, en barcos y en tierra, y en los trenes o desde las oficinas de RENFE estuvo también en el tema técnico de las comunicaciones en los 80 y 90.

Voy andando a La Elipa a ver a mis padres desde mi casa. Desde San Bernardo o La Palma (que mi portal está en San Bernardo y mi casa ni siquiera da a la fachada del edificio a La Palma, pero sí, ni una ni dos ni tres veces me he oído diciendo que vivo en la calle de la Palma, así ha sido) tardo una hora en llegar. Veo Alonso Martínez, Chueca, el Barrio de Salamanca, sudo un poco la mascarilla pero disfruto. Pienso en el cuarto de las cosas de RTS, lógicamente ahora lo imagino más de geniecillo que de loco. Sobre todo porque EP me ha comentado que a lo largo de los años RTS le ha arreglado algunos electrodomésticos e incluso se ha inventado uno para ella, se lo regaló unas Navidades, se trata de la batidora suiza, que no solo bate, pica o amasa como una batidora multiusos, sino que tiene gadgets para cortar carne, abrir botellas, abrir botes de tapa difícil. Este tipo de cosas extravagantes, qué bien las cuenta EP. Nadie inventa, todos combinamos, que me lo digan a mí con las webs, y joder, qué buen combinador nos ha salido RTS.

calle san bernardo calle la palma

 

la elipa

Yo no sé hacer nada, no puedo hacer nada con las manos, con mención especial a pintar, que es algo que me gustaría aprender a hacer, soy nefasto pintor (Nefasto Pintor, suena a nombre de personaje de tebeo). Mis padres mencionarían más bien todo. O sea, que están de acuerdo conmigo en que no sé hacer nada. Y, en particular, hablarían de mi lerdez para lo relacionado con el mundo de la imprenta, porque cuando les he ayudado en la suya he demostrado ser, en palabras de mi padre provinciano (atención, hay gente que se ha ganado la vida en el mar, como RTS, y hay gente que ha nacido en Palencia, como mi señor padre), el trabajador más lento del sector desde los tiempos de Gutenberg y, según mi madre (nacida en un pueblo de los pequeños, pequeños de Segovia), un inútil, sin más. Cuanto más pequeña es la unidad poblacional, más clarito se es, comprobado. Hijo, eres lento, hijo, eres un inútil. Y esos padres, cero accidentes en la M-30 o yendo o volviendo a o de Palencia o Segovia. Mis padres me quieren, eh, nos queremos, nos queremos, y la web que les hice para la imprenta hasta les emocionó.

Todas las cosas que he ido descubriendo en el confinamiento sobre mi casa se van diluyendo, como dicen que le pasa al virus en el aire. Los horarios de sol y sombra o el extrarradio doméstico, no los enfoco del todo (y eso que ya veo), dudo, hay detalles que pierden corporeidad. He recuperado clientes, tienen prisa, quieren una presencia digital efectiva ya mismo por si lo presencial tarda en consolidarse de nuevo, menos mal porque las ayudas estatales se acaban o es posible que se acaben pronto y las autonómicas, a mí no me han llegado. Paseos y terraceo con Fali, con Paula, con Stevenson, con Ballesteros, con Laura, con Mario, con Irene, con Langas y más. Hablamos y hablamos, pero tengo la sensación de que a todos nos cuesta concretar, decir algo específico, absolutamente real, que estemos pensando o sintiendo justo ahora y se corresponda solo con el momento presente, no con nuestro yo de siempre. Es extraño, porque venimos de concretar mucho cada cosa que pensábamos o sentíamos. A lo mejor es por eso, estamos saturados de lo concreto o de lo real. Curioso, por otra o por la misma parte, cómo la mayoría de mis amigos parecen haber olvidado sus neuras inmediatamente pasadas. Digo que no es que las hayan superado, es que parece que nunca estuvieron en ellos. Los probables exCovid-19 se mueven entre la depresión y la exaltación, es a los que veo más acordes con la desescalada.

Hay quórum: estamos en la calle, en la calle no nos vamos a contagiar, no pasa nada. Malasaña sin turistas, el único sitio que deberíamos evitar es la plaza del Dos de Mayo, pero vamos, vamos, hasta caen unas latas de cerveza. En La Elipa tengo gente, la que no se ha ido nunca del barrio y la que regresó después de unos años intentando sin éxito salir de la crisis de 2008. Algunos regresaron a casa de sus padres y otros viven en casas que les alquilan familiares o amigos a precio de familiar o amigo. Hemos vuelto a nuestros parques y casi parques del barrio, un salto hacia atrás de 20 años. O de más, cuando nos da por juntarnos en el parque del Dragón, aquí algunos jugábamos y merendábamos de niños después del cole. Y en junio, a los bares, dentro, dentro, que no pasa nada, tampoco. Le enseño a Paula mis notas de marzo, abril, mayo y junio, el archivo C-19. Me dice que las utilice para escribir algo como esto que estoy escribiendo. Para ti va, Paula. Eres la única que no me ha dicho que estoy todavía más delgado, te mereces todo. Espero que cuando lo leas, me digas que es y no es un diario de cuarentena y poscuarentena.

Plaza del Dos de Mayo

parque del dragon de la elipa

Mis vecinos están ahí, aunque menos, menos. Apenas hablo con EP, aunque sí pienso en ella. Un día me cuenta que le han hecho la PCR y el test de anticuerpos, el bueno. Ni tiene ni ha pasado la enfermedad. Dice que no se libra de trabajar a saco hasta finales de julio. ¿De dónde será EP? ¿Es extremeña? ¿Es madrileña del sureste? Algunos de mis amigos me han hablado mucho de sus vecinos en las videollamadas del confinamiento y casi nada cuando nos hemos visto. Aplaudidores, cacerolos, solidarios, sobrados, todos diluidos en el nuevo aire. Yo en las videollamadas apenas he hablado de mis vecinos. Ahora que no los tengo tan presentes en el día a día, sí hablo de ellos, con Paula, con Mario, aunque sigo dándole vueltas, ¿con quién hablar sobre qué? ¿Han cambiado mis amigos? Si han cambiado, ¿han cambiado más los barriales o los pihippies de Malasaña y Lavapiés? Puede que de alguna forma cada cual se haya reafirmado en lo que es o en cómo actúa.

Lo último: hoy es hoy y hoy es lunes, 15 de junio. He quedado el sábado de esta semana en la azotea con EP, con Bea, se llama Bea y es Bea, se acabó la tontería, para echarnos unas cervezas, habíamos hablado de ello hace tiempo, hemos vuelto a hablarlo y ha llegado el momento. El hombre con el que la veía, estoy casi seguro, no ha vuelto a nuestro edificio. Pues mira, vamos a ver qué pasa. Por mi parte, tengo unas muy serias ganas de follar. Y de follar con ella. Me encantaría que ocurriera y que fuera demasiado. No he buscado a las de antes. Tampoco ellas a mí. Creo que no hemos encontrado, ni ellas ni yo, ninguna razón especialmente buena para buscarnos. Otra cosa es que nos encontremos, porque hablar, hablamos. También quiero pedirle a Bea que me presente a RTS, a Eladio. Me apetece que Eladio me hable de sus cosas, de las del cuarto y de las otras. Sí, se llama Eladio. Tiene nombre de ferroviario. Y hasta de marinero.

Adrián P. G.
Coordinador de Microplán Madrid
comunicacion@microplanmadrid.com

2 comentarios en “Relatos de Madrid (III)”

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