Relatos de Madrid (II)

Sigo (abajo firmante) escribiendo relatos ambientados en Madrid de ficción, en absoluto autobiográficos, que es lo que me sale y lo que quiero proponer como microplán alternativo a las visitas guiadas virtuales que os estamos proponiendo.

Este se titula Sotabancar y si quieres lo comentamos en los comentarios del blog o en las redes sociales:

Mi abuelo, mi abuela y mi padre, que tenía entonces 5 años, llegaron a Madrid desde Broto, Huesca, en 1956. Destino, un sotabanco de 25 m² de frío y calor extremos en la calle Santa Isabel, Lavapiés. El casero, que era de Broto, el único cabrón al que conocíamos en Madrid, solía decir mi abuelo, vivía en el piso inmediatamente inferior. El primero de cada mes se anunciaba como cobrador con dos golpes de nudillo en la puerta de aluminio del sotabanco y un ¿y lo mío? bien sonriente. Mi abuela, decía su marido, hacía como que el alquiler se pagaba solo. Siempre era él el que abría la puerta y le daba las 500 pesetas del alquiler. Lo tuyo ya te lo daré, decía mi abuela que rumiaba mi abuelo cuando se iba el paisano, que era primo segundo de mi abuela o algo así. Los ricos de Broto, tu madre y su primo, le decía mi abuelo a mi padre. El alquiler era abusivo, pero más barato que lo que costaba el de un apartamento medio. Y era el único cabrón que conocían que había emigrado de Broto a Madrid.

Después de unos meses trabajando en un garaje de la calle Gobernador, en Huertas, donde ahora está Impact Hub Madrid, uno de Huesca capital que mi abuelo había conocido jugando al mus en la casa de comidas Tienda de Vinos, calle Augusto Figueroa, Chueca, local que todavía es lo que fue, le encontró un empleo en Pegaso como electromecánico. A principios de los 60, mi abuelo se convirtió en uno de los jefes de Electromecánica de la empresa, el trabajo de su vida. Entonces le ofrecieron una vivienda en Ciudad Pegaso, barrio de San Blas, una de las unifamiliares adosadas con jardín, no uno de los pisos en los que se alojaba la mayor parte de los trabajadores. Para mi abuela era una oportunidad irrenunciable, aire y huerta necesitamos, decía, metros, borrajas y patatas, y mi abuelo le decía que qué huerta en Madrid y la llamaba abarcuda, una palabra oscense que significa algo así como paleta y que a poco que la pienses crece en significados. Mi abuelo no quería alejarse de sus bares de chatos de Antón Martín y de sus hitos de Santa Isabel: las tiendas de los bajos de los primeros números impares de la calle, la peluquería Vallejo y el cine Doré, o Do – Re como él lo llamó siempre. Aunque el cine se lo cerraron enseguida, he comprobado que en 1963, no así las tiendas y la peluquería, que ahí siguen. Por cierto, mis abuelos me llevaron muchas veces al cine Doré en los 90, cuando llevaba un tiempo renacido como sala de proyecciones de la Filmoteca Nacional. A ellos esas películas de arte y ensayo, de las que le gustan a tu padre, me decían, no les interesaban, pero se emocionaban con lo bonito que les parecía que había quedado el cine después de su rehabilitación.

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Tenía muy claro mi abuelo cómo quería ganar metros para la familia. Le compró el piso y el sotabanco al de Broto, a quien había empezado a irle mal especulando con aceite de oliva, el cabrón se ha arruinado y nos vamos a quedar con lo suyo, les decía mi abuelo a mi abuela y a mi padre. Mi abuelo se empeñó en pagarle al contado la mitad del precio que acordaron por el piso y el sotabanco. Dos toques de nudillo en la madera de la puerta de su piso y vació una bolsa de billetes de 500 pesetas en el felpudo, diciéndole sonriente ¡y te vas! Es una de las historias preferidas de mi padre y de las que más cargan a mi madre, me da que le parece zafia. El sotabanco se transformó en un estudio para él, para mi padre, estudiante de Económicas entonces.

Mis abuelos murieron a mediados de la primera década del siglo XXI, primero mi abuelo de un infarto en su casa de Santa Isabel y después mi abuela de un infarto en su casa del pueblo. Según mi padre el infarto de mi abuelo fue científico, sólidamente y líquidamente cimentado, y el de mi abuela sucedió de adentro afuera. De vuelta a Broto, se enemistó con varios vecinos a quienes intentó comprarles casas a un precio, según ellos, insultante. Lo intentó y, en algunos casos, lo logró. Mi padre nunca consiguió que mi abuela le explicara para qué quería esas casas, con las que ahora él no sabe qué hacer. Después de aquello, mi abuela se encerró en su casa, en la del pueblo, a la de Madrid no volvió, y sufrió su infarto más o menos un año después de la muerte de mi abuelo.

Cuando murieron mis abuelos, mis padres vivían ya en Chamberí, en un pisazo en permanente actualización mobiliaria de la calle Viriato. No se dónde encuentran tanta novedad electrodoméstica. Yo crecí en la plaza de Luca de Tena, Arganzuela, en un piso de tres habitaciones y noblemente avejentado de un edificio de principios del siglo XX. El edificio tiene muchas más plantas que el de Santa Isabel de mis abuelos, que es algo más antiguo, pero la estructura de los pisos es muy parecida. Durante mi niñez y adolescencia, mis padres mantuvieron nuestra casa anclada decorativamente en los 80 españoles o en los 60 de un híbrido imaginario del casticismo anglosajón y nórdico, no sé si me explico. Lo dicen unas fotos y unos vídeos que vemos en Navidad casi siempre y en los que siempre descubro detalles que no sé cómo yo podía tener normalizados cuando vivía allí.

Hasta mis 12 o 13 años mi padre ocupó un cargo intermedio del ministerio de Industria. Después, el funcionario de carrera recibió un último empujón en vertical a través de contactos en un partido político de poder. En uno o en dos. Y pasó a ser un alto cargo de designación política de gobiernos de dos partidos políticos de poder. Mi madre era profesora de inglés en el Colegio Estudio, donde estudié yo. Buena profesora. Y buena relaciones públicas, le presentó a mi padre a mucha gente. Me viene a la cabeza que en esa etapa de mi preadolescencia hacíamos en familia mucha vida de tarde, como le gustaba decir a mi padre, recuerdo un vago continuo otoño y una vaga continua primavera de Trinaranjus en las terrazas de Luca de Tena y mosto en Domínguez, en el paseo de las Delicias. Y a mis 15 o 16 años, recuerdo las primeras cañas con mis padres en esos llamémosles tardeos, más cerca de Atocha, en Bodegas Rosell.

Me independicé en 2008 para irme a compartir piso en la calle Toledo, enfrente del mercado de la Cebada, con tres antiguos compañeros de Filología Hispánica. Me reindependicé un par de años después mudándome al piso con sotabanco de Santa Isabel, mis padres me pusieron las llaves en las manos. A principios de la segunda década del siglo XXI dejé de tener algo a lo que poder llamar un trabajo real, se veía venir. Y eso que mi cánon sobre lo que era un trabajo real, dedicándome a la traducción y la corrección, estaba por debajo del de cualquiera. Colaboraba principalmente con dos editoriales de prestigio improductivo, una cerró y la otra dejó de contratar correctores, creo.

En mis primeros meses en Santa Isabel había acogido a amigos y a amigos de amigos en el sotabanco. Después le pedí permiso a mis padres para alquilarlo como alojamiento turístico, mi cuenta de ahorro pedía soluciones. Concedido. La década avanzaba, el trabajo de verdad real no se materializaba, los precios de los alojamientos turísticos subían y con ellos el precio del sotabanco. En esa época empecé a frecuentar los bares que le gustaban a mi abuelo en sus últimas décadas como vecino de Lavapiés, de los 50 o los 60 ya no queda casi ninguno, en rondas que también pasaban por los nuevos viejos bares de Santa Isabel, como Benteveo o Parrondo. Muchos de mis amigos vivían todavía en Lavapiés, lo pasamos bien en esos años, incluso con poco para gastar, incluso con la conciencia de tener los pies en un presente lleno hasta la mitad de paripé y la cabeza en un futuro en el que no íbamos a caber todos.

A mi padre tendrán que apearlo porque él no se va a apartar, mi madre sí se jubiló cuando le tocaba y, según su propia expresión, empezó a dedicarse en serio a conseguirme un trabajo. Y sí, gracias a ella y a una no entrevista de trabajo en Viriato he sido y soy coordinador editorial en Rubí eBooks. En mis últimos 30, quizá justo a tiempo, quizá por poco tiempo dadas las circunstancias.

En el trabajo conocí a la inquilina actual del sotabanco, una de las correctoras de las novelas románticas que publicamos en la editorial. Sus compañeras de piso, dos hermanas de Zamora, como ella, han vuelto a su ciudad, no acaban de conseguir un auténtico trabajo en el sector audiovisual, y el último turista que ocupó el sotabanco se fue a principios de marzo, así que todo se ha dado para que mi colaboradora entrara a vivir en él en la semana del confinamiento por el coronavirus.

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A finales de marzo, empecé a encontrarme mal. Nada respiratorio, algo digestivo, algo enervante. Me cuesta trabajar, de todas formas tenemos la producción de libros para la temporada de otoño parada, hago yo lo poco que hay que hacer, no hay nada ni nadie que coordinar hasta nueva orden. Me relaja escribir y estoy haciendo pruebas como esta para decidirme o no a redactar un diario mental de la cuarentena que me lleve a mi pasado y, si empiezo a intuirlo, hacia mi futuro.

Desde el sotabanco, mi colaboradora se ofreció a sacar mi basura por mí cuando le conté que no estaba muy allá, y me ha subido pan y ceviche del mercado de Anton Martín. Yo, muy agradecido, de verdad, pero ha empezado a hablarme de la huelga de alquileres, de la prohibición de desahucios y por ahí no, se está jugando la casa y el trabajo que pueda volver a ofrecerle. A ver, es que no le cobro lo mismo que a los turistas. Y en el Bizum del 1 de mayo le voy a solicitar 600 €, lo mínimo hasta donde le puedo bajar el alquiler.

Adrián P. G.
Coordinador de Microplán Madrid
comunicacion@microplanmadrid.com

2 comentarios en “Relatos de Madrid (II)”

  1. Me ha gustado mucho. Te transporta a ese Madrid de mediados del XX, con gente necesitada viniendo de fuera, que tenían la dignidad que a otros les faltaba.
    No es autobiográfico, es cómo se hizo Madrid.

    1. Eso es. Y luego, ¿qué hicieron los descendientes de aquellos que se abrieron paso en ese Madrid de mediados del XX? Pues pasó lo que pasó y pasa lo que pasa y también lo he intentado reflejar. Muchísimas gracias por tu comentario, Pablo.

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